martes, 23 de agosto de 2016

Campaña




...podemos leer el sentido humorístico de los diablos como recurso simbólico
  para elaborar las transiciones bruscas entre lo propio y lo ajeno, 
entre la reproducción de lo conocido y la incorporación 
de elementos nuevos a una percepción reformulada de sí mismo.
García Canclini.

Pacha mama santa tierra.
No me comas todavía...
Tonada popular.




Era la víspera del 1 de Agosto. Estaba algo frío, aunque no demasiado. Había buen clima para ser invierno. Pasó delante mío y me reconoció. Unas horas antes me había dicho lo de disfrazarse de coya y la cosa me quedó redundando. La imagen se me hacía algo grotesca, anacrónica. Me disfracé de coya, dijo. Pensé en la necesidad del disfraz y todo eso que piensa un investigador. Sixto, se llamaba, ahora andaba con un jean gastado y una campera de esas inflables, colorada, pegada al cuerpo. ¿Me queda bien, no? dijo, mostrando sus dientes, le debe haber llamado la atención la forma en que lo miré, la compré en Perico por trescientos pesos. Estoy de civil, dijo también, riendo, se reía de todo, como si no pudiese tomarse nada seriamente. 

Era domingo y no había demasiado qué hacer. Humahuaca no tiene mucha vida nocturna y el dueño del hostal donde estaba parando nos había dicho del festejo. El olor a palo santo mezclado con azúcar quemada inundaba el ambiente. Las lucecitas de una bola de boliche colgada en medio del salón trepaban por las paredes como luciérnagas. Estaban sahumando el lugar, el centro cultural de un porteño que vivía ahí hacía cinco o diez años, en la calle Buenos Aires, paradójicamente. Creo que de nombre Martín, o Manuel. 

No termina de quedarme clara la significación de esos rituales, o la forma en que estos se han agiornado. Qué puede tener que ver con la madre tierra una persona que creció entre el cemento y los caños de escape de una megaciudad. Sin embargo ahora se festeja en todos lados llegando hasta la ridiculez de tener que levantar adoquines para encontrar un poco de tierra a la que ofrendar. La idea de la elección era lo que más me chocaba, hay cosas que no se eligen. 

Sin embargo, ahí estábamos todos, esperando que se hicieran las doce, jugando a ser algo que no somos, quemando yerbas y abriendo agujeros en la tierra para depositar diferentes tipos de alcohol, arrodillados, agradeciendo no se qué o a quién, encendiendo cigarrillos y plantándolos. Yo ofrendo vino porque me gusta el vino, dijo Manuel arrodillado, a modo de iniciación, se había transformado en una especie de guía del ritual, y enseguida continuó echando todas las botellas que tenía a mano. A éste le gusta todo, dijo Sixto, una vez más con una sonrisa. 

La mayoría de los que estábamos ahí éramos de Buenos Aires u otras provincias. Sólo algunos pocos de Humahuaca. Se había generado un clima expectante, como si algo importante estuviera a punto de suceder, la manifestación de alguna presencia inesperada o la materialización de algún ser del inframundo. Todos se miraban entre sí, buscándose. Miguel terminó de ofrendar, tomó el trago correspondiente, no sin antes convidar a la pacha, y echó a andar nuevamente de un lado a otro, como un monje medieval, con su barba diez centímetros, cuidándose de no dejar rincón sin sahumar. 

Esta gente está muy perdida, me dijo Sixto. Y me resultó aún más extraño, se suponía que él era originario del lugar, él era quién tenía verdaderas raíces indias y a quién aquel rito debía conmover más. Sus rasgos podían ser los de un inca, un diaguita o un omaguaca. Sus pómulos eran prominentes, protegiendo unos ojos hundidos en el centro de un rostro con una frente ancha y unas orejas salidas hacia afuera. Su pecho también era ancho y resguardaba unos pulmones preparados para la altura. A mi no me mueve un pelo, me dijo también, esto es cosa de turistas y para los turistas o los que se vienen al norte y necesitan justificar su vida de algún modo. Demasiado solemne, suspiró y miró hacia arriba como si esperase que cayera algo. De algún modo todos esperábamos algo. Miré hacia arriba contagiado por su gesto y no había más que el cielo raso, algo despintado y con algunos manchones de humedad. Yo nací acá y acá estoy, no me invento nada. Esto es lo que soy, y abrió los brazos intentando abarcar todo lo que se abría frente a él. Hablaba así, fresco, inconmovible, su voz era grave y me resultaba una de las personas más escépticas que había conocido en mi vida. 

Yo me encontraba en el camino inverso, posiblemente formaba parte de esas personas que Sixto describía tan bien, intentando encontrar una razón que justificara mi vida, encontrar una fe que nunca tuve en la madre tierra o en alguna piedra, cualquier dios que se me cruzara o lo que fuera que me hiciera creer que había algo más que esta realidad tan desencantada. 

Ahí estábamos todos, unos esperando el turno al borde del pozo que habían abierto en un patio de tres por dos al fondo del lugar y otros ya en el salón satisfechos por nuestro reencuentro con la pacheta. Los rostros en general denotaban cierta severidad, dando extrema seriedad al asunto y se alzaba un silencio algo forzado. La noche estaba clara y la luna brillaba en todo su esplendor, el escenario era perfecto. Las penas se lavan con alcohol, en eso estoy de acuerdo, dijo, y levantó su vaso.

Todos hablaban en voz muy baja excepto Sixto cuyo vozarrón, casi desenfrenado -teniendo en cuenta el contexto- alborotaba el enmudecimiento general y llamaba la atención.  

Yo me disfracé de coya, volvió a decirme, repitiendo la conversación que habíamos tenido aquella tarde en uno de los puestos del Monumento al indio, me puse el poncho, las sandalias, todo... Su voz se encontraba algo afectada por el vino e irradiaba un aliento duro que podía sentirse a kilómetros de distancia y a mi casi me incendiaba la cara. Me disfracé a ver si se apiadaban y me compraban algo, pero ella pasó al lado mío y ni siquiera me miró, asco le debo haber dado. Se refería a Juliana Awada, la mujer del presidente Macri -futuro presidente en ese entonces- que había decidido cerrar su campaña en Humahuaca. Ese día nos echaron a todos del monumento y no nos dejaban vender, como si la plata nos sobrara o les diéramos vergüenza. De nosotros se acuerdan cuando quieren actuar de campesinos -esa es la palabra que usó, creo que la usaba como sinónimo de indios-, pero son iguales que éstos después de todo, dijo haciendo un señalamiento general con su mano en alto. ¡Somos iguales y nos echan! 

Su sonrisa se hizo más intensa, algo sarcástica. Me hablaba a centímetros del rostro, ya a punto de quemarme con el alcohol rancio -casi en estado puro- que escapaba de su garganta. Su cercanía me intimidaba un poco, pero me permitía observar sus ojos oscuros, casi perdidos entre la oscuridad del lugar. Estaban completamente vacíos, en ese momento se me ocurrió pensar que se los habían vaciado. ¿Qué tienen ellos de campesinos? se preguntó, o me preguntó, no sé bien. Hizo un silencio, como si se hubiera acordado de algo o estuviera revolviendo entre sus ideas. Lo de los cigarrillos ni siquiera es de la zona, continuó, lo importaron de Bolivia, acá la gente no abre pozos en la tierra desde que cerraron los yacimientos allá, volvió a levantar el brazo dando idea de lejanía. Y mejor que los vayan cerrando, a ver si de tanto excavar terminan encontrándose con el diablo. Echó una carcajada mirando nuevamente hacia arriba. 

Casi por mímesis copié su gesto y volví a ver un cielo raso con manchones sobre los que podían adivinarse algunas formas. Me pareció notar que éstas se habían transformado, me pareció ver un par de ojos que me miraban, una nariz y una boca. Me restregué los ojos. ¿Podes ver? me preguntó. Tardé en articular cualquier respuesta, estaba completamente anonadado y la voz no me salía. Cuando estuve en condiciones de preguntarle  cruzó delante nuestro Manuel, el dueño del centro cultural, con su cuenco colgando de la mano que sacudía pendularmente para todas partes de donde se desprendía el humo blanco y el olor a yerbas del atado encendido. Se produjo un silencio algo incómodo. ¡Buhh! le gritó Sixto al oído, jugando. Dejate de joder, le respondió Manuel que no pudo evitar dar un pequeño salto del susto, siempre serio.

Minutos antes todo me resultaba algo fascinante, sin embargo ahora lo veía como una especie de performance o una simple pose. El lugar estaba oscuro, apenas iluminado por esas luciérnagas trepando por las paredes y moviéndose por los pisos. La cumbia sonaba a todo volumen por los parlantes. Mis estados de ánimo pueden modificarse velozmente. Los que ya habían ofrendado seguían caminando por el salón algo desconcertados.  

Ahí lo tenés, me dijo Sixto, creo que refiriéndose a Manuel, su escepticismo me resultaba fascinante. Quise preguntarle sobre las manchas y su cambio de formas pero asumí que todo era producto de la mezcla de alcoholes que había ingerido a causa del ritual. Acá están todos demasiado serios, dijo, fijate que nadie baila. Su aliento se hacía cada vez más crudo y potente. Yo me disfracé de coya...

domingo, 21 de agosto de 2016

La trampa

Los fardos secos acumulados. El olor  y el amarillo opaco tiñendo la oscuridad. El silencio. 
Los recuerdos. La curiosidad. El deseo y lo inevitable. 
Caminar hasta ese lugar, poder llegar. 
Las paredes, rejunte de tablones apilados entre los que se filtra la luz incendiaria de la luna. Un sendero de piedras. 
La incertidumbre.
Lo oculto, la noche una vez más.

-Vení, yo te voy a hacer conocer-. El secreto y su sentido. El juego encubierto. Clandestino. -Sólo hay que seguir las piedras. Vení que yo te cuento...-. 

La promesa, escabullirse en el más allá. Escapar al hastío. 
El juego y la noche. En juego en la noche. La noche y la nada.
Infancia disfrazada de experiencia y la curiosidad permanente. La soledad. La ausencia de sentido y la luna distraída jugando con las equivalencias de la libertad. Liberté, igualité, laissez faire... 

-Yo te voy a hacer conocer. Vení, ya vas a ver como es el juego. Seguí las piedras-. La oscuridad, la noche y el hastío. El sendero que se acaba y las maderas. -Parecen estrellas, ¿ves? Las piedras...-. Su voz delicada, tramposa. 

El olor seco que producen los fardos apilados, falsa hipóstasis que conduce a ningún lado. Rejunte de tablones, la luna una vez más, que no se acerca, poderosa. El silencio sorpresivo y la confianza que se quiebra.

-Vení, entrá, ya vas a ver-. Su voz calma, complaciente, certera. -Las estrellas, se parecen a las piedras, ¿no? vení que yo te cuento-. Convincente, siniestra. 

El recinto, los recuerdos, una sonrisa blanca, blanquísima y lejana. El consejo que no aparece. Liberté... Laissez faire, laissez passer. La autoridad. El hastío una vez más.

Lo perverso, el sufrimiento. El aburrimiento y el deseo de otra cosa. 
El aparecido, el apareamiento, el terror. Temor. La luna que también desaparece. La oscuridad. Las lágrimas.

El escape, el dolor. Las cosas que no encajan. El olor. La fuerza, el embrutecimiento, el silencio de la noche y su siniestra voz.

La luz filtrándose, los tablones de madera acumulados entre los que aparece una luna temblorosa. La angustia que perdura y el sendero de piedras diagramadas. La trampa tan certera. 
El olor seco que producen los fardos de paja ahí apilados, testigos de una historia que no cierra. El odio, el desamor y la traición. La duda. La huida y el rechazo.

La sorpresa.

Lo inefable. Volver a ningún lado, ser de nadie. Ser de todos. 
La presión y la posesión.
La tristeza, el llanto desmedido, inacabado. La cicatriz que no existe, que no cierra. La lágrima que no se manifiesta.
El enmudecimiento, el vacío permanente, eterno. La consecuencia. Su voz grave, menos suave, horrenda. 

-¿¡Qué te pasa!? ¿Que no viste las estrellas? Vení que yo te cuento-.

La noche, la curiosidad, el deseo reprimido, inarticulado, las piedras reposando en el camino hacia la nada. 
Lo perverso sobre los tablones apilados entre los que reposa la luna que se llena.
El mutismo. El dolor, el vacío que se extiende, y que no ceja, que no deja, que no se queja, que se estrella en una noche que no llega.

 El sendero de piedras se consuma.

El recinto que se llena de vacío, la censura. El lenguaje que se acaba y las congoja que se agranda, que no alcanza. El camino, la distancia entre esa voz inacabada y la luna que filtra su luz robada sobre los fardos de paja que se extinguen.  

-Veni, seguí, el camino que se acaba. Yo te cuento-. 

Las piedras, los tablones apilados.El odio, la traición y las palabras que no existen. La mentira y todo eso que no encaja. Las estrellas, la distancia.

jueves, 11 de agosto de 2016

Perros

-Si yo blanqueo la cosa voy preso, ¿entendés?- le dijo con una sonrisa, antes de dar una pitada profunda y exhalar el humo del cigarrillo como si acabara de tener un orgasmo.

Atilio no sabía bien qué responderle, nunca se había considerado un moralista pero sentía como si su amigo lo estuviera probando. Siempre le había costado reconocer los límites, tanto se había ufanado en cuestionar las convenciones sociales que ahora le costaba trazar cualquier razonamiento entre lo que estaba bien y lo que estaba mal.

-Si el hombre es un ser indeterminado significa que le está permitido todo- dijo su amigo, casi leyéndole la mente y metiendo una pitada tan honda como la anterior. Atilio lo miraba atento, le costaba comprender que un simple cigarrillo pudiera producirle tanta satisfacción, se le hacía que no era más que una pose.
-El hombre es un ser limitado- le contestó, apelando a sus conocimientos psicoanalíticos -eso es lo único que lo define-.

No era una mala respuesta, sin embargo volvió a sentirse un moralista, al fin y al cabo era una respuesta demasiado trillada, o simplemente endeble. Trataba de imaginarse incondicionado, sin embargo algo en todo eso lo hacía sentir incómodo.

-Vos y tu moral- le reprochó el Turco, dándole donde más le dolía.
-Vos y tu cigarrillo- respondió él.

Ambos rieron. Se alzó un silencio que dejó en primer plano los sonidos de la calle. Las bocinas de los autos penetraban por la ventana abierta del café junto a la que estaban sentados. Un perro se trenzó con otro y un bebé que paseaba en un cochecito rompió en un llanto agónico. Era una tarde celeste con un sol radiante como no asomaba hacía meses y todo el mundo había decidido salir a la calle a aprovecharla.

-Vos confundís libertad y libre albedrío- volvió a decir -pensás la libertad como un concepto abstracto y te olvidás que la libertad siempre es limitación-.
-Atilio, a vos te cagaron la cabeza los psicoanalistas-. Rieron nuevamente. -Esa sarta de pelotudeces se la podés decir a otros, pero yo te conozco-.

Era cierto, se conocían de sobra, habían crecido juntos y, más allá de que sus vidas habían tomado rumbos diferentes, les bastaban esos simples gestos para poder entenderse. Atilio sintió que su amigo tenía razón y eso lo hizo sentir en desventaja, de pronto era como si el diálogo se hubiera transformado en una competencia en la que cada uno iba acumulando tantos que le hacía al otro. Quiso salirse de ese juego pero no podía dejar de sentirse interpelado por lo que el Turco le decía, sentía que sus palabras se encontraban encorsetadas, que hablaba a través de libros o conceptos por momentos vacíos, que no eran más que la excusa para justificar su propia parálisis y lo dejaban a merced de la nada. Si las palabras realmente crean cosas, tenía que esforzarse en mejorarlas. Pensó en combinarlas de diferentes maneras, darles un nuevo sentido, cambiando las articulaciones entre las mismas. Quién dijo qué, dijo qué quién, dijo quién qué, yo qué dije, etc. Pavadas. Se sentía cercado por las palabras. A vos te falta humor, le había dicho su psicoanalista en la última sesión, y de algún modo aquello lo había afectado bastante.

Los perros seguían ladrándose y sus dueños -un hombre de unos sesenta años, calvo y con unos labios angostos, semejantes a los de Scott Fitzgerald y otro de unos cuarenta con una remera apretada al cuerpo, recién salido del gimnasio- en lugar de alejarse se miraban y se reían como si disfrutaran de la molestia que le causaban al resto.

-Entonces seguí adelante ¿si te sentís tan libre por qué no blanqueas la situación y listo?-. 
-Porque no se puede Atilio, el mundo, la vida, es una cosa jodida, la realidad te condiciona y uno tiene que adecuarse un poco para que no terminen domesticándote y transformándote en un animalito como esos perros ahí midiéndose junto a sus dueños-. 
-¿Qué clase de libertad estás proponiendo entonces, si no podes hacerte cargo ni siquiera de tu propia vida?-. Ahora sentía que el partido se emparejaba, que había marcado un tanto importante y eso lo animó a seguir. -Vos y esas pitadas exageradas no son más que el complejo de culpa que te carcome, exhalas como si fueses el rey de la selva o uno de esos perros y no es más que el síntoma de tu cobardía a afrontar lo que sos-.
-¡Upa! ¡esa la tenías escondida!- respondió irónico. 
-Sí, vos reíte no más-.

Se hizo un nuevo silencio que fue interrumpido por un bocinazo y el sonido posterior de cubiertas rozando contra el pavimento. Los perros ya habían dejado de ladrarse y, junto a sus dueños, cada uno había partido en direcciones opuestas. El sol seguía alumbrando como si fuese verano, como si se hubiera estado aguantando de hacerlo todo el otoño y el invierno -que aún no acababa- juntando energías para lanzarlas sobre el mundo en aquel instante. 

-¿Se van a servir algo más?- les preguntó el mozo, un chico de unos veinte años, con un corte moderno, casi rapado en los costados y una melena prominente que crecía en el centro de su cuero cabelludo. 

El Turco ni siquiera lo miró y Atilio se concentró en una de las orejas de la que le colgaba un trozo de madera y le abría el lóbulo como si fuese a reventar. Pero ninguno de los dos le respondió, se encontraban demasiado concentrados midiéndose el uno al otro, ensimismados en sus cavilaciones. El partido había quedado empardado y posiblemente estuvieran previendo los tantos finales.

-Los gatos tienen un morir mucho más digno que los perros- dijo entonces Atilio y el Turco quedó atónito, lo único que hizo fue abrir la boca y mantener el cigarrillo en su mano izquierda mientras un pedazo de ceniza peleaba contra la ley de gravedad. -Los gatos mueren quietos, se quedan secos de noche y generalmente uno los encuentra al día siguiente, duros como una piedra en alguno de sus rincones favoritos... hasta se esconden para morir, como si les diera verguenza-.
-¿Y los perros?-.
-Los perros empiezan con problemas, generalmente artrosis en las caderas y se van degradando poco a poco, se vuelven totalmente dependientes, hasta el punto que se caen sobre su propia mierda y uno tiene que ir por toda la casa limpiando lo que hacen o limpiándoles el culo. Te lo digo porque a mi me pasó, desde ahí que decidí que no más perros-.

Si hubiese un referí que evaluase las jugadas podría interpretar que, o Atilio había metido un tanto fundamental, casi al punto de dejar el partido al borde del match o directamente -en su intento por arremeter con todo- había desviado la pelota varios metros afuera de los límites de la cancha. Lo que no podía encontrarse era un punto medio, no lo hubiera encontrado un referí y mucho menos el Turco que seguía mirándolo desconcertado, intentando descifrar algo de sus palabras.

-Escuchame Atilio, ¿toda esta sarta de tonterías respecto a los gatos y los perros, las decís por mí?-. Atilio echó una risotada, en su cabeza aún redundaban las palabras de su psicólogo. Qué yo te dije, cómo te dije, quién dijo qué... a vos te falta humor.
-Te estoy provocando Turco, a ver si bajas un poco la guardia- su amigo lo miró desconfiado, Atilio no hacía más que desconcertarlo y esperaba a ver qué iba a decir ahora. -¿Sabés cuál es tu problema?-.
-A ver, ilustrame Freud- respondió irónico, la palabra Freud no era común en su vocabulario y sonaba algo extravagante.
-Tu problema es que no te dejas querer, que tenés tanto miedo a que te quieran bien que te metés en todos esos quilombos innecesarios con pendejas en los que tenés que andar escondiéndote o haciendo esas boludeces. Y no sólo eso, no te dejas querer por alguien a tu altura porque te sentirías intimidado, te da miedo sentirte en igualdad de condiciones-.
-¡Mira que entre tantas boludeces que decís alguna buena se te escapa, eh!-.

Por primera vez el Turco daba crédito a las palabras de su amigo, si bien aún no estaba preparado para asumir lo que Atilio le decía, se permitía desconfiar de que sus palabras guardaban algo de verdad. Hizo una introspección al respecto de sus relaciones que no duró más de lo que dura un flash y desvió su mirada por la ventana del café. Contó pasar no menos de diez perros en sólo cinco minutos. 

-Parece que la gente no tiene otra cosa que hacer que criar mascotas-.
-Viste che- respondió Atilio sin darle demasiado crédito al asunto, sabía que su amigo intentaba desviar la atención. 
-Los perros son tan fieles- esbozó con una voz apenas audible, como si se le hubiera escapado.
-¿Te asusta?-.
-¿Qué cosa?-.
-Eso, que sean tan fieles-.
-¡Cómo me va a asustar Atilio! Otra vez estás meando afuera del tarro, ¿te tomaste la fiebre?-.
-Si seguís así no vas a cambiar nunca Turco-.
-¡Y vos de dónde sacaste que yo quiero cambiar!-.

Al mozo se le cayó la bandeja y el sonido a tazas y vasos rotos hizo un estruendo que resonó en todo el lugar. De la mesa vecina una mujer se levantó enardecida, limpiándose los pantalones a causa de las salpicaduras de café. Sus ojos furibundos apuntaban contra el mozo.

-Disculpe- dijo éste, avergonzado. Su rostro se había teñido de rojo y el arito en forma de tronco que colgaba de su oreja ahora sobresalía de su cabeza ridículamente. La mujer estuvo a punto de decirle algo pero se aguantó, podía observarse el esfuerzo que hacía por tragarse las palabras. Sobrevino un silencio algo tenso que duró cuatro o cinto segundos, luego su gesto se distendió. 
-No pasa nada- respondió ya más aliviada, evaluando las consecuencias del asunto sobre sus piernas. 
-Disculpe- repitió el mozo, debatiéndose entre levantar los restos del piso o ayudar a la mujer de alguna forma. -¿Quiere que le alcance un trapo?-. 
-No te preocupes, está todo bien-.

Atilio observó el gesto de ella endurecerse y ablandarse en tan corto tiempo, algo en todo aquello lo sedujo. Pudo notar también un oyuelo que se le hizo en el pómulo izquierdo al momento del enojo, justo debajo del ojo, que ahora había desaparecido. Por un instante sus miradas se correspondieron.

-Te queda bien enojarte- le dijo. 
-¿Debería tomarlo como un cumplido?- le respondió, algo insegura, a la vez que desconcertada.
-Tomalo como quieras- dijo Atilio -de todos modos te queda bien-. Ella finalmente sonrió. 
-¿Quieren que los deje solos?- preguntó el Turco, dejando entrever ciertos celos en una voz carrasposa que no tenía naturalmente.
-Tu amigo es medio controlador-.
-Lo necesario no más- respondió Atilio -pero es inofensivo-.
-Bueno, bueno, qué soy yo...- dijo el Turco algo afectado.
-Sentate, acercale una silla Turco, dale, no seas desatento-. El Turco se paró enseguida, aunque con disgusto, no le gustaba que le dieran órdenes. Ella permaneció unos instantes dubitativa y finalmente accedió, sus movimientos eran suaves, tenían una elegancia algo forzada. Antes de sentarse pasó la mano por el respaldo de la silla y se corrió un mechón de pelo que le caía por la frente.
-Agustina- dijo, a modo de presentación, extendiéndoles la mano. 
-Veo que te tiñeron los pantalones Agustina- dijo el Turco.
-Te estás vengando- respondió ella risueña -te molestó lo de controlador-. Los tres rieron.

Ahora todo se había transformado en un partido de tres y las cosas se complejizaban. No es lo mismo una relación dual que una triádica en la que todo debe estar más equilibrado, y mucho menos cuando la que se suma es una mujer a la que se intenta demostrar la masculinidad.

-¿Qué opinas de los perros?- le preguntó el Turco, encendiendo un cigarrillo y metiendo una de sus pitadas.
-¿Viste qué pitadas más profundas que mete mi amigo? Se cree que es el rey de la selva- dijo Atilio.
-¡Cortala con eso, che!- dijo el Turco ya al borde del enojo.
-Disculpame Turco, tenés razón. Pero jamás vi a alguien que goce tanto con un cigarrillo-.
-No sé, prefiero los gatos- respondió ella. 
-Yo sabía- esbozó Atilio.
-¿Qué sabías?- preguntó el Turco.
-¡Qué iba a preferir los gatos!-.
-Y por qué sabías que iba a preferir los gatos?- preguntó Agustina.
-Porque tenés esa pose de mujer independiente, y se supone que los gatos son una especie que se identifica con eso-.
-Disculpalo, a veces se cree psicoanalista y se pone insoportable-.
-Zooanalista- dijo Atilio, algo burlón.
-Algo de razón tiene- dijo ella -las mujeres tendemos a la sobreactuación de nuestra propia independencia, es un modo de reafirmar nuestro género. Los gatos son ideales para eso, ¿no les parece?-. Tanto Atilio como el Turco quedaron algo desconcertados.

El mozo volvió a aparecer con un café para Agustina y el Turco aprovechó para pedirle una cerveza. Ya pasó la hora del café, dijo. 

-Agustina tiene razón- dijo Atilio -las mujeres son como los gatos, no pueden sentir el menor afecto por nadie-.
-Tu amigo es insoportable, tenés razón Turco-.
-Viste- respondió el Turco, siempre pitando.
-Además, ¿de dónde sacaste que los gatos no son afectivos?-.
-Y, vos viste que ellos hacen la suya y lo que pase alrededor no les importa-.
-En ésta le doy la razón a mi amigo- dijo el Turco.
-Y qué tiene de malo eso- esbozó Agustina -¿tienen que estar siempre como esclavos, dependientes del amo?-.
-Viste, yo sabía Turco, que Agustina tiene necesidad de sobreactuar su idenpendencia-.
-¿Tu amigo es siempre así?- Agustina volvió a interpelar al Turco, su frente se había contraído levemente.
-¡Peor que eso! Lo que pasa es que está medio misógino últimamente-.
-¿En serio? ¿y por qué?- preguntó Agustina.
-Es que me rompieron el corazón- 

El mozo se acercó con la cerveza y tres vasos que fue apoyando en la mesa. 







lunes, 8 de agosto de 2016

En Roma todos los colectivos son rojos




El colectivo dejó su estela como una llamarada roja. Intentó no mirarlo pero no pudo. Unas lágrimas se desprendieron de sus ojos y se derramaron por su rostro, corrieron lentamente formando un camino sinuoso que desembocó en su boca. Aquel gusto le recordó el mar.

El cartón corrugado aún se esparcía por el suelo, ya era una esponja inefable, amarillenta, que se iba partiendo en diferentes retazos. De su forma anterior sólo restaba un ángulo recto en donde se plegaban tres láminas desfiguradas por el agua. Uno de los laterales ya no era más que especie de arcilla amarronada mezclándose con la suciedad del piso. Empezaba gruesa y poco a poco se deshilachaba.

Le llamó la atención la analogía entre el cartón y la arcilla, pensó en aquellos cerros que tanto le significaban, había vivido un tiempo en el noroeste argentino, cuando intentaba esconderse. A sus ojos era el signo de esa lucha desigual a través de la que el viento intenta modificar el paisaje, logrando esas formas surrealistas que moldean la roca con un esfuerzo constante que implica millones de años, un soplo continuo que funciona igual que una quena y deja sobre éstas el rastro escalonado de un arado. Cerraba los ojos y la veía reconstruirse, impulsada por una fuerza sobrenatural hasta lograr su forma primigenia. Cuando los abría todo seguía igual. 

Aún así la lucha era digna de dar, una lucha inigualable y eterna, tras la que se esconde un cielo turquesa intenso, y unas nubes blancas por momentos casi invisibles. Pudo divisar la gama majestuosa de colores que se forman cuando cae el sol sobre el Hornocal. Recordó también aquel episodio con Sixto y esa cara que pudo ver en el techo del centro cultural, aún se preguntaba si no había conocido al mismo diablo.

Ni siquiera el destino conoce las causas e inútil es preguntarse lo que sucede, aquella negación continua, como si dar al otro lo que pretende fuese dar el brazo a torcer o una especie de claudicación. Nunca había extrañado tanto a nadie. Lo que más le dolía era no poder comprender tanta dureza. Sin embargo, nada del mundo hubiese cambiado por eso, buscaba desde hacía muchos años y casi había alcanzado el cielo, un cielo que duró apenas un instante en el que había sido tremendamente feliz. Entre un capricho y un amor para toda la vida, prefiero el capricho porque dura más, recordó la frase de Wilde. Una vez más vio aquel rostro formado por manchones de humedad dibujado en el techo. Conocí al diablo, pensó.

El Panteón no era más que una sombra que se adivinaba sobre sus espaldas, hechas con la misma piedra, tan dura y caliza como las otras que amenazaban no pulverizarse nunca. Se preguntó por Agripa y por Adriano, piedra sobre piedra, un templo negando al anterior y siendo causa del mismo.

Alzó la mirada e intentó esconder el dolor ante el paso de otro colectivo que pretendió no mirar, pero le era imposible. Una aguja se le incrustaba en ese vacío donde se asienta el alma. Le costaba comprender que aquel dolor surgiera producto del vacío y no a través del contacto con la carne. Dejó correr un poco su mente y llegó a la conclusión de que la carne tarde o temprano, y por más honda que la herida sea, cicatriza. El vacío es inalcanzable. 

Los colectivos se movían como lanzallamas de un lado a otro lacerando su mente. Siempre rojos. Eso era lo que más le molestaba. Intentó morder un sandwich pero apenas pudo con un bocado, su estómago se había cerrado completamente y no había forma de que pudiera ingerir algo de comida.


Se encontró una vez más intentando cambiar ese objeto amorfo que yacía desencajado en el suelo -identificándose con él- cuyo molde apenas se intuía. La valija se había transformado en un contenido en el que cabía cualquier cosa. ¿Tan difícil era? Se le apareció un caparazón, luego una especie de pirka que funcionaba como corral en pleno cerro, y luego una jaula, un anzuelo, hasta un escudo, una falla geológica que se habría durante kilómetros, que por momentos la distancia entre sus paredes no llegaba a los quince centímetros. Un conjunto de piedras gastadas que formaban una muralla sobre las que el viento emitía un gemido proveniente quién sabe de dónde. Por un lado los significados se deslizaban ilimitadamente y por el otro -como una paradoja o una contradicción- todos remitían hacia el mismo límite. Pensó en Sixto y su escepticismo.

No pretendía más que eso, una caricia o la metáfora de una caricia que rozara su rostro y le hiciera sentir ese alivio que produce la cercanía con el otro, el contacto, algo que en su lucha no parecía estarle permitido y le era constantemente negado. Un simple acercamiento, un abrazo profundo. La negación de la muerte. 

La militancia es dura, se niega el amor por temor a que la debilidad sea causa de la derrota y demasiado tarde se toma consciencia que sin éste la derrota se encuentra a priori consumada; una lucha sin amor no difiere de cualquier guerra imperialista, incluso mercenaria. Pensó también en el deseo consumado y en todo eso consumado con lo que había soñado que ahora flotaba indiferenciado en el aire. Como si lo sólido no fuera más que eso: una ilusión. Pensó una vez más en Wilde y en los caprichos. Era lo único que pretendía, un indicio de aquel deseo que le era negado. ¿Tan difícil podía ser? Después de todo las ilusiones pueden ser tan fuertes como la roca.

Miró aquel desecho aplastado en el suelo, cuya forma restaba únicamente como recuerdo, le sorprendía todo lo que un pedazo de cartón corrugado podía condensar. No podía quitarle la vista de encima. Era eso u observar aquella estela roja, una pátina colorada, casi infinita, pintada encima del asfalto, que dejaba el paso veloz del colectivo, y eso le dolía aún más. Trataba de no mirarla pero le era imposible. Otra lágrima se desprendió de sus ojos, cercó su nariz, recorrió la misma huella de la anterior, redoblando ese surco opaco que deja la sal para culminar nuevamente en su boca. La montaña, las conchas marinas encontradas en la quebrada a más de dos mil kilómetros del mar. Al fin y al cabo todo confluye en el mismo sitio. El Panteón era un bloque indefinido sobre sus espaldas.

Entonces se preguntó si en Roma todos los colectivos eran rojos.  

miércoles, 1 de junio de 2016

Piedras

-Los micros no pasan- dijo y nos dejó a todos ahí parados, a la intemperie de una geografía enrarecida. El cielo tenía ese color turquesa algo blanquecino que sólo adquiere cuando uno se va a acercando a los trópicos y se mezcla con la bruma del mar.

Era el año 1996, la primera vez que viajaba a Cuenca, y aún perduraban las rémoras del conflicto bélico, por lo que atravesar la frontera entre Perú y Ecuador no era fácil. La abrían y cerraban  y había que aprovechar esos lapsos intermitentes porque después no se sabía cuándo se podía pasar. Venía subiendo desde Lima, había viajado toda la noche y gran parte del día sólo para llegar a la frontera -recién entonces tomaba consciencia que, al igual que Chile, Perú es un país básicamente largo.

-Hasta acá llegamos- dijo entonces el chofer -los micros no pasan- y nos hizo descender a todos. Todos éramos un par de limeños y yo, el resto se había quedado mucho antes o simplemente no existía. Saqué mi mochila de la bodega, ni siquiera había terminado de despejarme y tenía esa sensación de que me estaba olvidando algo arriba, cuando vi al micro pegar la vuelta y desaparecer en dirección contraria. Sólo atiné a palparme el cuerpo con las manos, aunque aquel gesto careciera absolutamente de sentido.

De pronto estaba solo en medio de la nada, no sé cómo terminamos en Macará -en algún momento del viaje el micro se desvió-, creo que a causa de la guerra o problemas en las rutas, mis recuerdos son algo vagos y ciertas cosas se mezclan en mi cabeza. El paisaje era sórdido, predominaba el amarillo -otra cosa respecto a la que tomaba consciencia: la costa peruana es básicamente un desierto-. Una barrera sobre un puente que cruzaba un río seco del que sólo quedaba el cauce, nada parecido a lo que puede encontrarse hoy, demarcaba un límite casi imaginario. Tengo también el recuerdo de un gran árbol al costado de un camino de tierra pero puede haber sido creado por mi imaginación. 

-Dis, dis bas- insistía un chico que se me había pegado como una sanguijuela, apuntándome con unos ojos negrísimos. -Dis, dis- insistía y yo ni siquiera sabía qué era lo que me quería decir.

Un militar en una casilla solitaria y casi olvidada me estampó un sello en el pasaporte luego de lanzarme una mirada desconfiada, -tenga cuidado allá- dijo, y ese allá fue tan ajeno a cualquier realidad, como si ese allá simplemente no existiese o fuese el "más allá" de donde nada se sabe. Lo mismo sucedió del lado ecuatoriano -con que viene de ahí- enfatizando ese ahí como si fuese la nada o ese "más allá" invertido del que se sabe poco, dijo otro militar de verde sin siquiera mirarme y sin expresión alguna en el rostro, aunque con algunas manchitas más en su uniforme. Uno era el fiel reflejo del otro y tan enemistados que estaban. Aquella era una típica guerra con tintes imperialistas, en que las decisiones se toman a miles de kilómetros y, más allá de unos territorios inservibles, nadie entendía siquiera qué estaba sucediendo ni porqué los dos países se encontraban enfrentados. 

-Uere, uere- me preguntaba la sanguijuela, bajita y morena, con rasgos incas. Aún recuerdo su mandíbula y sus pómulos prominentes y una frente tremendamente amplia. Sus ojos eran negros como semillas de mostaza, al igual que su piel tostada por un sol eterno. -Uere iu gou- me vio pinta de gringo -¡Uere, uere!-. No tendría más de doce o trece años, quizás menos. 
-A Cuenca- le dije una vez que entendí qué estaba tratando de comunicarse conmigo en inglés, -voy a Cuenca- reafirmando ese voy a para que se enterase de que hablábamos la misma lengua.
-Iu jav- hizo un silencio mientras revolvía en su repertorio de palabras aprendidas, sus ojos dieron la vuelta sobre sus órbitas denotando su esfuerzo mental. Ni siquiera prestó atención a lo que yo intentaba remarcarle, tan concentrado que estaba. -Dis, dis bas- dijo, enfático, a todas las palabras le agregaba un énfasis cargado de una energía envidiable, señalando un colectivo algo destartalado estacionado justo debajo del árbol que yo había creado en mi mente al borde de aquel camino desértico. 
-¿Estás seguro?- le pregunté y abrió esos ojazos de mostaza como quién recibe una descarga u observa algo en el paisaje que no encaja con lo esperado, y volví a preguntarle, -¿estás seguro?-. Ya me había olvidado de nuestra disputa idiomática y lo único que hacía era mirar ese colectivo despintado, casi abandonado, en el que el óxido y la tierra asomaban por todas partes. 
-Ese...- dijo ya menos seguro -a Cuenca, Cuenca- dudando en qué lengua comunicarse. Ahora era él quién se había percatado de aquel duelo de lenguas y se lo notaba desencajado y se rascaba la cabeza.
-Gracias- le dije al pequeño inca y le di una moneda no sé ni de cuánto porque había cambiado algunos Soles por unos Sucres en la frontera y no tenía idea de cuánto era el cambio, no puso cara de tanta felicidad pero tampoco protestó por lo que no debe haber estado tan mal. Me miró durante algunos segundos, como si quisiera grabarse mi rostro para siempre y se alejó hacia el lado peruano tan despreocupado como un mediador de la OEA. 


El colectivo debía de tener al menos medio siglo. Hasta dónde llegaremos, me pregunté, y en seguida me topé con una hilera enorme de gente que esperaba paciente -tan paciente y serena como si hubieran estado esperando durante veinte años, ¿cuánto puede tardar en salir un colectivo? -para subir con toda clase de bultos y canastos que también me pregunté adónde íbamos a entrar tantos y con tantas cosas. 

No había cabina ni puesto de boletos.

-¿Dónde se saca el pasaje?- pregunté a una mujer enorme, que ocupaba por lo menos dos o tres veces el tamaño de una persona normal.
-En-ci-ma- dijo separando las sílabas y enfatizando cada una de éstas ¡en! ¡ci! ¡ma! a la vez que señalaba el colectivo, como si le estuviera hablando a un idiota -daba lo mismo que les hablara en español-, y lo repitió no sé cuántas veces más y comprendí que también me trataba igual que un gringo, como si ser gringo o idiota fueran la misma cosa. 
-Soy argentino- y repetí copiándola -¡ar! ¡gen! ¡ti! ¡no!-. Ahora todo el asunto se había transformado en una guerra entre idiotas, ni siquiera idiomática, idiostática a lo mejor. Le dije así ¡Ar-gen-ti-no! para que comprendieran de una vez que todos hablábamos español. 

Sin embargo, ella y la mayoría de los que se encontraban en la hilera mmiraron con esos ojos negros, oscuros y gigantescos, a través de los que se podía mirar el infinito y toda la historia del Imperio Incaico y hasta reconocer al mismo Pachacútec con su poncho rojo, siempre rojo, y su gorro emplumado, me miraban todos como si les hubiese dicho Marte o Júpiter y no Argentina, una nación latinoamericana que casi lindaba con la suya y que de no ser por ciertos avatares históricos formarían parte de la misma. 

-¡Argentino!- dijo uno que conocía, más bien lo conocía a Maradona, que fue lo segundo que dijo, en una síntesis semántica argentinomaradona como si no existiese más nada entre esos vocablos.
-Sí, Maradona- dije y se rió y el resto también se rió ni siquiera supe por qué. 
-¿Adónde va?- me preguntó, tenía unos ojos negros y unos bigotes también negros, bien delgados, algo incipientes, casi una sombra, que se le escapaban por sobre los bordes superiores de la boca, y a pesar de ser mucho más viejo, tenía casi la misma estatura del pequeño inca al que le había dado las monedas, o la moneda esa que no debía valer demasiado. -Adónde- me dijo, siempre lentamente, a pesar de haberse enterado que era argentinomaradoniano seguía pensando que hablaba con un idiota.
-A Cuenca- le dije, sólo por seguirle la corriente porque ya podía anticipar su respuesta, este va a Cuenca, señalándome el colectivo destartalado, al que estábamos esperando que sus puertas se abrieran. 
-Este va a Cuenca- dijo entonces, o éste va para ahí o para allá, algo similar, levantando apenas el brazo y dejando asomar un dedo índice algo rechoncho que más bien parecía una salchicha que un dedo, y no pude evitar que una pequeña sonrisa se escapara de mi rostro y todos volvieron a reírse no sé de qué.
-¿Y a qué hora sale?- pregunté, en un español más fluido, ante el asombro general a causa de mi velocidad para aprender los idiomas.

La respuesta se manifestó en otro dedo índice apuntando hacia el árbol que mi imaginación había materializado, bajo el cual, un hombre con una musculosa blanca y un pantaloncito corto que apenas le tapaba las partes, dormía sin reparo hinchando y desinchando una barriga que a pesar de mirar hacia el cielo se adivinaba prominente. Mi desconcierto debe haber hecho que la misma mujer que ocupaba tres espacios normales se apiadara, 
-ese es el chofer (o conductor o algo similar)-, dijo en un español perfectamente comprensible -cuando termine su siesta, nos vamos-. Resultaba perfectamente normal, quién era yo para cuestionar costumbres tan sagradas. 

El sol iba surcando el cielo mientras velábamos el sueño sagrado de aquel hombre que hinchaba y deshinchaba su barriga a intervalos regulares. Lo más interesante del asunto resultaban los diferentes gestos que puede adquirir la espera, unos con sus miradas perdidas en ese cielo turquesablanquecinotropical, otros ensimismados con sus ojos inertes y sus cuerpos petrificados, casi muertos, como si tuviesen la posibilidad de interrumpir la vida, estas personas definitivamente se encontraban completamente ajenas al paso del tiempo.

Una hora más tarde, sin ayuda de despertador alguno, quién sabe a causa de la caída del sol o alguna conexión divina con la naturaleza, el hombre abrió los ojos, se paró, se sacudió la tierra del pantaloncito y unas hojas que el árbol materializado por mi imaginación había depositado sobre su prominente barriga, y vino a nuestro encuentro. 

-Ya era hora- lo interpeló una mujer, con un sombrero de paja, también de estatura pequeña e increíblemente cargaba una bolsa de un tamaño como si llevara tres cadáveres, -¡ni que estuviera cultivando sueños!-.
-No se imagina cómo se vive por ahí- respondió el chofer con una cara de felicidad indescriptible.
-Fíjese que mientras usted se andaba tan bien por esos lados, por acá hace como quince años que lo andábamos esperando-. Había comenzado a llamarme la atención cierto uso de la deíxis.
-Tranquila ñaña, mejor llegar un poco tarde a perdernos en el camino, usted sabe que no hay cosa más seria que el sueño-. 



Finalmente subimos y ocupé un espacio (nunca mejor utilizado el término, porque no era más que eso entre asiento y asiento) y emprendimos camino. El paisaje desértico dio lugar a uno frondoso, lleno de verde y de árboles -que por momentos me hacía sentir en la selva- y luego a uno nuevamente desértico y escarpado a medida que nos acercábamos a la cordillera. El colectivo comenzaba a escalar pendientes rocosas que dejaban al descubierto vistas monumentales en las que se mezclaban elementos lunares. La altura permitía una perspectiva inmejorable y se podía divisar un valle extenso sólo interrumpido por nuevas ondulaciones. El ambiente adentro del colectivo era festivo y por alguna razón yo había pasado a formar parte de los divertimentos -era el elemento heterogéneo-. 

A medida que avanzábamos mi mente comenzaba a evadirse y era atravesada por toda clase de ideas: recuerdos, la lluvia, el tiempo, la soledad, las esperas, las ansias, el olvido, los olvidos... Justo cuando me tomaban los brazos del ensueño me sacó del letargo mi vecino de asiento, o de espacio debería decir, mi vecino espacial, el mismo que anteriormente me interpelaba en términos maradonianos. 

-Vino para olvidar- afirmó, o preguntó, ya no recuerdo, con una certeza que me causó envidia, a la vez que asombro. Me llamó tanto la atención su capacidad para leer mi mente que por un momento me sentí desnudo.
-¿Cómo?- pregunté y antes de responderme dio vuelta su cabeza y miró hacia afuera por la ventana. 

Existen comunidades que conciben su personalidad ligada a alguna clase de roca o de piedra o incluso a un árbol, creo que en este caso sucedía algo similar, aquel hombrecito del tamaño de un pigmeo, que bien podría haber sido reducido en su tamaño por los Shuar, aunque en este caso fuera su cuerpo entero y no solo su cabeza lo que había sido compactado, necesitaba de la conexión con el paisaje para responderme. Es por eso que miraba por la ventana, y comprendí que lo que en otras circunstancias podría interpretarse como una falta de respeto era la necesidad de conectarse con la naturaleza, de donde extraen sus certezas. 

Entonces volvió su mirada hacia mi y metió la mano en un bolso que llevaba entre las piernas y, haciendo tal esfuerzo como si escarbara la tierra, aunque siempre mirándome -ahora no me quitaba los ojos de encima- sacó una botella sin etiqueta que contenía un liquido algo más oscuro que la miel aunque mucho menos espeso. 

-Tome- dijo, fue una orden, ni siquiera un ofrecimiento, y yo obedecí como un chico al que la abuela le da un jarabe para la tos -¡vino para olvidar!- 

Llevé la botella a mi boca y aquello no parecía tener nada que ver con el vino ni con ninguna bebida sacra que pudiera provenir de la naturaleza ni de fruta fermentada alguna. Enseguida sentí un ardor que recorría mi garganta, se revolvía en mi estómago, se entreveraba (sí, se entreveraba porque era casi una puñalada borgiana) en el intestino grueso y delgado, me hacía tomar consciencia respecto a todos mis órganos vitales, volvía a escalar por mis entrañas y se prendía fuego en mi paladar antes de transformarse en una exhalación potente que, de tener un fósforo o cruzarse una chispa, hubiese servido para prender fuego el colectivo entero con todos sus ocupantes. ¡Carajo! me salió del alma y el Shuar emitió una sonrisa que dejó al descubierto el vacío entre sus dientes de la misma forma en que Lacan ejemplificaba la falta y lo simbólico con la biblioteca a la que le faltan libros. Y yo, que aún no me reponía de semejante shock emocional, estuve a punto de señalárselo, aunque invirtiendo el razonamiento para no mortificarlo, señor, a usted le sobran dientes, a los costados de ese vacío central entre los colmillos, su boca hubiese sido un gran aporte al sicoanálisis lacaniano... Pero el Shuar volvió a mostrarme su sonrisa vacía y una vez más, leyendo mis pensamientos dijo:
  
-Entre tantas piedras uno tiene que saber reconocer la suya- y yo no pude más que sorprenderme por la capacidad que tenía para sintetizar dos hilos semánticos que parecían correr paralelamente. -Y lo que puede ser una piedra son dos- agregó y ahí ya me mareó aunque enseguida asocié las dos piedras con los ojos que yo tenía atravesados en mi mente, dos ojos acuciantes que me habían hecho embarcar en semejante viaje y recorrer la mitad de sudamérica sin tener del todo claras las razones. -¿Entiende lo que es el amor?- me preguntó ofreciéndome nuevamente esa botella con gasolina.
-Sí, claro- le respondí sólo por compromiso y para no quedar como un idiota, respecto del amor no entendía absolutamente nada y ya me tenía completamente desconcertado con semejante poder para meterse en mi cabeza. Entonces acepté la botella y arremetí con otro trago, hondo e hiriente que me revolvió las tripas, está vez tan profundo que casi me llegó hasta el colón, rebotó en el asiento, volvió a atravesar mi cuerpo verticalmente y estuve a punto de volver a incendiar el colectivo con un eructo a la vez que pensaba en Platón y en que si los griegos hubiesen tomado de esto no existiría Banquete ni discusión alguna sobre el amor y Aristófanes hubiese reemplazado todo su humor por alguna clase de melancolía existencial sartreana y quién sabe los boleros o el tango se hubiesen inventado en la Grecia antigua.
-Las piedras son todos los olvidos, todos los tiempos, todos los planos y siempre se presentan de a dos, es ley de la naturaleza- dijo buscando sus premisas en el paisaje que nos rodeaba.
-¿Cómo?- pregunté, desorientado.
-Que no hay que marearse tanto- respondió, emitió un chasquido con los labios y permaneció en silencio. 

Cuando quise volver a hablarle me hizo un gesto con su mano abierta dándome a entender que no era momento de diálogo, en forma tan clara, que no me quedó más que llamarme al silencio. 


En el colectivo el clima era alegre, todos hablaban en voz alta, casi enfurecidos, cantaban, se insultaban, se reconciliaban, lloraban, se abrazaban, etc., era como si sobraran los motivos para el festejo, en una fiesta en la que se mezclaban todas las sensaciones, algo que en mi cabeza occidental no encontraba demasiado sentido. Mi compañero seguía arrumando su botella e invitándome a esos tragos mortales e incendiarios. Así como de la nada, volví a pensar en la guerra del Cénepa y le pregunté,

-¿Qué pasa con la guerra?- sólo para conocer su opinión y ¿cuál guerra? me respondió, 
-Acá no hay ninguna guerra-. Me dio algo de aprehensión insistir pero no me quedaba claro si era pura negación o es que realmente no sabía que su país estaba en guerra con el vecino. Pensé una vez más en el imperialismo yanqui y en sus maneras de hacer que las cosas sucedan a su antojo saliendo siempre indemnes de la situación y hasta me dieron envidia por poder manejar tan fácilmente los hilos de la historia cuando yo no podía siquiera manejar los hilos de la mía. -Guerras hay en todos lados- dijo después, y terminó de desconcertarme.


Cuando ya comenzaba a oscurecer volvimos a afrontar el verde de un paisaje trabajado por el hombre al que no faltaban sembradíos, árboles, lomadas y todo lo necesario mientras al costado del colectivo había comenzado a correr un río escarpado que saltaba entre las piedras. La sensación que encuentran los viajeros al entrar a Cuenca es de extrañeza, como si algo no encajara o estuviera sacado de contexto. 

-Estamos por llegar- dijo mi compañero espacial, al mismo tiempo que jugaba con la botella vacía sobre su mano como si fuese un trompo. Ya no guardaba el buen humor y la complacencia anteriores, posiblemente debido a que en algún momento del viaje me vi obligado a rechazar su vino para olvidar debiendo elegir entre mi estómago o su hospitalidad. 
-Esto es de cuento- dije, aun asombrado por lo maravilloso del paisaje.
-Un cuento...- repitió con una voz monocorde y carente de acentuación. -¿Es que se dejó olvidada alguna piedra por acá?- respondí afirmativamente, sin terminar de comprender qué era lo que me quería decir, siempre pensando en el camino recorrido y en que hacía ya cinco meses que había salido de Buenos Aires. -Mmm, ya me parecía- hizo una pausa y movió su mandíbula como si masticara algo.

¡Cuenca! gritó entonces el chofer una vez que metió el colectivo en la dársena y fuimos descendiendo despacio, aún me costaba comprender cómo cabía tanta gente en un espacio tan reducido.

-Cuídese mucho- dijo mi excompañero de asiento una vez abajo -que las piedras son peligrosas acá-. 
-Gracias- le respondí -y gracias por el vino para olvidar también-.
-¿Le sirvió?-.Su pregunta me resultó extraña.
-Digamos que sí-.
-Digamos entonces- respondió sin convencimiento. El shuar resultaba poco predecible. -¿Sabe del watuy?- me preguntó mostrándome una vez más, orgulloso, ese vacío lacaniano entre los dientes. 
-No-.
-Pues averigüe, así no se mete en líos- fueron sus últimas palabras antes de subir a otro colectivo con su botella vacía debajo del brazo. 

Pregunté por algún hostal adonde alojarme y me dijeron que en el centro había varios, cerca de la Calle Larga, que podía tomar un taxi en avenida España. Preferí caminar -siempre guiado por aquellos ojos que me servían de faro-, Cuenca no es una ciudad muy grande y es linda para caminar, no dejaban de asombrarme sus construcciones, sus ríos atravesándola, sus mercados... Volví a pensar en la guerra y en la indiferencia respecto a la misma, ¿qué clase de guerra entre dos naciones puede tener tan poca repercusión? Pensé en las piedras y en el shuar, "hay que aprender a no marearse", como si las piedras guardaran la sabiduría necesaria para eso. 

El cielo seguía de un turquesa muy intenso, aunque más definido y menos blanquecino que el anterior. Caminé varias cuadras, siempre asombrado a causa de la belleza y el orden de una ciudad casi impostada en la vorágine latinoamericana, crucé por el mercado Diez de Agosto, donde podía observarse el trajinar de gente saliendo y entrando con paquetes y comidas de toda clase, los mercados son los centros vitales de algunas ciudades latinoamericanas. La imagen del shuar atravesó nuevamente mi mente con su sonrisa y sus faltas. Pensé en sus últimas palabras y en qué me habría querido decir con eso del watuy. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

En Buenos Aires no nieva

Es tarde y llueve,
sobre la densa niebla que forman las nubes emerge su recuerdo, 
traído por el viento.

Preparate para el olvido, dice, preparate...
La nieve cae, llana, marcando el ritmo del tiempo.

En Buenos Aires no nieva, dice,
pero podría, una vez nevó.

Es tarde y llueve, la niebla lo nubla todo.
Hace frío. Su recuerdo. La tristeza.
Era Julio, o Agosto... fue hace tiempo.  

Preparate para el olvido, dice, porque no tiene vacuna, no existe.
Preparate...

Los copos brillan iluminados por los focos del alumbrado, blancos, perennes, hamacándose en el vacío. Uno a uno los mira, adormecidos, blandiéndose en el viento como parias, esperando tocar el suelo. Los focos y los copos, ríe.

En Buenos Aires no nieva, dice, pero podría...

La lluvia lo inunda todo, feroz, cada vez mas enérgica. Su recuerdo se pega a uno de los focos del alumbrado público que titila, a punto de apagarse. Son los copos.

Era Julio y hacía frío. Los pies se me congelaban. Era de día y de repente se hizo de noche. Sus ojos lluviosos guardaban esa idea, quejosos.   

La niebla, la luz tenue, la nieve nublándolo todo.
El recuerdo. Los copos en los focos y el vacío.
La nieve que se hamaca... hacia el olvido (que rima).
No jodas, que no nieva, dice.

Las luces titilantes como el recuerdo, un foco que insiste, perenne, a punto de apagarse. Tu recuerdo. 
¡Preparate! Yo te aviso...
La nieve...
No jodas, ¡que no nieva! Son los copos.

En los focos, me dice, con su risa.
Es la nieve la que brilla. Los pies se me congelaban, en serio, ya no aguanto.
Eso no es brillo, ¡si eso es baba! Se ríe, ¡son las huellas que dejan los insectos! 
Era Julio, estoy segura. Tal vez Agosto.

La lluvia que no para, algo furiosa. 
Era de día y de repente se hizo de noche.
¿Los insectos? ¿Donde viste insectos en Agosto?
Agosto, tal vez Julio, da lo mismo. ¡Preparate! Yo te aviso.

En Buenos Aires no nieva...

lunes, 16 de mayo de 2016

Veinte años

(De Siete cuentos de amor)




Uno no puede enamorarse y que resulte un trabajo liviano. 
Hay que ensuciarse las manos, se necesitan músculos y agallas. 
Y si no puedes soportar ni la idea de ensuciarte esa alma ordenada y limpita
 es preferible que renuncies a todo lo que sea vida 
y te conviertas en santa. 
Pero nunca vivirás como un ser humano, 
hay que elegir entre este mundo o el otro. 

John Osborne.


Qué te importa que te ame,
si tu no me quieres ya...
María Teresa vera.





Miró hacia el techo buscando una rendija por donde se filtraba la luz del alumbrado público. Estaba agitada y un sudor helado recorría el contorno de su cuello. Su almohada y las sábanas junto a ella se encontraban húmedas producto de su transpiración. Un silbido agudo, apenas perceptible y similar al que hace el viento al filtrarse entre los postigos de una ventana, se escapaba de su garganta, apenas podía respirar. Todo había sido tan real, tan espantosamente real, que le costaba reconocer su cuarto, esa podía ser su casa como no. Volvió a buscar aquella luz como el marino que busca referencias en el cielo, y suspiró aliviada al encontrarla. La respiración de su novio junto a ella terminó de tranquilizarla.

-¿Qué te pasa?- preguntó él, algo alarmado. Sus movimientos lo despertaron, probablemente ella lo estuviera deseando.
-¡Qué pesadilla! Prendé el velador y pasame el inhalador por favor-.

La luz iluminó íntegramente la pieza y su mirada recorrió cada rincón -sus fotos sobre la cómoda, un dibujo de Castagnino enmarcado que colgaba casi al borde de la ventana y la Antología Poética de Anna Ajmátova en la mesa de luz- como si necesitara reconocerla. Un retrato de ella dibujado en lápiz, que también colgaba contra la pared, en el que sus contornos se delineaban e iban desapareciendo de a poco en una especie de fade out hasta desaparecer por completo. Todo era igual pero al mismo tiempo todo era tan nuevo. Se llevó el inhalador a la boca. 

-¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma-.
-¡Más o menos! Y no fue uno sino unos cuantos-. Se sentó en la cama ya más tranquila y estiró sus brazos para desperezarse. Uno a uno sus músculos se fueron marcando sobre su espalda dejando crecer unas pequeñas sombras con formas alargadas producto de la luz de costado. Le costaba imaginar que un sueño pudiera ser tan real. -¿Qué hora es?-.
-Tres y veinte. ¿Qué soñaste, se puede saber?-.
-Dame dos minutos para despejarme un poco, sí- dijo. Desparramó las sábanas y caminó hasta el baño. 

Sus pasos eran livianos, gráciles, como los de un pájaro buscando peces al borde del mar. Eso pensó él, pero no dijo nada, le gustaba mirarla caminar, aunque sólo fueran esos cinco pasos que median de la cama al baño que lo hacían imaginarla saltando de roca en roca.



Se miró al espejo, esperando que su reflejo le ayudara a recomponerse. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, en sus ojos podía observar los rastros del miedo, su rostro aún permanecía pálido. Cómo es posible que se puedan vivir tantas vidas, se preguntó. Aún se negaba a creer que fuera sólo un sueño pero no quería caer en la cursilería de preguntarse qué es lo que diferencia la vida onírica de la real, aunque sin desearlo lo estuviera haciendo. Quince, veinte años habían pasado como fuegos de artificio. 

Se lavó la cara con agua fría para alejar a los fantasmas. Un sueño no puede durar veinte años, pensó. Se acercó aún más al espejo y temió perderse en su interior. ¿Me estaré volviendo loca? susurró, con una voz apenas perceptible. 

-¿Con quién hablás?- preguntó él que alcanzaba a escuchar sus murmullos desde el cuarto.  
-Con nadie, pienso en voz alta no más-. 
-¿Y qué pensás?-.
-Menos pregunta dios....-. 

Algo había en su reflejo que le causaba cierta aprehensión. Aún perduraban los flashes y algunas imágenes casi olvidadas aunque guardaban una potencia vivencial: un paredón, una calle desierta, un perro con una mirada intensa que la interpelaba y le devolvía su propio reflejo. 

-¿Qué diferencia un sueño de la realidad?- preguntó desde el baño.
-Sus consecuencias- respondió él. 

La certeza de la respuesta la hizo sonreír. Sin embargo algo de todo ello debía perdurar y afectar la vida diurna, no por nada los sueños tienen tanta importancia para el psicoanálisis. El espejo actuaba como un imán. Cuántos años habrán pasado, se preguntó una vez más, está vez para adentro, sin emitir sonido mientras aquella batería de imágenes continuaba acudiendo a su mente y ese perro que había esperado veinte años esperando a su amo no le sacaba los ojos de encima. Entre sus ojos podía observar su figura deshaciéndose al igual que en el dibujo que colgaba de la pared de su pieza. Un escalofrío recorrió su piel. 

-¿Está mi cuaderno ahí?-. Necesitaba corroborar que era ella, la que escribía, la que ahora escribía y no podía dejar de hacerlo y no otra, la que ocupaba su cuerpo.
-¿Adónde?-.
-En la mesa de luz, abajo del libro de Anna- se sorprendió por la familiaridad con que pronunciaba ese nombre, Anna, al mismo tiempo le causaba orgullo y un extraño regocijo. Tan ligado estaba ese nombre a él.
-¿Sí, acá está, por?- suspiró aliviada, tanto por eso como por escuchar esa voz algo ronca que sabía mantenerla viva. Su voz era una de las cosas que más le gustaban de su novio, aunque nunca se lo dijera, era una voz que sabía transportarla de un mundo a otro . -El cartel, clavado en el tallo...-.
-¡No te atrevas a leer una palabra!- dijo, imperativa.
-Está bien, está bien... pero ya me vas a mostrar -respondió él obediente desde el cuarto.
-Todo a su tiempo-. 


Una arruga que comenzaba a delinearse debajo del ojo izquierdo la hizo sospechar. Mucho tiempo. Copello. ¡Copello! De pronto la imagen de Copello -su cabeza calva, su porte recio, todo era tan vívido que hasta pudo sentir aquella ausencia corporal como si algunos minutos antes su brazo cercara su cintura- recorrió su mente. ¡Por qué la imagen de un bailarín de tango al que ni siquiera admiraba y con el que nunca había bailado le venía a la cabeza entre semejante torbellino de ideas luego de una pesadilla a las tres de la mañana! Una infinidad de posibles respuestas se le presentaron pero en ninguna logró encontrar la adecuada. 

-¿Te gusta Copello?-.
-¿Quién?-.
-Copello, el bailarín de tango-.
-Ah, no sé, lo vi una sola vez, debe bailar bien...-.
-¿Y en Happy Together?-.
-¿Era él?-.
-¡Claro!-.


La arruga crecía al borde del ojo, casi rozaba la pestaña inferior y apenas se apartaba en un camino diagonal descendente hacia la nariz. Era ínfima y apenas se notaba, sin embargo, le molestaba bastante. Una vez más pensó en el tiempo y en sus múltiples manifestaciones. El perro, Copello, los veinte años, su figura adentro de sus ojos. Dejó escapar un quejido leve, molesto, casi un acto reflejo. 

-¿De qué te quejás?-.
-De vos me quejo- respondió ella, riendo.
-Ah, si, mirá...-. 

Se restregó los ojos, unos ojos oscuros y profundos, observó su pelo desparramándose entre sus senos y su largo cuello. Observaba su propia imagen con cierta extrañeza, hizo un gesto sensual, admirándose, frente al espejo e hinchó el pecho. Luego volvió a desperezarse y sus músculos volvieron a marcarse.

Hizo pis y volvió a la cama, no sin antes deslizar otra mirada por el cuarto, como si aún sospechara y precisara ratificar aquella realidad. 

-¡Así que de mí, eh!-.
-Sí, de vos tonto- y se abrazó a su brazo al mismo tiempo que lo besaba. 
-¿Me vas a contar el sueño entonces o me vas a dejar con la intriga?-.
-Sí, pero en un rato- dijo, ya mas tranquila, mientras se estiraba para apagar la luz y apoyaba todo su cuerpo sobre el de su novio y rozaba su entrepierna -¡antes quiero que me hagas el amor!-. 

Hacía tiempo que no pronunciaba esa expresión y se volcó contenta sobre él, con ardor, casi con furia, feliz de haberlo encontrado.