miércoles, 10 de enero de 2018

Solsticio, soltando, solemne, solari, solazo, solsipuedes.
Solero, sol, soledad, soltero, solo, sombrero.
Soltar, solación, insolación.
Solícito, solitario, solidario, solvente, solamente, insolvente...
Sólido, soliloquio, gaseoso, solilocos.
Sollozar, Pinamar, solymar. 

sábado, 6 de enero de 2018

Las vides

Ahí estás, entre el velo de la noche, perdido, moviendo engranajes oxidados, devanándote los sesos, debatiéndote entre hacer o no. El viento sopla frío una vez más, tan raro te decís, para esta época. Un Enero de hace quince años, oscuro como pocos. Ahí estás, mascullado tus acciones, entre dar rienda a la vendimia o dejar tu ser aprisionado y aplacado para que de una vez por todas los recuerdos se pudran. Las uvas, te llaman la atención las uvas que se desprenden de esos arbolitos centenarios que clavan sus raíces en la piedra.
Pero a la vez sabés que por más que los dejes, la putrefacción envenena y no hay recipiente que pueda contener aquello que crece como una peste que tarde o temprano se expande fagocitándolo todo. Las raíces de una enredadera que lo toma todo, que te abraza sin que puedas evitarlo. Las vides. 
Ahí estás entre la noche, junto al viento silente que sopla frío, pensando y repensando, qué será, que sería si...
Las vides nuevamente. Un Enero extrañamente frío.
Un roedor que se arrastra. Escuchas el graznido de sus pasos que se mueven de a cientos, sus patitas marchando, chocando contra el piso de baldosas, marcando el tiempo de la noche. Un reloj que te alarma con su aguja, una flecha que se te clava en la consciencia y no te deja ir. Siempre, siempre ahí. Clavado, pensás, y te reís. Y sí, y sí, y sí...? Querés detenerlo pero nunca lo hace, querés acelerarlo diez, quince mil años pero de nada sirve. Ahí estás, siempre rumiante preguntándote que sería si... 
No cambia, nada cambia, nada... solo las vides que crecen cada vez más fuertes y robustas clavando sus raíces entre las piedras. No hay caso, te decís. Es imposible.
Si las calles no tuvieran esa capa de alquitrán, si los cielos, si la tierra, si la historia, si las nubes fueran verdaderos recipientes de agua contenida, gatos dubitantes que circulan silenciosos, si... 
Si todo siempre quedara en el mismo sitio, si el tiempo fuera sólo un invento de la humanidad para mentirnos y hacernos creer que avanzamos hacia ningún lado. 
Las cosas siempre quedan en el mismo sitio, lo sabés, veinte, treinta años. Quizá más. Las vides, un Enero frío, quince años atrás como si todo estuviera destinado a repetirse.
Ahí estás con tus dedos rozando la pantalla, en el teclado, rumiante, dudando una vez más...

viernes, 29 de diciembre de 2017

Gualicho



Hace ya más de un año que terminamos y no puedo olvidarte. Solo espero que vuelvas a Buenos Aires para poder vernos y poder conversar de lo que pasó. No sé qué me hiciste, pero te extraño mucho más de lo que pensé que podía extrañar a alguien. Así termina la carta, una carta que me llena de contradicciones. Si mal no recuerdo ella fue quién quiso dejar de vernos, sin embargo, las cosas ahora en mi mente se confunden. Vuelvo a leer el último párrafo como si la letra formara parte de su cuerpo y al leerla pudiera abrazarla. Lo leo cinco o seis veces seguidas. Por momentos los trazos cambian, como si hubiera sido escrita de a ratos y en diferentes estados de ánimo.


-¿Qué te pone?- me pregunta Ulises, con su sonrisa ladina, al verme concentrado en las hojas cuadriculadas (me llama la atención que a alguien se le ocurra escribir una carta de amor en hojas cuadriculadas).
-Nada- hay ciertas cosas que prefiero guardarme -que me extraña y esas cosas- le digo, solo para dejarlo contento. Intenta arrebatarme la carta de las manos, cosa que evito con un movimiento rápido.
-¡Qué reflejos!- dice, siempre sonriente. -¿Y vos la extrañas?-.
-Sí, claro que la extraño- le digo. Hay algo que me hace imposible dejar de pensarla. Vuelvo a leer la frase no sé qué me hiciste, y un sentimiento recíproco atraviesa mi mente. Por momentos pienso en alguna clase de gualicho o amarre, me pregunto si es normal extrañar a alguien así.

La habitación permanece en penumbras, por la ventana que da a la calle se filtran los últimos rayos de sol de la tarde. De vez en cuando entra una brisa que hace que las cortinas se eleven. Pasan algunos minutos. Ulises se para a encender la luz y vuelve a sentarse sobre la cama. Ésta hace un sonido seco, como de maderas que se quiebran, nos miramos extrañados. Desde abajo proviene un murmullo de risas y voces, pienso en los alemanes, sentados en torno a la mesa, con sus cervezas, a esta altura del día el edificio de latas debe tener por lo menos treinta centímetros.


-Yo también extraño a mi ex- dice Ulises, su cara se pone más seria. Me cuesta reconocer cuando habla seriamente, trato de no bajar la guardia pensando que puede ser una broma. Sin embargo, en sus ojos algo refleja cierta verdad. Me cuenta la historia con su ex, me habla de un bar en Caballito o por Flores, donde se conocieron. De alguna manera me siento identificado, cualquier historia de una u otra forma me haría sentir identificado. El griterío de abajo se escucha más fuerte.
-Cómo gritan- le digo.
-Los alemanes- responde.
-¿Crees en los gualichos?-.
-¿Los que se hacen para que las parejas vuelvan?-.
-Sí-.
-Una novia mía me hizo uno-.
-¿Cómo sabés que te hizo uno?-.
-Porque me lo contó-. Vuelve a mostrar su sonrisa. Me descoloca.
-¿Me estás hablando en serio?-.
-Claro, ¿por qué no te hablaría en serio?-.
-Porque te estas cagando de risa-.
-¡En serio!- dice nuevamente riendo.

Se abre la puerta de la habitación. Entra un tipo alto, rubio, con unas bermudas color crema y unas zapatillas de trekking. De unos veinticinco o treinta años. Por su aspecto debe ser alemán o austriaco. -¿Está libre?- pregunta señalando la cama más cercana a la puerta, justo al lado de la de Ulises, y apoya su mochila. Sus movimientos son algo toscos. Una vez que deja sus cosas se acerca a nosotros. -Hi, my name es Ricardo- dice, seguramente traduciendo su nombre, usando un español forzado, exacerbando la r y la d. Lo saludamos sin demasiado entusiasmo, lo percibe y vuelve a su cama a terminar de acomodar sus cosas. Ulises me señala sus bermudas con la mirada y nos reímos.

-¿Cómo fue eso del gualicho?- le pregunto mientras vuelvo a mirar la carta de Clara. Escribe la letra d de una forma muy extraña, se confunde con una a.
-Una novia, hace dos años- dice -¿por qué querés saber eso?-.

El alemán se saca las bermudas y se mete entre las sábanas y en menos de cinco minutos está roncando. Lo miramos asombrados. Su cuerpo se eleva y desciende con cada respiración como si fuese un globo. Estos gringos, suspira Ulises. Se escucha nuevamente el griterío proveniente del salón, hoy están particularmente ruidosos. Desvío la mirada por la ventana, afuera el cielo ya está totalmente negro. Las cortinas se elevan nuevamente. Leo una vez más el último párrafo de la carta y su imagen se recontruye en mi mente. La última vez que nos vimos tenía una musculosa blanca que dejaba su cuello al decubierto, tenía un cuello largo, elegante. No puede ser que me gustes tanto, le dije, y se rió mostrándome sus dientes y tomándse el pelo. Tenía el pelo negro, casi por la cintura. Me gustaba cuando se lo dejaba crecer. Después se abrió la cabeza con el marco de la ventana y se puso como una loca y sobrevino una situación completamente desagradable.

-¿Funcionó?- le pregunto.
-¿Qué cosa?-.
-¡El gualicho!-.
-No funcionan los gualichos-.



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Café Maurice

Eric era hijo de Cintia, una abogada argentina amiga de mi viejo que había hecho una pequeña fortuna trabajando en juicios por accidentes de tránsito con latinos. Nos conocíamos de chicos, de cuando él pasaba algunos veranos en Buenos Aires, había nacido en Estados Unidos pero hablaba español bastante bien. Tenía el aspecto de un dandy de los años cuarenta o cincuenta. Vestía con chaleco, zapatos Oxford con algunos ornamentos en la puntera y usaba un bastón con una cabeza en forma de pato. Nuestras conversaciones generalmente terminaban en discusiones políticas, yo naturalmente de izquierda cuestionando el rol de su país como gendarme mundial, y él adscribiendo a una especie de teoría hobbsoniana a través de la que naturalizaba aquel rol como un leviatán necesario para imponer orden al caos general.

Uno de nuestros intereses en común siempre había sido la política, soñaba con ser presidente de los Estados Unidos u ocupar algún cargo importante, algo que se desvaneció cuando asumió su condición sexual. Estábamos en el patio de la casa de mi viejo, tendríamos catorce o quince años, cuando me lo contó; Mariano, dijo seriamente (hasta para eso era tremendamente solemne) soy gay. No supe bien qué decir o qué cara poner, de todos modos algo venía imaginándome -todos sus relatos respecto a salidas con mujeres eran estrictamente platónicos-, y opté por el silencio. Seguido a eso me comentó su desilusión respecto a su carrera política -el sistema político norteamericano no acepta gays- dijo en forma neutral, como si estuviera hablando de botánica, botánica, o algo similar. 

Yo pensé que tomar consciencia de ello le haría cambiar la visión respecto de la hegemonía política de su país, como si de alguna manera -y como ingenuamente pensaba Foucault-, los relatos minoritarios tendieran a unificarse naturalmente cuestionando el orden general. Sin embargo, supo mantener aquello en una dimensión paralela, casi silenciosa, que poco o casi nada modificó lo otro, y tuvo que conformarse con apoyar al partido demócrata en asuntos legales (en ese momento estudiaba derecho en una universidad de Boston en la que su madre hacía grandes aportes). Hoy es fiscal general de no sé qué distrito.


Cuando se enteró que estaba viviendo en Los Ángeles pasó a buscarme por el hostel -tenía un Alpha Romeo color rojo descapotable de los ochenta- y me llevó al café Maurice. Éste era un lugar medio afrancesado sobre la Avenida Melrose, al borde de Beverly Hills. El salón era algo oscuro y rojizo a causa de unas lámparas con las pantallas de tela colorada.

Nos atendió una chica flaquita, de estatura media, y pelo corto. Me hizo acordar a Winona Ryder. Nos llevó a una mesa aislada, contra la pared. Seguramente pensó que éramos pareja.

-¿Qué te parece Los Ángeles?- me preguntó Eric. Yo había estado un par de veces antes, una cuando era chico, a los nueve o diez años, en la casa de un socio de mi viejo en el valle, Burbank. Me había comprado un skate y me despertaba apenas amanecía para poder tirarme por una barranca que desembocaba en un gran parque antes de que comenzaran a pasar autos. Mi imagen que me había quedado era la de un conjunto de calles entre las sierras. La siguiente fue en otro viaje que hizo mi viejo por trabajo y nos llevó a mi hermana y a mi, en el que recorrimos los parques de diversiones típicos: Disneylandia, Los Estudios Universales, etc. En ninguno de los dos viajes había visto el mar, por lo que la imagen que me había quedado era muy distinta a la que tenía ahora.
-Me gusta tener playa cerca- le respondí. Me miró como si hubiese cometido un perjuro o le estuviera hablando de la composición del suelo de Marte. Para Eric que el mar estuviera o no le daba completamente lo mismo, si hubiera podido transformar Los Ángeles en Londres o París, lo hubiese hecho sin remordimientos, peor que eso, consideraba la playa algo vulgar, reservada al ciudadano medio. Entrecerró los párpados y me miró seriamente, quizá esperando que le dijera que era un chiste o algo así. De alguna forma lo había decepcionado.
-¿No te gusta la playa?-.
-Tanta arena junta- respondió poniendo cara de asco.


Fijé la mirada sobre las paredes del café. Estaban tapizadas con una tela acolchada y oscura. Ayudadas por unas lámparas cubiertas con pantallas color vino daban a todo el lugar un color rojizo. Seguidamente bajé la vista, miré los zapatos de Eric -de un marrón claro similar al cuero de las sillas de montar- que sobresalían debajo de la mesa y su bastón con cabeza de pato apoyado contra la silla.

Se me vino a la mente la imagen de Morrison caminando descalzo junto a Ray Manzarek al rayo del sol.

-¿Te gustan Los Doors?- le pregunté.
-No los conozco- respondió -bueno, obviamente los conozco pero no los escuché demasiado-. Terminó de armar un cigarrillo y lo encendió. Abanicó la mano para apagar el fósforo. Dio una pitada honda y exhaló el humo apuntando la boca hacia arriba. Sus gestos eran algo sobreactuados. -¿Por qué me preguntás eso?-.
-Una asociación de ideas- respondí. Me miró desconfiado.

Nos quedamos en silencio. El murmullo del lugar se mezclaba con una música de fondo indistinguible, se escuchaba un saxo y de cuando un cuando un piano pero nada más. Winona se acercó con los platos. Era joven, sus ojos eran redondos y brillosos, como de manga.

-¿Te gusta?- me preguntó Eric.
-No me molestaría pasar una noche con ella- le dije. -¿A vos?-. Se rió, tenía una sonrisa muy ingenua que dejaba al descubierto unos dientes muy blancos y bien arreglados.
-A mí me gustan los hombres- respondió.

Se hizo otro silencio. Nuestros diálogos se entrecortaban constantemente, no llegaba a ser un silencio incómodo pero hacía que la conversación no avanzara naturalmente. Más allá de que nuestros padres fueran amigos, no había demasiado que nos ayudara a forjar una gran amistad. Teníamos intereses en común pero en él se me hacía todo algo impostado, su conducta estaba atravesada por una solemnidad exagerada que por momentos me resultaba chocante. Quizá en ello radicara su tendencia a justificar tan fácilmente el statu quo. Para mi la política es algo radical y -por ende- el pensar está inevitablemente relacionado a lo inestable, él era naturalmente conservador, más allá de sus tendencias sexuales, siempre manteniendo una ficción constructiva sobre algo que destruye inmanentemente. 

-¿Te acuerdas cuando te conté que era gay?-. La pregunta me causó cierta incomodidad. 
-Sí- respondí, me acordaba perfectamente aquella vez, casi en la puerta del patio de lo de mi viejo. Vivíamos en un departamento en una planta baja sobre la Avenida Libertador, era un patio escalonado, con una fuente que había hecho construir mi viejo y una serie de enredaderas que trepaban por las paredes laterales. Mi memoria es básicamente visual, y me resulta imposible recordar si no es a través de imágenes -¿Qué pasa con eso?-.
-Me hiciste sentir muy incómodo- me dijo. Era una mezcla de venganza y reproche -Te estaba contando algo importante y casi no le diste importancia-.
-Disculpá -le dije -no supe bien qué decir. No tenía el tema tan resuelto-. Era cierto, era el año noventa, Argentina, y aún tenía ciertos prejuicios con respecto a la homosexualidad. 

La situación volvió a tornarse incómoda. La moza se acercó nuevamente y nos preguntó si queríamos algún postre. Solo pedimos dos cafés. 

-Es realmente muy bonita- le dije a Eric, intentando cambiar el tema, sin embargo el comentario sonó algo extraño. No contestó. 

Pasaron algunos minutos sin que ninguno dejara nada. La moza volvió con los cafés y lo observé a Eric detenidamente tomando el asa de la taza con el dedo mayor y el pulgar. Algo en sus gestos no dejaban de causarme la impresión de estar actuados. Eché una nueva mirada al lugar, había algo que resultaba disruptivo; quizá la oscuridad, en Los Ángeles siempre pareciera ser todo demasiado claro. 

Imaginé nuevamente a Morrison deambulando por la playa con la arena quemante bajo sus pies. No era el estereotipo californiano, su música nada tenía que ver con el rock esterilizado de los Beach Boys, más bien estaba habitada por una sensación traumática. Sin embargo, su autenticidad hacía que la playa fuera su lugar como podía haberlo sido la montaña o cualquier otro paisaje.

-Vos vivís frente al mar- le dije. Su casa estaba sobre Pacific Palisades y tenía una pileta enorme desde la que podía divisarse todo el horizonte y parte de la playa de Malibu. 
-Mi mamá vive ahí, respondió. Se lo notaba algo herido por mi comentario -yo vivo en Boston- agregó. 
  

sábado, 16 de diciembre de 2017

9

Mientras Carmen me hablaba no podía dejar de mirar a la pareja en la mesa de al lado. Junto a ellos éramos los únicos en aquel lugar. El sol ya estaba a la mitad del horizonte, a punto de sumergirse. No se dijeron una sola palabra desde que llegaron, ambos estoicos, silenciosos, con sus anteojos negros apuntando hacia el mar. Ni siquiera creo que les interesara la puesta del sol, sino más bien les servía de excusa para no tener que dirigirse la palabra. De todos modos daba la impresión de que no las necesitaban, algo en ellos los conectaba naturalmente. Su sola presencia le daba a uno la sensación de estar frente a un suceso importante, cierto ímpetu, como si hubieran nacido para ser mirados. Ella mantenía las piernas cruzadas y su brazo izquierdo, apoyado sobre la palma de la mano derecha, sostenía un cigarrillo que no se consumía nunca del que ni siquiera pitaba. La ceniza tenía por lo menos cinco o seis centímetros de largo. Él estaba vestido con un pantalón blanco de lino y una camisa azul, en una de sus manos sostenía una lata de coca cola. Tenía el pelo lacio, por los hombros. Algo en sus semblantes me hacía envidiarlos.

-¿Quién era ese que vino hoy al restorán?- preguntó Carmen.
-¿Quién?- pregunté.
-Ese del Honda, sabes bien quién-.
-Ah, Julio, un amigo peruano- repondí. Julio era un limeño que vivía de los cheques de viajero. Uno los declaraba robados y él se encargaba de cambiar los cheques denunciados y compartía las gananacias. El negocio le permitía tener un buen pasar, acababa de comprarse el Honda Accord último modelo que había visto Carmen. Tenía el pelo castaño lacio y usaba un corte carré.
-Era raro-.
-¿Qué tenía de raro?-.
-Vamos- dijo Carmen -no sé, ese manejo que hicieron-. No tenía muchas ganas de estar ventilando el asunto y preferí cambiar de tema.
-Miralos- le dije en voz baja señalando a la pareja que teníamos al lado. Carmen frunció el ceño, algo molesta. -Parecen dos estatuas- insistí.
-¿No sabes quiénes son?- me reprochó finalmente, como si fuese una especie de analfabeto.
-¿Debería?-. Se rió. Por primera vez en toda la tarde vi sus pómulos ablandarse.
-Es Jodie Foster- dijo. Siempre me costó relacionar la cara con los nombres de los actores. Puedo relacionar los nombres y algunas películas o sus caras sin recordar sus nombres, las películas y algunos nombres sin sus caras, etc. Lo único que recordaba de Jodie Foster era que había trabajado en Taxi Driver junto a Robert Deniro pero era más bien el recuerdo borroso y desdibujado de una mujer mucho más joven acercándose a un taxista psicótico en una ciudad completamente diferente a Los Ángeles, por lo que ni siquiera el escenario me ayudaba. -Él es Randy Stone- dijo después.
-¿También debería conocerlo?- El nombre ni siquiera me sonaba conocido. Carmen volvió a reírse.

Del sol apenas quedaba un resquicio lumínico color cobre al borde del agua que no tardó más de cinco minutos en desaparecer. La moza se acercó a preguntarnos si queríamos algo más, pedimos otro café. A ellos no les dirigió la palabra, era como si tuviesen un cartel en su mesa que decía no molestar, a nadie se le hubiese ocurrido hacerlo. -Vienen siempre- dijo después, casi en secreto y sin que le preguntáramos, con cierto aire de cholulismo. -Son Judie Foster y Randi Stone- .

-Acá todos quieren ser actores- dijo Carmen una vez que se fue, -así es imposible, joder-. No supe si lo decía en serio o era una broma.
-¿Será que ya nacen así?- le dije, y levanté la frente intentando imitarlos. Me sentí un idiota. Me era imposible evitar mirarlos, lo que más llamaba mi atención seguía siendo su semblante. Carmen se rió.
-¿Y, qué no me vais a contar?- dijo y apoyó el mentó sobre la palma de una de sus manos acodada sobre la mesa.
-¿Qué querés que te cuente?- respondí.
-Qué bien te haces el tonto, sobre ese tío-. No respondí.

Se hizo un silencio. Mi negativa la puso nuevamente molesta y sus pómulos volvieron a endurecerse. El sol desapareció por completo y ya mirábamos el mar sólo por una cuestión de inercia. El cielo había comenzado a oscurecerse y ya habían salido algunas estrellas. Jodie Foster movió el brazo para acercarse el cigarrillo a la boca, fue un movimiento repentino, en cámara lenta y totalmente sorpresino, casi reverencial, que marcó un antes y un después y me hizo sentir el Homero de Borges frente al abismo al producirse la llovizna.

-Sé lo que estás pensando- dijo Carmen. Sus pupilas eran enormes, quizá dos veces el tamaño de lo normal. Resaltaban entre sus iris azules.
-¿Qué estoy pensando?- le pregunté.
-Yo sé- dijo, jugando, y se quedó callada, siguió acariciando mi brazo. Movió su mano más arriba, recorriendo mi brazo hasta meterla debajo de la manga de mi remera. -¿Querés que te muestre mis dibujos?- dijo después. Saltaba de un tema a otro sin intervalos.
-¿Te parece?-. Sin dudas no era la respuesta que esperaba. Abrió más sus ojos.

-¿Por qué no?-.

sábado, 9 de diciembre de 2017


-¿Cuando soy yo?- me pregunta.
-¿Cómo?-.
-Claro, es decir, siempre soy yo...- me mira y levanta las cejas, dubitativa -soy yo con diferentes procesos, pero...-. Se lleva una mano a la boca, luego a la cabeza y comienza a enrollar un mechón de pelo entre los dedos. Sus ojos se humedecen.
-¿Pero qué?-.
-Hoy no me importaría morirme- dice repentinamente. Enseguida se avergüenza, quizás a causa de mi gesto. -No es que me vaya a matar, ni que me quiera matar ni nada parecido, eh- dice intentando ahorrarme las preocupaciones. -Sólo eso, que me da igual, podría estar o no... quizá morirse no sea tan malo-.
-¿Estás bien?-.
-La verdad que no, en realidad no sabía que estaba así hasta ahora que...-.
-¿Qué...?-. De la misma forma que un muro de concreto ante el desborde de un río y la presión del agua comienza a agrietarse y termina cediendo, sus ojos comienzan a enrojecerse hasta transformarse en un llanto incontenible que culmina en un mar de lágrimas. Verla de ese modo me hace sentir algo incómodo, no sé bien cómo reaccionar ante estos casos. Siento que debo abrazarla pero no puedo, en lugar de eso le pongo una mano en el hombro y lo acaricio con el dedo pulgar. -Disculpá- dice -no sé qué me pasa-.
-No tenés que disculparte-.
-Ya sé, es que a veces siento que todo se me viene abajo...-.

Trato de buscar una servilleta o algo que funcione como un pañuelo y tengo que pedirle a la moza. La mesa está casi vacía a no ser por los dos pocillos de café, me resulta extraño que en un lugar semejante las mesas se encuentren tan despojadas. Apenas el lustre del roble y el recipiente con los sobres de azúcar. Quizá sea una forma de dar cuenta de que no hace falta más. El lugar es maravilloso, puede observarse la costa recortada por los acantilados desde Malibu hacia el sur. Son casi las ocho y falta poco para la puesta del sol.

-¿Te gusta el lugar?- me pregunta.
-Es increíble-.

Ella lo eligió, queda entre el mar y la Pacific Coast, adonde termina el Sunset Boulevard. Es otro de esos lugares algo escondidos que tiene Los Ángeles.

-Acá tienen- dice la moza, alcanzándonos la servilleta. Es Argentina, cruzamos miradas como diciéndonos somos paisanos o algo así. De no ser por el llanto de Carmen y lo incómodo de la situación posiblemente nos preguntaríamos de qué barrio somos y cosas por el estilo, es claramente porteña, igual que yo.  

Carmen se limpia los ojos. Es española, estudió actuación en Madrid y también trabaja en el Gaucho Grill, un par de días a la semana. Forma parte del contingente que se instala en Los Ángeles a la espera del llamado milagroso de algún casting que les abra las puertas de la fama, y finalmente terminan trabajando de mozos, baby sitters, etc.

-Perdóname- dice una vez más y saca un delineador y un espejo de la cartera. Aquel gesto me resulta extraño en ella. -No lo esperabas, eh- dice al notar mi sorpresa, esboza una sonrisa. -Bueno, que también soy una mujer-.

El sol se encuentra justo encima del horizonte, a punto de ser tragado por el mar. Al lado nuestro hay una pareja de gringos, ella sostiene un cigarrillo en su mano izquierda, sus dedos son largos y huesudos, su rostro me resulta familiar, pero no puedo adivinar de donde, posiblemente sea una actriz. Ambos usan lentes oscuros. Comienza a soplar algo de viento y mi piel se tensa. Carmen apoya su mano sobre mi brazo y lo acaricia.

-¿Tienes frío?-.
-Un poco- le digo.
-Lo bueno del frío es que nos hace sentir que estamos vivos- dice. De no ser porque sus ojos aún se mantienen algo colorados, apenas quedan rastros de su llanto. -Acá estamos todos solos y no podemos darnos el lujo de dejarnos caer- dice. Sus palabras me causan cierto escalofrío. Se me viene a la mente la imagen de un trapecista haciendo figuras en la altura sin red debajo. -Sé lo que estás pensando- dice. Sus pupilas son enormes, quizá dos veces el tamaño de lo normal. Resaltan entre sus iris azules.
-¿Qué estoy pensando?- le pregunto.
-Yo sé- dice, jugando, y se queda callada, sigue acariciando mi brazo. Mueve su mano más arriba, recorre mi brazo y la mete debajo de la manga de mi remera. -¿Querés que te muestre mis dibujos?- dice después. Salta de un tema a otro sin intervalos.
-¿Te parece?- le respondo. Sin dudas no es la respuesta que espera. Abre más sus ojos.
-¿Por qué no?-.
-No sé, es algo comprometido-. Cuando alguien te muestra su obra espera inevitablemente una respuesta, y no es una situación que me produzca demasiado placer. 
-Si no te gusta me dices, no me ofendo-. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Guitarra




Abandonó el campo y empezó a correr 
por le caminito de cemento y 
siguió corriendo hasta que se perdió de vista. 
J. Salinger.




-Acá está- me dijo, y me dio la guitarra toda empastada en una especie de brea que había utilizado para cubrir los agujeros. Para disimular los golpes se había tomado el atrevimiento de dibujarle una iguana y unos motivos tribales casi al borde inferior de la caja. Aún recuerdo el destello de sus ojos. Se lo notaba orgulloso, como si me estuviera entregando una obra de arte, faltaba que la firmara. Era inglés -no recuerdo su nombre, pongamos que era John-, y por alguna razón el resto de los ingleses que se habían amotinado en una habitación del hostal que no pagaban hacía tres meses, lo habían tomado de punto. Su rostro era más bien redondo, sus ojos marrones y unos pelos rubios enrulados le salían descontrolados hacia ambos extremos de la cabeza. En el centro era calvo. Tenía una mirada ingenua y la sonrisa tonta del que se ríe sin motivo. -¿Está bien, no?- preguntó. Yo no lo podía creer.

La guitarra ni siquiera era mía. Era mexicana -la marca era Jom-, me la había prestado Ana María -la novia de mi viejo-, que la había heredado de su padre o de su abuelo, por lo que su valor no solo era económico sino sentimental. John me la pidió para pasar el rato mientras cubría su turno en la recepción del hostal -una mesa sucia que siempre estaba llena de comida y cerveza- con un anotador en el que se registraba a la gente que se hospedaba. Primero me negué, "las guitarras no se prestan", pero ante su insistencia y mi constante temor a ser mal mirado -o ser mirado como un egoísta-, se la dejé.

-Cuando vuelvo me la devolvés- le dije.


Coincidió con el desfile de Ulises. Lo pasé a buscar a Pablo a eso de las seis -ese día tenía franco- y fuimos hasta el local de Loesha en Beverly Hills. Todo el camino lo pasé pensando en la guitarra, como si intuyese que algo iba a sucederle. -No te preocupes- me dijo Pablo cuando se lo comenté -que es solo una guitarra, y no le va a pasar nada-.

Al llegar a Beverly Hils ya estaba oscureciendo. El local quedaba en una galería, la puerta era de vidrio y estaba empañada a causa del monóxido de carbono. Rebalsaba de gente y apenas podíamos movernos. Sonaba música tecno y estaba oscuro, sólo unos reflectores apuntando hacia la pasarela y unas luces psicodélicas que trepaban por las paredes como puntitos de colores. Estaba tan lleno de humo que apenas se podía respirar. Todos vestían glamorosamente, aunque sin demasiado estilo, no hay mayor mentira que la supuesta frescura con la que se pinta Los Ángeles: la mayoría en lo único que piensa es en plata y de acuerdo a lo que tengas es lo que vales. Era más que obvio que ahí no encajábamos (ciertamente no encajábamos en ninguna parte), Pablo con los pelos largos y disparados para todos lados, unos jeans celestes apretados y una camisa leñadora, parecía un rockero recién llegado de Woodstock, y yo una mezcla entre un surfista y un barbudo latinoamericano. Posiblemente lo más extraño de todo fuera la combinación entre ambos.

Llegamos justo en el momento en que Ulises cerraba el desfile vestido con unas bermudas y una camisa abierta que dejaba al descubierto sus abdominales. Una vez en el extremo de la pasarela debía pararse frente al público y decir aquello de i´mucho macho. Era el toque exótico que había planeado su novia y no nos lo queríamos perder por nada del mundo. Como era previsible, simplemente pasó, se paró canchero frente al público, y nunca dijo nada.

Cuando terminó el desfile lo fuimos a buscar y lo encontramos discutiendo con Loesha (a la que no le había gustado que obviara su toque y ya se la notaba un poco cansada de sus actitudes -lo del macho latino dura lo mismo que la novedad-) por lo que apenas nos llevó el apunte.

-¡Hey tío que yo pagué mi entrada y no te vi actuar!- le dijo Pablo en tono de broma.
-Después los veo- nos dijo Ulises secamente y desapareció junto a Loesha detrás de una puerta que daría a alguna clase de vestidores.
-Estos se van a terminar matando- me dijo Pablo riéndose. Cuando Pablo se reía abría los labios y dejaba sus dientes juntos, lo que resultaba muy gracioso.
-Vamos al café Maurice- le dije.

El café Maurice era un lugar medio afrancesado sobre la Avenida Melrose, al borde de Beverly Hills. El salón era algo oscuro y rojizo a causa de unas lámparas con las pantallas de tela coloradas y un deck que daba a la calle. Yo lo conocía gracias a Eric, que me había llevado un par de veces. Se comía bien y había un ambiente algo snob, pseudointelectual, para el que Eric era perfecto pero en el que Pablo definitivamente no encajaba. No estuvimos más de diez minutos y terminamos tomando unas cervezas en el auto. Luego lo llevé hasta su casa.

Cuando volví John aún cumplía su turno frente al recibidor que estaba justo en la desembocadura de la escalera (el hostal estaba en un primer piso), de modo que uno subía y lo primero que veía era su cara. Curiosamente, el salón lateral estaba vacío y oscuro, en todo el hostal había un silencio sepulcral. Al verme abrió la boca, sorprendido, y levantó las cejas, su rostro era fácilmente previsible. -Hola- dijo y me sirvió para advertir que algo había pasado. Cuando uno vive en un hostal junto a otras personas cada vez que se cruza con éstas se habla como si se hubiera visto cinco minutos antes, nunca nadie dice hola.

-¿La guitarra?- pregunté. Abrió la boca como si fuese a decir algo pero se quedó un silencio. -¿La guitarra?- tuve que repetirle.
-Desapareció- dijo, nervioso, casi tartamudeando. Las palabras que usó fueron, It must have desappeared, lo que lo tornaba más extraño.
-¿Cómo debe haber desaparecido?- le pregunté en español, cuando me enojo o me pongo nervioso me cuesta hablar en inglés. Su cara fue de completo desconcierto. Tuve que repetírselo en inglés. Al parecer dejó la recepción unos minutos para ir a la cocina y en ese lapso alguien se la llevó.
-Fueron sólo unos minutos- dijo -te lo juro- como si me importaran sus explicaciones. Sospechaba de los ingleses que se habían amotinado, de uno en particular: su nombre era William (pongamos), también rubio, tenía unos ojos celestes con un fulgor extraño y usaba un pañuelo rojo en la cabeza que ayudaba a resaltarlos. Era raquítico y caminaba algo encorvado. Cada vez que lo veía no podía dejar de asociarlo a los viejos piratas que recorrían el caribe. Su gesto era sagaz, medio perverso, era difícil no desconfiar. -Debe haber sido William- dijo, rascándose la nuca. Parecía un chico al que sus compañeros de colegio lo toman de punto y decide ir a quejarse con el director. Lo miré fijo, no puede ser más estúpido, pensé.
-A mí no me importa si fue William o cualquier otro, ni los problemas que tengan entre ustedes- le dije -yo te presté la guitarra así que conseguila o conseguime otra que pase por la misma-. John volvió a rascarse la nuca, era obvio que en su juventud habría sufrido bullying, pensé.

La imagen de Ulises con la camisa abierta al frente de la pasarela cruzó por mi cabeza. Cuando las cosas se me complican tiendo a esconderme tras alguna imagen extrapolada, como si eso me permitiera viajar o abstraerme de la situación. A eso siguieron Ulises y Loesha y sus miradas resentidas entrecruzándose antes de entrar a los vestidores, y las palabras posteriores de Pablo, éstos se van a terminar matando. Quizá ella ya esté muerta, pensé, y no pude evitar una sonrisa que produjo un nuevo desconcierto en el inglés que me miraba sin terminar de entender. Luego visualicé el interior rojizo -a causa de las lámparas y el decorado rococó de sus paredes- del café Maurice. Lo que más me preocupaba era lo qué iba a decirle a la novia de mi viejo cuando me pidiera la guitarra de su abuelo.

-La guitarra no era mía John- le dije -así que mejor que la encuentres-.
-Está bien- respondió. La única esperanza era que William o quien fuera todavía la tuviera adentro del hostal.


Dos días más tarde apareció con la guitarra, su cara de felicidad no podía ser mayor. -Tomá- dijo -la encontré en la rambla-. Era impensado que una guitarra robada pudiera aparecer así como así en algún lugar de Venice. Estaba toda golpeada, parte de la tapa de la caja estaba saltada y tenía un agujero en uno de los laterales, sin embargo la cara de John era la de quien hubiera realizado una proeza. Me costaba entender cómo alguien con semejante torpeza podía desenvolverse en este mundo. -¿Me la pensás dar así?- le pregunté. Mi respuesta fue como un cross a la mandíbula que le borró la sonrisa de manera fulminante Era tan idiota que esperaba que me pusiera feliz, y hasta me hizo sentir culpable. ¿No ves cómo está?- le dije. Estiró el brazo y separó la guitarra de su cuerpo, dio la impresión de que necesitaba tomar cierta perspectiva para poder mirarla íntegramente. Entonces actuó como si recién notara que la guitarra estaba parcialmente destruida.

-Ok, I can fix it- dijo.
-Arreglala entonces- le dije, completamente desconfiado de que pudiera hacerlo.


Por esos días Pablo se había separado y Ulises y yo nos mudamos junto con él al Morrison Building. Solo pasaba por el hostal para ver qué había hecho John con la guitarra. -Ya casi, ya casi- decía cada vez que me veía, y por momentos me encendía alguna ilusión de poder recuperarla. -Acá está- me dijo uno de esos días, orgulloso, y me dio la guitarra toda empastada con esa especie de caucho que más parecía brea otra cosa. Ya estaba resignado y si siquiera le reclamé, ese era su límite, además no sé si había mucho más por hacer.

-Muy bien, John- le dije -deberías dedicarte a esto-.
-Gracias- dijo, con su eterna sonrisa, sin comprender la ironía. Faltaba que me quisiera cobrar.

Salí del hostal con la guitarra y caminé un rato por la rambla. Era Sábado y estaba plagada de artistas callejeros y turistas que se paraban a verlos realizar sus proezas. Mientras miraba a un tipo haciendo malabares con tres sierras eléctricas encendidas pensaba qué excusa le iba a dar a Ana María cuando la quisiera de vuelta; no se la podía dar como estaba y tampoco podía decirle que se la presté a un idiota al que se la robaron. Eran ya las seis de la tarde y el mar estaba algo bravo, había pocas olas y mal formadas. Se sentía una brisa fresca, era invierno y la temperatura por la tarde baja bastante. Me dieron ganas de destruir la guitarra contra algún poste de luz.


Pablo y Ulises conversaban sentados sobre unos almohadones en el piso, la alfombra estaba regada de cenizas y quedaban cuatro cervezas de un six pack. Pablo estaba vestido con camisa y corbata.

-¡Qué estás chulo eh!- le dije en broma.
-Es para no dar ventaja respondió-.
-¡A ver cómo quedó!- me preguntó Ulises algo exaltado al verme llegar con la guitarra. Se la mostré y ambos estallaron en una carcajada. Lo que más les llamó la atención era la iguana en el extremo inferior.
-Es su toque- dijo Pablo en referencia al inglés -¡Este tipo es un genio!-.
-Estuvo en la selva- dijo Ulises -debe ser amigo de Tarzán- Volvieron a reírse.
-¿Y qué le vas a decir a la novia de tu viejo?- Me preguntó Pablo, ya algo más serio.
-Voy a tener que buscar por las casas de empeño a ver si consigo alguna de la misma marca- respondí.
-¡Ostia! Toma- dijo Pablo, alcanzándome una lata de cerveza. En ese departamento todo se arreglaba con cerveza.
-Decile que...- dijo Ulises, e hizo una pausa -...que estuviste en la selva y se llenó de bichos-.
-¡El menda debe ser amigo de Tarzán!-. Volvieron a estallar de risa. Tomaban y se reían, era un acto casi mecánico, no podían evitarlo. Era casi imposible que se tomaran algo seriamente.

Pablo prendió el tocadiscos y comenzó a sonar el disco IV de Led Zeppelin. La mayoría de los discos en el departamento eran suyos y en general eran de Santana, Frank Zappa o de Led Zeppelin, quizás alguno de Jimmy Hendrix. Prendimos un porro y se produjo un silencio que dejó escuchar la voz chillona de Robert Plant intercalada con la guitarra de Jimmy Page. Más allá de sus estallidos de risa, la cara de Ulises estaba especialmente contraída, tenía un aspecto sombrío que no era habitual en él. Pasaron dos temas más (Rock and roll y The battle of evermore) sin que nadie dijera una palabra. Cuando comenzaba el cuarto Pablo apagó el tocadiscos.

-Este ya me hartó- dijo. Dio la última pitada y se metió la camisa adentro del pantalón. -Bueno, me tengo que ir a trabajar. Mas tarde nos vemos- dijo cuando ya estaba en la puerta.
-¿Qué pasó con Loesha?- le pregunté a Ulises una vez que nos quedamos solos.

De su sonrisa anterior ya no quedaban rastros. Dejó pasar unos segundos. Ninguno había prendido la luz y afuera ya se había hecho de noche, por lo que estábamos casi a oscuras. Finalmente juntó los labios y levantó las cejas, su gesto daba cuenta de cierta resignación.