viernes, 17 de febrero de 2017

Lechuza

Entonces adoptó una Lechuza de campanario (Tyto Alba, en términos científicos). Era manca. La dejó un hombre en la guardia del hospital-escuela de animales de La plata. Según su relato, la encontró maltratada en una zanja y se le ocurrió traerla. -A lo mejor pueden hacer algo- dijo, y se fue, creyendo que eso era una institución de beneficencia y no un hospital. Una de sus alas estaba tan infectada y maltrecha que habían tenido que amputársela. -No hay manera de salvársela- dijo uno de los veterinarios. A ella (que trabajaba en la recepción) le dio pena, quizá se sintió identificada -todavía tenía su brazo vendado a causa de una quemazón de segundo grado que sufrió con una jarra de café hirviendo-. Ambas mancas, ella y su lechuza. -Mirá que te llevás un problema, ésta no vuela más- le dijo el veterinario-. No le importó. -Es un acto de amor- me dijo -qué iban a hacer si no con la pobre-, y la dejó en una caja en el jardín. 

Yo no lo podía creer, como si no tuviera ya demasiados problemas como para estar cuidando un búho manco, dependiente, que aún estaba con antibióticos, y para peor, que no dejaba que nadie se le acercara sin darle un picotazo. Es sabido la potencia que tiene la mordida de aquellas aves, capaz de desgarrar un dedo o atravesar la piel humana y enterrarse hasta el hueso. 

-Siempre me gustaron los búhos- me dijo -cuando era chiquita tenía un montón de animales en mi casa. Qué se yo- dijo luego, levantando sus hombros, como un signo de sinceramiento, -después de todo siempre termino metiéndome en cosas raras-. Podía notarse la caja vibrar a causa de los golpes que se daba la lechuza contra las paredes de cartón corrugado, intentando escapar, algo que le resultaba imposible al no poder volar. A la vez hacía ese sonido gutural que hacen las lechuzas, algo infernal, que sacan quién sabe de dónde. Sus ojos parecían echar llamas, al verla uno podía adivinar cierta furia mezclada con impotencia. -La deben haber maltratado mucho- volvió a decirme, mientras se ponía unos guantes de tela para darle de comer -¿no es simpática? 

A mi me parecía cualquier cosa menos simpática, nunca me gustaron demasiado los animales, y esta lechuza, tullida y sin un ala, ni siquiera guardaba una belleza estética que la hiciera simpática. Más bien semejaba alguna clase de roedor -una rata con plumas o algo así-, y para peor, tan furioso que me daban ganas de golpearla. -No, no me gusta ni me parece simpática- le dije -y tené cuidado porque te va a sacar un dedo. Se nota que es mala-. -Vos sos malo- me dijo, riéndose, creyendo que le hablaba en broma. Esa noche íbamos a salir y no lo hicimos por aquel búho que necesitaba su cuidado. 

Me fui a casa con algo de bronca, -¡a quién carajo se le ocurre adoptar una lechuza manca!- murmuré sin que me oyera. -No te preocupes, amor- dijo, adivinando mis pensamientos -salimos mañana, ¿sí?-. E hizo un gesto levantando las cejas que la hizo ver muy hermosa. -Está bien- le dije, -mañana te llamo-. 


La lechuza no duró mucho más, estaba demasiado maltrecha. -Se murió- me dijo al día siguiente, cuando pasé a buscarla. Tenía los ojos brillosos, como si se estuviera aguantando alguna lágrima. -Apareció muerta adentro de la caja- dijo después sin que le preguntara y me la mostró. Estaba tiesa, tan dura que parecía embalsamada. Se me ocurrió que podía quedar en algún estante de adorno, se lo dije. -No digas tonterías- me respondió. 

Se puso los guantes y la tomó entre sus manos. Se quedó observándola unos segundos, como si la estuviera velando. El búho tenía los ojos totalmente abiertos y parecía que le iban a saltar. -¿Parece que todavía mirara, no?- dijo -¿me traerías la pala? Está ahí en el depósito- y señaló el cuarto pequeño al fondo del jardín. Tenía una camisa color azul marino, cuando me fui me dio la impresión de que se refregaba la cara con las mangas, y al volver pude notar los bordes de sus ojos colorados como si finalmente hubiera llorado. Luego hizo un pozo (no me dejó ayudarla, -la lechuza era mala-, me dijo, irónicamente), la enterró contra uno de los ángulos del patio y le puso una piedra encima a modo de lápida. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Suerte


-Te mereces todo lo bueno que te pase y más- le digo al escuchar sus palabras. Está sentada mirándome, con esos ojos negros en una de las sillas del comedor. Me detengo en sus pupilas, pueden dilatarse y contraerse en cuestión de segundos.
-Y sí, me considero una persona con suerte-. 

Diez minutos atrás me cuenta los episodios más negros que puede vivir una persona, desde la entrada en un coma que le duró una semana hasta un disparo de su propio padre que le rozó la cabeza. 

-Mi viejo tomaba y le pegaba a mi vieja- dice -yo me quise interponer y por poco me mata-. Aún así se considera afortunada, y eso me conmueve. Entonces se le digo y me arrodillo a sus pies, y la miro fijo, desde abajo, tomándole la mano. Se sorprende, apenas me conoce.

-Estás loco- dice, abriendo los ojos, sin terminar de comprender. Sus pupilas vuelven a dilatarse. -Me desconcertás-.
-No te preocupes- le digo -es una escena de un cuento de Carver, alguna vez quería reproducirla-. 

Por mi cabeza pasan infinidad de imágenes, pero se queda aquella escena, él arrodillado frente a su exmujer, tomándole el vestido, o la blusa, ya no recuerdo, rozándola entre su dedo índice y el pulgar, bajo su mirada atenta, compadeciente. Sin decir nada. `Vamos, ya está, te perdono, le dice, ella, vamos, ya, levántate`. Algo en todo aquello me parece asombroso, al igual que su optimismo, tan ajeno a todo lo que conocí hasta ahora. 

-Yo los perdoné- dice, -y eso me permitió ser feliz, me trajo paz-. 

Se hace un silencio. Continúo así, con mi rostro a la altura de sus rodillas, mi cara casi metida entre sus piernas. Tiene unas unas piernas hermosas, largas y musculosas, color café. 

-Bueno, estoy un poco loco, ya lo sabés- le digo -y vos tampoco estás tan cuerda...-.
-No, ya lo sé-.

Me sigue mirando con sus ojos negros, siempre negros. Los abre, enormes, y se ven aún más negros, rodeado por sus cabellos. 

-Sí, tengo suerte- repite- tengo suerte ¿y qué?-.
-¡Qué suerte!- le digo, siempre con mi cabeza metida entre sus piernas, acariciando su vestido y mirándola desde abajo. Me recuerda a Mónica Bellucci.
-¿Qué cosa?- pregunta.
-Eso, pensar así, quizás sea ahí donde empieza la suerte-. 

Vuelve a abrir sus ojos, intensos. Tiene un lunar justo encima del ojo izquierdo, entre el ojo y la ceja. Creo que no me entiende, sin embargo sonríe, y me muestra unos dientes algo desordenados. 

-Me desconcertás- repite.
-Ya te dije, es solo una escena de Carver-.
-¿Quién es Carver?- pregunta, con algo de vergüenza. 
-Un escritor norteamericano, de la generación Beat-.
-Ah- dice, sin animarse a preguntar más. Junta sus manos y las pone sobre mi cabeza, con cierta aprehensión. La escena se parece aún más a la del relato. -Soy algo bruta, no leí mucho, no tanto como vos-.

Se hace otro silencio. Ambos nos miramos, yo siempre desde abajo. Mi mente se abre el mil direcciones, intento evitarlo. Apoyo mis manos sobre sus rodillas, con mi dedo índice recorro una cicatriz que se extiende hacia su tibia. Hace un gesto con la boca, mordiéndose el labio inferior.

-¿Y qué pasa?- pregunta con cierta ingenuidad. 
-¿Qué pasa dónde?-.
-En la escena, después...-.
-No mucho- respondo -nada importante-. Pienso en aquel instante eterno, un estado de cosas que no puede cambiar. Ellos siempre en la misma situación, no importa cuán lejos estén o cuánto tiempo pase. -O sí, quizá la escena resuma todo el cuento- le digo -toda la relación entre ambos. Una relación eterna, no importa dónde estén cuando se encuentran todo continúa en el mismo lugar-. 
-Eterna- repite y hace nuevamente aquel gesto con el labio. 
-Hermoso-.
-¿Qué cosa?- dice.
-Ese gesto que haces, te hace aún más hermosa-. Sonríe y su piel se tiñe de rojo.

Vuelvo a rozar su cicatriz. Puedo sentir el relieve de su piel bajo mi dedo. 

-Un accidente- dice, sin que le pregunte nada. -Un accidente en moto, cuando era chica, con mi mejor amigo-.

Un viento frío se filtra por el ventanal, sus cabellos alcanzan a elevarse levemente. Pienso en la suerte, y en que debería estar en otro lugar. 

-¿Qué pensás?- pregunta.
-Nada-. 
-¿Alguna vez me vas a decir lo que pensás?-. Miro sus ojos, cambian del negro intenso al color miel con facilidad. Guardan cierta ingenuidad. Quizás sea eso lo que le permite sobrellevar toda su carga.
-Alguna vez- respondo. 

Mi respuesta no le alcanza. Hace otro gesto, esta vez levanta las cejas, desvía su mirada por la ventana y echa un suspiro. Luego apoya sus manos nuevamente en mi cabeza y la rodea bajando hasta mi rostro. Acaricia mis mejillas, me toma del mentón y me hace mirarla. 

-Parezco, pero no soy- dice, con voz suave, apenas perceptible. 
-¿Qué?-.
-No te hagas- y repite lo mismo. -Parezco, pero no soy-.

El viento hace que sus cabellos vuelen una vez más, y se posen sobre su rostro, enmarcando sus ojos, que vuelven a aquel negro intenso primigenio. Es muy hermosa, pienso.

-La suerte la genera uno- me dice, siempre suave. Su iris se dilata y descubro una profundidad que antes no había notado. 

 

domingo, 5 de febrero de 2017

Asesino frustrado



Desperté como si hubiesen pasado meses, fue una noche eterna. Para peor, el tiempo en Buenos Aires había mutado drásticamente -de un calor sofocante típico de Febrero, amaneció con una mañana otoñal con bajas temperaturas, robada a Abril o Mayo- y eso reforzaba la sensación. Fue como despertar en otra época o luego de un coma, la distancia y el tiempo son cosas tan circunstanciales que a veces uno no sabe cómo medirlos. La sensación no era nueva, era como si mi cabeza se estuviera comprimiendo o mi cerebro estuviera en expansión, probablemente producto de una neurosis galopante. Desde que Woody Allen pasó de moda, hablar de las propias neurosis pareciera ser algo pretencioso -de todos modos no sabría cómo nombrarlo de otra manera-.


Se suponía que yo despertaría con la sensación de haber matado a la vieja usurera, lo tenía todo más o menos proyectado. Más que el despertar de un sueño sería tomar consciencia luego de un desmayo o una pesadilla, y sentir aquel arrepentimiento atroz que te carcome las entrañas como hormigas endiabladas que lentamente se van esparciendo por el interior del cuerpo y te van sacando la piel a pequeños mordiscos. Entonces asumiría una identidad que no era mía, sería una especie de poseso por una novela escrita más de cien años atrás, todos me mirarían con la pena de quién no solo está alienado sino como a un asesino frustrado -nada peor que un asesino frustrado ya que deja demasiado al descubierto su cobardía-. La sospecha de ser y no ser al mismo tiempo iría haciendo mella y destruyendo una consciencia desdoblada, que me haría acabar caminando con las rodillas quebradas del que no tiene futuro y no se atreve a enfrentarse a un destino que ni siquiera es suyo. Caminaría rozando el suelo con los brazos.


Sin embargo, nada de eso sucedía y lo que iba a ser un cerebro a punto de estallar a causa de la culpa -imagen desde todo punto de vista grotesca- era uno partido al medio por la duda y por no saber qué decisiones tomar. Desde un punto de vista comercial eso es mucho peor que la tragedia de un asesino al que lo asedia un sentimiento de culpa que se supone universalista. De todos modos, no deja de ser más verosímil. Primero, porque más allá de las series de televisión y las novelas policiales, los asesinos no son una raza tan fácilmente dispuesta. Segundo, los asesinos en general son bastante cursis y sus crímenes carecen de grandes móviles: amor, dinero y venganza. Tercero, más allá de tener mala fama, las crisis existenciales son más comunes de lo que parecen.

Lo del asesino frustrado no estaba mal, más teniendo en cuenta la asunción de un papel que no era el suyo -o el mío-, identificándose con una novela tan famosa después de un sueño. Quizás habría que buscar alguna novela menos conocida, Crimen y castigo, se encuentra totalmente agotada leí hace un tiempo en una revista especializada en literatura, es como un trapo al que se escurre y ya no cae una sola gota. (Lo del trapo no estoy seguro de haberlo leído o inventármelo, pero fue la primera imagen que se construyó en mi mente). Es cierto que no faltan películas, libros, series de televisión, obras de teatro, dibujos, pinturas, etc., que la retoman, analizándola o reinterpretándola de mil maneras y se hace difícil encontrar un nuevo nudo. 

Mi personaje finalmente no escaparía a ello, quizás sus dilemas existenciales fueran más auténticos aunque menos comerciales. Después de todo la duda es la tragedia más intensa en la vida de un hombre. Despierto, mi cerebro estalla, mis manos tiemblan, una sensación de vacío en el pecho. Quizás las manos transpirando, la piel algo erizada, un dolor en el cuello, casi a la altura de la nuca, etc. Y una voz incesante que me empuja a ello todo el tiempo, sin tregua. Un dilema que ni Shakespeare tomó en cuenta, un dilema aún anterior al ser, ya que éste mismo se determina en sus decisiones. Ser o no ser, decidir o no decidir, que ya significa decidir. Me despierto y tengo la duda atravesada en el pecho, me despierto y ya no soy ese asesino que intentaba, atravesado por la personalidad de un personaje existencialista, centenario, famoso y trillado, y para peor, de una Rusia zarista, prerrevolucionaria. No puedo evitar pensar en Lenin, en Trosky y mucho menos en Stalin y su eterna paranoia. Quizás Stalin sea el personaje menos existencialista en la historia Rusa o Soviética, el no dudó un instante, era un deshacer y rehacer constante. Un exterminador. Trotsky su contracara, la imagen cristalina, casi inocente, muriendo pobre y olvidado, por la verdadera causa revolucionaria. 

Repentinamente me encuentro alejado, tanto de mi plan inicial como del segundo, ¿qué tiene que ver Stalin en todo esto? me pregunto o se pregunta el personaje, e intento asociar una serie de imágenes que van desde la cortina de hierro hasta el asesino frustrado o inactivo. Entonces se me viene a la cabeza una pesadilla. Mi viejo secuestra a la hija de mi profesor de piano, que apenas tiene ocho o nueve años, -¿qué haces?- le digo, y cuando voy a entregarla me apunta con un arma a la cabeza, -si decís algo te mato-, me dice. Me despierto agitado, transpirando. Sin embargo, mi temor no es por mi, sino por él. Yo puedo escapar a la situación, pero si lo dejo así, él se suicida, pienso, aunque ya no reconozco si es un pensamiento del sueño o posterior, retroactivo, una vez despierto. 

Una semana atrás mi profesor de piano me dijo que su hija estaba enferma, que eso les había impedido irse de vacaciones. C. me cuenta también que su viejo estuvo a punto de matarla con un arma, que hasta llegó a dispararle y el disparo rozó su cabeza. Intento encontrarle alguna lógica a todos estos elementos, el material onírico es tremendamente caprichoso. La culpa, el arma apuntando a la cabeza. El viaje trunco. Repentinamente vuelve Trotsky y el martillo destruyendo su cabeza. Por alguna razón se mezclan el exilio, la desaparición y todo ello me lleva al destierro y al olvido. Me pierdo en la maraña de signos-imágenes oníricas y se me ocurre que no debería haber dejado a mi psicoanalista, pero prefiero olvidar todo eso y volver a cuento potencial. 

Entonces ya no soy un asesino frustrado, ni un simple indeciso, mi neurosis tiene un plano definido, la duda radica en ese lugar: si me quedo me mata, si me voy con la hija de mi profesor de piano se mata él. Una paradoja absurda si la despojáramos de cualquier reminiscencia edípica -algo imposible en términos psicoanalíticos-.  ¿Matar  o morir? ¿Decidir? ¿Asesinar o ser destruido?

Pienso hasta dónde puede desarrollarse todo eso en un cuento que valga la pena. Son tres historias posibles, existenciales. La idea del asesino ruso encarnado en una Buenos Aires del tercer milenio no está mal, quizás debería profundizarla, plantear los nudos. Darle un aire nuevo, localizarla en esa Buenos Aires en extinción... 

Él despierta luego de una pesadilla, luego de "esa" pesadilla que resume todo su ser. Lo transforma, lo modifica íntegro, desatando impulsos hasta ahora escondidos. Quizá ya no fuera Raskolnikov, sino el mismo Stalin quién posee su alma. La resurrección de un Stalin motivado por el odio o el resentimiento. Un Stalin rústico y torpe, que sorpresivamente ha ido acumulando poder y para eso se encuentra dispuesto a eliminar a toda una generación de revolucionarios, a toda la generación leninista bajo la pena de traidores. Un Stalin que ha ido desarrollando métodos de tortura tan intensos y certeros que es capaz de hacer que el más fuerte de los hombres confiese tramas encubiertas e inverosímiles que sólo un pueblo sojuzgado y temeroso es capaz de creerse. 

Uno de sus brazos se encuentra entumecido, durmió con todo el peso de su cuerpo sobre el mismo y su sangre apenas circula. Se asusta al no sentirlo, corre al baño como un acto reflejo, sin siquiera saber por qué. Sin embargo, al mirarse al espejo nota su metamorfosis y se le pasa entumecimiento, se le pasa absolutamente todo, su mente sólo guarda lugar para la sorpresa, al verse reencarnado en de uno de los más grandes asesinos de la historia. Soy... Stalin! murmura para sí, casi en silencio y se ve envuelto en ese cuerpo eterno, aunque sus formas siguen siendo las mismas, sin embargo, sabe -quizás sus ojos guarden el secreto- que es el moscovita encarnado, puede sentir todo el peso de la historia rusa sobre sus hombros, e incluso los muertos que pesan sobre su espalda. Entonces puede sentir también el odio profundo hacia Trotsky, y los sentimientos más irascibles acuden a su mente, tramando el asesinato de sus hijas, de sus perros y de todo lo que pueda resultarle cercano. Un estremecimiento recorre su cuerpo y se aterra. Ser un asesino no es fácil. 


lunes, 30 de enero de 2017

su piel. su aliento. su flujo mientras me abro paso entre su carne. 
mi resistencia. mi erección. mi imposibilidad de negarla. 
su goce. su pelo cayendo encima mío. sus gritos sordos en medio de la noche. 
mi sed. mis ansias. mi deseo.
sus ríos.
mis contracciones.
su ímpetu.
mi violencia.
sus ojos negros. sus dientes blancos. su imagen como un transatlántico transitando en mi cabeza, rompiendo los hielos de la demencia. 
mis latidos, insistentes.
sus pezones férreos.
mi glande prepotente.
mi pene inflamado. mis estrías. mi sangre acumulada a punto de agrietarse y de explotar adentro suyo. 
su cuerpo. su respiración. su deseo. su corazón palpitante. 
mi lengua, mi saliva mezclándose en la suya.
su lengua enredándose en mi boca.
mi gemir.
el suyo.
mi esperma brotando hirviendo, con ganas de quemarla.
su goce. sus ansias. sus labios bebiendo el ciceón.
mis ganas de llenarla.
su piel. 
mis anhelos.
sus párpados cerrándose, sus iris dilatados. sus músculos contrayéndose a la altura de su pecho.
mis brazos amarrándola.
su pecho sosteniéndome.
el éxtasis. la plenitud. la insensatez.
los cuerpos. la noche. la locura.

domingo, 15 de enero de 2017

Cigarrillo

-¿Qué tango es?- pregunta. 

Más de uno se da vuelta al verlo entrar. Su rostro es alargado y una infinidad de arrugas -firmes, rígidas, casi eternas-, lo cruzan íntegro. Es difícil imaginar aquel rostro sin arrugas, es como si hubiera nacido con éstas. Su dureza aparente contrasta con un gesto blando y tierno que surge esporádico.

-¡Qué elegante!- le dice Patricia. Tiene una camisa celeste, con varios pliegues, metida adentro del pantalón. Es delgado, mide alrededor de un metro setenta y más allá de sus setenta y largos años sus movimientos son tan dinámicos como los de un joven.
-¿Qué tango es?- vuelve a preguntar, sin dar importancia al comentario. 
-El segundo recién- responde Patricia -¿qué tal lo pasaste en las fiestas?-.
-No hice nada- cambia el gesto, mira hacia el suelo y levanta las cejas. Sus ojos son cenicientos, algo melancólicos. -Me tomé una pastilla y me fui a dormir-. Se hace un silencio incómodo, dura dos o tres segundos. Patricia quiere preguntar pero se siente incómoda -hace poco se murió mi mamá- responde él sin esperar y se adelanta hacia el salón.

Camina hasta su mesa, frente a la pista. Lo saludan, se alegran de verlo. El Flaco es conocido en el ámbito milonguero. Pasa una tanda, la siguiente. La noche se alarga, su copa se llena varias veces. Sus pómulos se van enrojeciendo y su vida entera se cuela en cada tango. 

-¿No bailas?- pregunta Tito, uno de sus compañeros de mesa. 
-Sólo bailo para olvidar- responde. 

Lo miran desconcertados y se entrecruzan miradas. Su hermano hace un gesto cómplice con el resto, llevándose el dedo a la cien. -¡A éste que le pasa!-. Todos se ríen.

Los recuerdos lo envuelven; una cárcel, París, su juventud, una Buenos Aires que ya no existe, una mujer... principalmente una mujer. Vuelve a llenar su copa, vacias veces. Deja pasar la tanda de Di Sarli, vuelven a mirarlo, extrañados, pero ya no preguntan. Luego la de Lomuto. No hay caso, murmura y camina hasta el baño. Mientras atraviesa el pasillo choca con la moza a la que casi hace perder el equilibrio y tirar lo que lleva en en la bandeja. 

-Piba hay que mirar- le dice a lo que ella le devuelve una mirada desconcertada. Si fuiste vos quién me llevó puesta. Ella lo piensa, pero se aguanta.


Prende un cigarrillo mientras se mira al espejo. ¡La próxima te echo! Daniel ya le adviertió varias veces, pero no le importa. Podría salir a fumar afuera, pero prefiere hacerlo en el baño. A lo mejor sea la conexión con el espejo mientras fuma lo que le atrae. Se mira vacias veces. Si sos un pibe, murmura. No puede dejar de pensarla. 

Entra alguien, se para frente al mingitorio.

-¿Qué tango es?- pregunta.
-El segundo, creo-.
-Al final siempre es el mismo tango- responde. 
-¿Te pasa algo Flaco, te noto apagado?-.
-Es el recuerdo que no me deja en paz-. Lo dice medio jugando, es un decir acompasado, casi tanguero. 
-¿Qué recuerdo?-.
-No importa, olvidate-. El otro lo mira, sin decir nada, mientras se arregla el cierre del pantalón. 


Recuerda el último tango que bailaron, su mano acariciando su espalda, sus ojos felices, mientras sus miradas se cruzaban. Su pelo cayendo sobre sus hombros, su sonrisa, sus dientes. Siempre sus dientes, había algo en esos dientes que lo atraían. Pasa su mano por la nariz y prende otro cigarrillo, casi por inercia. Ricardo puede abrir la puerta del baño en cualquier momento, la última vez se puso hecho un loco. ¡Te vas! escucha esa voz que le dice, no te podes quedar acá. Escucha cientos de voces en su cabeza. 

Una vez más aquel rostro, ya no lo aguanta, no sabe qué hacer. El espejo le devuelve algo que nunca vio. Un reflejo en sus ojos o una arruga nueva. Ni siquiera puede descubrir lo qué es, pero no lo había visto antes. Se amarga, echa un suspiro.

-El último- dice en voz alta, mientras prende un nuevo cigarrillo. Hace un gesto con el brazo, intentando espantar el recuerdo junto con el humo. Vuelve a rozar su nariz, casi al mismo tiempo que entra Ricardo hecho una furia. 

-¡Qué hiciste, carajo!- le dice, amenazante. -¡Te rajás ya de acá! 
-Está bien, está bien- responde, tranquilo -no te preocupés, me voy. No se puede fumar-. 
-¡Fumar un carajo!- le dice Ricardo, con la cara encendida, escupiendo fuego. -Eso es lo de menos, ahora sí te la mandaste Flaco ¡dónde carajo te pensás que estás!-.

Salen de baño y camina por el pasillo, lento, hacia la salida. Siempre delante de Ricardo que le sigue los pasos como un custodio o un guardiacárcel. Vuelve a pensar en la cárcel, y en la policía parisina, apresándolo. Los milongueros lo ven pasar con cierto pesar. A la vez con cierta resignación. 

El tiempo transcurre lento, el pasillo hacia la salida se hace eterno. Una hora, quizás dos o tres. Todos en la milonga lo miran. 

-¿Qué hiciste flaco?-. Lo interpela su hermano, que deja plantada a su pareja en la pista y viene a su encuentro. Su hermano no es de perderse un tango, menos de abandonar a alguien en la pista. -¿Qué cagada te mandaste?-.
-Nada, el cigarrillo-.
-¡Qué cigarrillo! No te hagas conmigo que te doy vuelta la cara de un sopapo-.
-Tranquilo, ¿Qué tango es?- pregunta. 
-El segundo- le responde su hermano.
-Ves, siempre es el mismo- le dice, dándose vuelta, a Ricardo -es el segundo-. 
-Vamos, afuera- responde éste, implacable -no te quiero ver más-. 

Al pasar por delante de su mesa, sus compañeros lo saludan tímidamente. Te la mandaste, le dicen, ciertamente no le dicen, pero se les nota en las miradas. Suena Fresedo, Vida mía. Intenta detenerse a escuchar los primeros compases, quiere llegar a la letra, pero siente el aliento de Ricardo en su nuca. 

-¡Vamos, rajá!-. 

Afuera prende un último cigarrillo. Mira el reloj, apenas marca las doce. Su cuerpo se templa, sus arrugas tan firmes lo asemejan a una estatua, sin embargo su cabeza se arremolina, su recuerdo entero está a punto de ocupar todo su cerebro. Si no bailo me muero, piensa. Una detonación del tamaño de Hiroshima, rojiza y en forma de hongo, cubriéndolo todo, se le cruza efímera frente a sus ojos. 

-¿Lo de Celia está abierto?- pregunta al cuidacoches. 
-Creo que sí, te vas temprano Flaco hoy-.
-No me voy, me echan- responde.
-Qué pasó, ¿te agarraron fumando?- pregunta el otro, anticipándose.

Pero él no responde y camina lento hacia Humberto I con el cigarrillo en la mano.

sábado, 14 de enero de 2017

¿Te vas a quedar ahí?

(De Cuentos Misóginos de Paz Moreno)


Yo quiero ser tu esclava, papi.
Golpéame. dame latigazos, papito.
Muérdeme.
Déjame las marcas de tus dientes...


-Lleváme-, le digo, es lo único que me sale. El cielo está encapotado y parece que fuera a caerse. Mi vagina late al compás de mi pulso, quizás más rápido. De pronto es como si todo mi cuerpo se contrajera en ese punto y algo estuviera a punto de reventar. Me da miedo que se me note a través del pantalón. ¡Cuándo carajo se me ocurrió ponerme un pantalón blanco! Nunca uso pantalones blancos. Miro entre mis piernas, intento disimular pasando mi mano por la frente, afortunadamente no se ve nada. Aún así me causa cierto temor, en cualquier momento puede empezar a notarse.

-Adónde te llevo, linda- me pregunta. Suena medio pajero, pero no quiero perseguirme.
-Hasta Núñez, Larralde y Cuidad de la Paz-.

Mi corazón sigue aumentando su ritmo, sólo imaginarme la situación me hace temblar. No termino de comprender qué es lo que me pone así.

-¿Por dónde vamos?-.
-Por dónde le dé la gana. No- me arrepiento -vamos por donde sea más rápido, estoy apurada-.
-¿Por Córdoba o por autopista?- tantas preguntas me fastidian.
-Sólo lléveme y no pregunte más por favor-.

Frunce las cejas y hace un gesto con la boca, llevando los labios hacia el costado, se nota que no le gusta que le den órdenes, pero es taxista qué mierda. Pone primera y aprieta el acelerador, haciendo rugir el motor. Típico gesto de macho.

Hace sólo unos minutos el cielo estaba plagado de estrellas, se veía la luna casi entera. Ahora se llenó de nubes, unas nubes densas y negras que lo cubren todo, y está a punto de llover. Es la segunda semana de Enero y la primera luna llena está comenzando a menguar. Será por eso. Las calles están desiertas, no se ve un alma. Se avanza rápido. Comienza a gotear, las luces de los semáforos se deforman a través de los cristales mojados del taxi. Esas manchas verdirrojas, desfiguradas, me causan cierto hipnotismo, no puedo dejar de mirarlas y buscarle formas. No sé por qué me pongo así, debería dejar de verlo pero no puedo.

¿Te vas a quedar ahí? Me escribió, y fue como un desafío. Nuestra relación se basa en aquellos pequeños desafíos. A qué no… etc., y uno u otro sale corriendo desesperado cómo si tuviéramos quince años. Creo que nunca voy a aprender a comportarme como una mujer. Ya tengo treinta y ocho y me comporto como una adolescente. Mi corazón está a punto de estallar, creo que tengo taquicardia. Por qué no, se me ocurrió, una última noche juntos, después de todo nadie me va a coger como él, nadie me hace gozar así. Hacía ya un tiempo que habíamos decidido dejar de vernos. Voy para allá, nos matamos hoy y que sea lo que dios quiera. Me hago la superada y después me paso tres semanas en cama llorando y sin poder moverme. Me puse lo que tenía a mano y tomé el primer taxi que encontré. Soy tan infantil, no puedo evitarlo.

En mi cabeza se cuela una infinidad de imágenes, mientras toda la energía de mi cuerpo sigue desplazándose y acumulándose en el mismo lugar. Debe ser la libido, o la adrenalina, no sé, posiblemente sean lo mismo o funcionen juntas. No sé qué tienen sus manos pero sólo de pensar es como si mi cuerpo se encendiera. El modo en que me toca, como se apropia de mi cuerpo. Ni siquiera es que me toca, sus manos me invaden, hurgan mi cuerpo como si fuese un cajón o un baúl lleno de cosas, lo revuelven y lo ponen patas arriba. Lo peor es que me encanta.

El movimiento del taxi en el empedrado me llena de placer, estoy a punto de tener un orgasmo. Miro por la ventana y veo las paredes altas, enormes, del cementerio de la Chacarita, iluminadas de blanco por los focos del alumbrado público. Las ramas de los árboles cortan por la mitad esos paredones inmensos de casi quince metros. La imagen se me hace intensa, es hermosa.

Por autopista o por Córdoba. Se me vienen a la cabeza las palabras del taxista, trato de eliminarlas pero no puedo. Mientras llegue que agarre por cualquier lado. ¡Qué carajo importa! La intensidad se deshace, me desconcentro. Los orgasmos agudizan los sentimientos y hacen que cualquier sonido o imagen se intensifique y se viva como algo único. Siento correr un río, me miro para ver que esté todo bien. Me resulta extraño que aún no se vea nada a través del pantalón. Siento la sangre atravesar mis venas, me asusto. Algo no está bien. No sé si es sangre o qué lo que tengo dentro. La lluvia se hace más intensa. ¡Cuándo voy a crecer! 


El taxista mira por el espejo retrovisor, me pone incómoda. Su mirada es libidinosa, como si intuyera algo o pudiera leer mi mente. Los ojos le brillan. Mi cara se inflama de vergüenza, no lo puedo evitar. ¡Qué puede saber!

-¿No puede ir un poco más rápido?-.
-Podes tutearme si querés-. Me llena de odio. Repito la pregunta. -¿Querés que me hagan una multa?- me responde. 

Me toma por idiota sólo porque soy mujer. A un hombre no le diría eso. Ni siquiera le respondo. Si fuese hombre le rompería la cara.

¿Te vas a quedar ahí? Miro la frase en mi celular, me siento una quinceañera. Salir así corriendo a mitad de la noche, toda mojada. Tiene una pija hermosa, firme, completamente simétrica que se pone dura de solo verme. Es un aparato deseante. Me gusta la idea, la anoto en mi teléfono. Mi aparato deseante, subrayo el , no puedo evitar una sonrisa. Eso me intimida, le digo. ¿En serio te intimida? me pregunta cómplice. Ambos nos reímos. Ese fue uno de nuestros primeros diálogos antes de coger por primera vez. No olvido la picardía de sus ojos antes de perdernos en todas esas escenas sexuales trilladas -vulgares si se quiere-, robadas de cualquier película porno. Él pegándome en las nalgas como un chico que se porta mal, montándome por atrás, agarrándome del pelo, fuerte, luego ahorcándome hasta el punto de dejarme casi sin aire, preguntándome y yo confirmando todo ese paratexto sexual tan predecible, soy tu puta, sí, tu perra también, ambos lamiéndonos, etc. Qué dirían mis amigas feministas si me escucharan. El sexo es un acto machista, pienso, machista y misógino. De otra manera no se disfruta, no tiene sentido.

Cruzo las piernas intentando reprimirme pero el efecto es el inverso y apenas puedo evitar un gemido sordo. Me tapo la boca inventando un bostezo, me avergüenzo. El tipo sigue mirando por el espejo retrovisor con sus ojos encendidos. ¡Qué carajo mirás! No lo digo pero lo pienso, si fuese hombre le diría eso y otras cosas. A veces quisiera no andar con tanto cuidado. ¡Qué querés ver, pajero! Me gusta la palabra pajero. Pajero. Pajero. Pajero. La repito mil veces, me ayuda a distraerme. Miro por la ventana, el tiempo no pasa más. Estamos por el Polideportivo de la calle Crámer. Acá estaba la cancha de Platense, me dijo una vez. Me importa un carajo el fútbol pero me resultó simpático que ahí hubiera una cancha de fútbol.

Sobre la ventana del taxi caen unas gotas que parecen globos. Estallan, hacen un sonido potente como si reventaran. Miro mis pantalones y una mancha delgada y oscura empieza a marcarse entre mis piernas. Suspiro, ya casi llegamos.


lunes, 9 de enero de 2017

Última salida



Podría estar en mi casa, en un café o e el bar de alguna estación de servicio. Cualquier cosa es mejor que esto. La luz pálida refractada sobre las paredes y el enchapado de plástico de las mesas en derredor de las que se juntan toda clase de insectos voladores. La noche está densa y la humedad forma casi una bruma en el interior del local. No para de llover y en la calle no se ve a nadie. Pocas experiencias más traumáticas que un Burguer King a las once y media de la noche en el mes de Enero. No sé ni por qué lo hago, supongo que para sentirme un norteamericano medio, con su patetismo y experimentar la soledad de otra forma. No encuentro otra razón. 

Un vagabundo sale del baño, uno de sus pies está desnudo, su tamaño es cinco o seis veces más grande de lo normal. Intento no mirarlo pero no me aguanto, tiene el pie de un elefante. Sabe que lo miro, actúa una suerte de exhibicionismo, caminando lento. Utiliza un hierro en la mano a modo de bastón. Su tamaño es extremo y me causa impresión, entre sus dedos se escapa una especie de pasta blanca inmunda. Se apoya contra la pared, diez o quince segundos, siempre sabiendo que lo miro, luego continúa. Parece extenuado, no hay duda de que la vida le pasó por encima. Se sienta junto a una mujer -vagabunda también, tiene dos bolsas sobre la mesa-, aguardan la hora de cierre con el afán de descansar en una silla un rato antes de tener que tirarse a dormir sobre la vereda.


Última salida. Se me viene aquella frase a la cabeza. Es su voz la que me habla, adentro del auto. Ya ni recuerdo a dónde íbamos, tenía el mapa sobre su falda e iba señalando algunos puntos con el dedo. Última salida, repetía y se reía, mostrando sus dientes frontales. En ese momento aún nos reíamos, éramos felices o pretendíamos serlo. Sus dientes eran muy blancos, me gustaban. Apenas se veía nada, llovía también, o no, no llovía pero era una noche oscura, sin luna en la que apenas se veían los carteles indicadores.

La música suena de fondo, música disco, de alguna radio o simplemente música programada que torna todo aún más anónimo. Alguna vez estos lugares intentaron generar alguna clase de identidad, una identidad pasajera y efímera. Ya ni siquiera se esfuerzan en eso, hoy son sólo galpones de comida rápida a bajo precio. En los que la gente se detiene a no pensar, cuando no quien saber nada de sí mismos, cuando no quieren objetos que los identifiquen, cuando quieren perderse en el tiempo. La crisis hace que bajen los precios cada vez más, y posiblemente vayamos rumbo a la réplica del viernes negro de Marlboro. Última salida, la frase me suena anticipatoria. Es ésta o nos pasamos, su voz se me viene a la mente como un alerta. 

Autopistas, aeropuertos, locales de comida rápida, lugares del anonimato, no lugares... Pienso en Augé y sus conferencias para señoras con inquietudes en alguna dependencia de la embajada de Francia. Entonces comprendo qué es lo que me hace venir a este lugar. Las cuidades grandes tienen eso, la posibilidad del anonimato. Observo el papel de envoltorio sobre la bandeja y mi vaso de plástico vacío, junto al sobre de papafritas, también vacío. Dos sobres de sal y uno de mayonesa. Es una experiencia estética… podría ser una instalación. 

Un guardia de seguridad lee el diario sobre una mesa frente a la puerta, esperando para irse. Pero es como si el tiempo no pasara. Ni siquiera lee, pasa una a una las hojas coloridas de uno de los suplementos del Clarín, posiblemente haya estado todo el día de ese modo y aquella sea la décima vez que mira las páginas de aquel suplemento. Última salida. Una mujer entra con su hijo del brazo.  Me mira, tiene unos ojos oscuros, su hijo también me mira desde su regazo -tiene los mismos ojos, tan oscuros, como la madre-, y continúa hacia la caja.


Algunas imágenes de Perdidos en Tokio se me vienen a la mente. Nunca me gustó, aunque existe cierta experiencia estética de la soledad que me atrae. Quizás si fuese menos glamorosa, pero maneja una visión demasiado burguesa. Los grandes hoteles, los grandes lugares... demasiado lejanos. 

La veo con el mapa sobre la falda y su dedo índice casi incrustándose sobre éste. La noche oscura, los carteles y sus marcos fosforescentes. Las luces refractándose sobre las mesas. La música de fondo, los insectos. Vuelvo a mirar los restos del menú sobre mi bandeja. Los restos. Me mira y se sonríe. Aún me cuesta entender. No saliste, dice, con una voz apenas perceptible, era la última salida ¿ahora qué hacemos…?