martes, 27 de septiembre de 2016

Ausencias


Nélida
Su estatura era pequeña y su cuerpo más bien ancho. Nunca estuvo conforme con su figura, las dietas no le funcionaban. Es que sos grandota, le decían, pero ella no entendía bien a qué se referían. Ahora tenía casi setenta y ni siquiera era capaz de mirarse al espejo. 

Esperaba a que su marido se durmiera para llenar su vaso de Whisky, a él no le gustaba que tomara, no era bueno para una mujer. Pero no le importaba, además nunca supo qué significaba eso de ser una mujer. A los trece años tuvo que salir a trabajar y desde ahí que el mundo se detuvo. 

Se sentaba en el comedor, con las luces apagadas, y se perdía entre recuerdos, imaginando su infancia o cuando era una adolescente y aún tenía energías o soñaba con una vida que no tuvo. El silencio de la noche la regocijaba, lo que más le molestaba del día era tener que escuchar esa voz que repetía su nombre una y otra vez. Daba sorbos pequeños, le gustaba mirar el hielo descomponerse de a poco hasta mezclarse totalmente con el whisky. A veces ni siquiera pensaba, su mente se ponía en blanco y así se estaba hasta que comenzaba a amanecer. El resplandor penetraba por las rendijas de la persiana y miraba fijamente la luz hasta que sus ojos se cegaban. El despertador sonaba desde la pieza, el ruido de la ducha, etc. 

Caminaba hasta la cocina para prepararle el desayuno a su marido antes de que se fuera a trabajar. Es que tengo insomnio, respondía a sus reproches, el whisky me ayuda a no pensar... en nada, no quiero pensar en nada... solo eso. ¡Paf! sonaba el golpe seco y enojado de la puerta que hacía temblar hasta las ventanas. El sonido de la calle apenas se filtraba, había hecho sellar las puertas para no tener que escuchar nada, no quería tener contactos con el mundo exterior. Aún así podía sentir las bocinas de los autos. Nunca había aprendido a manejar. 


Mercedes
Su retrato joven reposa sobre la mesa de luz. A pesar de su corta edad ya puede observarse el gesto resignado en su mirada.
Su ceño se frunce arrugando su frente, su mirada es opaca, desafiante. 
No confía en el tiempo. 
El sillón aún guarda el peso de su silueta y sobre los apoyabrazos la felpa se encuentra desgastada. Nadie entra o sale de ese cuarto.
Su cabello castaño llega hasta sus hombros y en la foto su flequillo se recorta hasta la altura de las cejas. 

Las paredes de la casa se van oscureciendo, ¿para qué pintarlas? se pregunta, el tiempo es igualmente cruel con las paredes blancas. 

Sus manos son huesudas, sin vida, sus dedos largos y delicados se vuelven amarillos de tanto sostener el cigarrillo. Mantiene la persiana baja, sus pupilas sufren con la luz del día. Espera. 
Sus ojeras se pintan oscuras sobre sus mejillas. Lee intensamente como si en los libros encontrara el secreto de una sobrevida. Su tiempo se acorta, no se puede hacer nada. Aquellas palabras se replican una y otra vez en su cabeza. 

No se puede hacer nada... 

Su piel es una lámina rugosa, su voz áspera y ronca. Su retrato al costado del sillón, encima de la mesa. Una foto desteñida. 





Alberto
Acostumbraba leer en el sillón del living. Abría una botella de vino -era la única clase de alcohol que tomaba- y devoraba página tras página mientras su copa se iba vaciando hasta quedarse dormido. Cuando escuchaba el despertador corría al baño a ducharse y salía para el estudio. 

No sé ni para qué tiene la cama, le preguntaba su empleada doméstica de vez en cuando, si no la usa. Y era cierto, ya no recordaba lo que significaba dormir en una cama. A usted le gusta mucho el vino, le reprochaba también, cumpliendo el lugar una esposa que no tenía. 

Las botellas corrían al ritmo de la lectura, era lo único que hacía durante la noche, y se iban apilando en un rincón de la cocina. Sólo salía de  su casa para ir trabajar ¿Quiere que las tire? preguntaba ella. No, está bien, déjelas ahí. Un litro por libro, decía riéndose, como si fuera una cuestión proporcional. Quiero recordar cuantos libros llevo leídos. 

Entonces apuraba la lectura para poder tomar, o tomaba para poder leer. Las botellas se iban apilando hasta alcanzar el mismo tamaño que su biblioteca. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cotorras

Una cotorra da de comer a sus crías mientras el resto del grupo ahí reunido sobrevuela la palmera. Sus plumajes son verdes, casi amarillos entre los que se entremezcla el azul, sus patas grisáceas. La Cotorra Monje es una especie muy común en esta ciudad. Según Daniel, un amigo avistador de aves, Buenos Aires tiene una de las colonias más grandes no sé bien si en el mundo o en Latinoamérica. Al igual que las palomas, son casi una plaga.

Son tres palmeras que crecen casi en el centro de la plaza. Los días de semana las plazas suelen estar casi vacías y el clima es apasible. Apenas algunos murmullos llegan hasta mi balcón. El roce agudo de los engranajes de una hamaca -una madre empuja a su hija con una mano mientras con la otra mira su teléfono celular- marca un sonido regular que en otro contexto sonaría disonante o disruptivo, sin embargo, en éste resulta una melodía armónica que acompaña el transcurrir matinal. Una abuela pasea con su nieta de la mano por uno de los senderos de ladrillos enseñándole, quién sabe el nombre de algunas plantas o inventándole historias de cuando era tan chica como ella. Una pareja -dos adolescentes- también pasean tomados de la mano y sus cuerpos tienen a imantarse.

Me siento una especie de James Stwart observando, como un voyeur, cada movimiento allí abajo. El cielo está casi celeste, cruzado por algunas nubes que pasan de cuando en cuando. Las palmeras resguardan una fauna imprevisible para quienes están debajo. Algunas palomas se mezclan con las cotorras que protegen sus huevos en sus nidos. Los preparan con ramas secas, según Daniel esa es la única especie de cotorras que hacen sus nidos con ramas. Sus vidas también se observan apasibles, tranquilas, haciendo lo que se debe hacer, lo que manda la naturaleza. 

Repentinamente un aguilucho -uno de los tantos que fueron importados para regular la población avícola de la ciudad- se acerca hasta el árbol. Su vuelo es majestuoso, contrasta con el vuelo torpe de las palomas, juega con el viento, blandiendo sus alas, con la misma elegancia que nada el tiburón en el mar. Entonces el aguilucho arremete contra la palmera, atacando uno de los nidos. La tranquilidad deja espacio al horror -si tuviéramos que traducirlo a lenguaje humano-, el revoloteo, los gritos -alaridos secos, punzantes- desesperados. Algunas plumas se desprenden y caen al vacío en cámara lenta. 

El aguilucho flamea satisfecho, con los huevos en la boca, tiene un pico infalible, voraz y mortal, que sin embargo, mantiene los huevos intactos en su interior. Una vez más sus alas extendidas, apropiándose del viento, su color es de un gris ceniciento, a no ser por los extremos que se tiñen de blanco. Su vuelo es digno de apreciar. 

El peligro cesa y los gritos de las cotorras poco a poco se pierden, las cotorras ya resignadas abandonan su nido y se alejan para buscar un mejor lugar. Abajo nadie puede observar lo que acontece, nadie mira para arriba en Buenos Aires. 

La abuela continúa enseñándole los nombres de las plantas a su nieta, o contándole historias de cuando era tan chica como ella. Los adolescentes cada vez más cercanos, sus cuerpos ya casi se funden y arremeten uno contra el otro contra un monolito que guarda un busto de Sarmiento. Una de las plumas cae a los pies de la pareja, pero no tienen tiempo para notarla. El chirrido de la hamaca continúa meciendo la mañana a intervalos regulares. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Profecías...


3.
Miró el reloj del celular y daban casi las siete. El viaje se le hacía eterno. Sabés que esto no está bien, fueron sus últimas palabras y reflexionó en lo absurdo de las mismas. Claro que estaba bien, de lo contrario ahora no estaría metida en ese taxi camino a su casa con sus pulsaciones revolucionadas. 

¿Querés que baje por Lacroze? le preguntó el taxista. La pregunta se le hizo ridícula, anda por donde te dé la gana, le respondió y abrió la ventanilla. Necesitaba aire. En su pecho podía sentir los golpes producidos por sus latidos, Freud localizaba el foco de la libido como un punto a la altura del vientre, sin embargo para ella debería concebirse como una línea recta que se extiende desde el bajo vientre hasta la altura del corazón. Juntó sus piernas y presionó una contra la otra. El viento dándole de lleno en la cara le hacía bien. Pensó en el deseo y en las descargas eléctricas que éste le producía sobre su cuerpo, la manera en que erizaba su piel. El mismo roce del tapizado le causaba placer y tenía que cerrar los ojos para no delatarse. 

Otro auto se puso a la par en un semáforo, manejaba una mujer. La miró fijo durante unos segundos, era una mujer mayor, rondaría los cincuenta pero aparentaba ser mayor. Notó la tristeza en su mirada. Sus ojos eran grises, cenicientos y en ellos entrevió un vacío inconmensurable. Reconstruyó su vida en un instante y se estremeció, no llegaría a eso. Juntó las piernas nuevamente y emitió una sonrisa. Se sentía contenta y su deseo crecía a medida que avanzaban. El tránsito era un infierno, hubiese deseado tomar el subte.

Muchos autos, dijo el taxista, ella seguía con los ojos cerrados, imaginando. Prefirió no contestar, no tenía por qué suponer que le hablaba a ella. Un mechón se le escapaba por la ventana abierta, se preocupó, pero enseguida pensó en lo mucho que a él le gustaba su pelo y lo dejó volar. Imaginó sus ganas, nunca nadie la había mirado así.  

  
Llegamos, le dijo el taxista, ni siquiera había notado que el automóvil se detuvo. Volvió a mirar el reloj, pensó en la relatividad del tiempo, una eternidad que había transcurrido casi efímera. La contradicción le resultó divertida. Antes de abrir la puerta del taxi hizo una pausa y respiró hondo. ¿Estás bien? le preguntó el chofer. Muy bien, respondió antes de bajarse. Cruzó la calle como si caminara por una cuerda, una fuerza ajena se había apoderado de su cuerpo y la llevaba como una especie de autómata. ¿Quién es? se oyó por el portero, las piernas le temblaron y su corazón aumentó más sus pulsaciones. Nunca se había sentido tan viva.   


1.
Entonces la empujó sobre la cama y, sin importarle lo que le estaba diciendo, le arrancó la ropa. Su deseo adquirió la potencia de un maremoto arremetiendo con todo lo que se interponía a su paso y se acrecentó hasta tomar dimensiones inconmensurables. Sus cuerpos se entrelazaron como serpientes y en su oído -nada le gustaba más que sentir su boca en su oído- podía sentir su respiración quemante entre el murmullo de un diálogo entrecortado. 

Vos te aprovechaste de mis inseguridades, le había dicho, o aún le decía, y cosas por el estilo. Él apenas retornaba de su exilio y había cosas sobre las que prefería no reparar. Dejé mi corazón en tus manos y lo destrozaste, podía haberle respondido, aunque sonara cursi, o cosas por el estilo que hubieran aniquilando fácilmente sus argumentos. Sin embargo, ahora no tenía ningún sentido. Por eso eligió no prestar atención a sus palabras -tras las que no veía más que su eterno miedo a perder el control- y dejarla hablando sola al tiempo que la empujaba sobre la cama y le arrancaba la ropa, para comprobar que ese deseo de ambos aún se mantenía intacto, que las ganas que arrastraban sus cuerpos -su piel erizándose tras semejantes descargas eléctricas que podrían alimentar a una ciudad entera -no se habían perdido y que por ahora y, más allá de las palabras, por mucho tiempo les iba a ser imposible superar esa sensación.   

2.
Lo primero que vi fueron sus ojos, esos dos grandes ojos negros, intensos, con ese brillo melancólico, que me gustaban tanto y últimamente se replicaban hasta en los lugares más inciertos. Estaba ahí, en el aula, mi aula, la 205. Sabía que dabas clases los jueves, me diría después, y te dije que alguna vez iba a venir a tu clase. Se había sentado al fondo, con su espalda erguida, como una esfinge, como era natural en ella. La luz que se filtraba por la ventana enmarcaba su cuerpo en una sombra negra, dándole un halo especial, y aumentando su belleza, que sobresalía inevitablemente entre el resto. 

Sentí ganas de terminar la clase en ese instante o de hacerla lo más corta posible, pero a la vez sentía deseos de seducirla, de marearla y hacerla perderse entre los intersticios del pensamiento, jugar con el lenguaje y hacerla disfrutar cada concepto. De recordarle las razones por las que se había enamorado de mí. Fui de un lugar a otro, conquiste nuevamente su mirada y hasta la hice sonreír. Pude notar cómo el brillo de sus ojos se hacía aún más intenso, note también las figuraciones de su rostro, esa figuraciones que mutaban de la emoción al interés, que nadie conocía mejor que yo. Busqué su sonrisa y entreví sus dientes entre sus labios. 


Entonces los conceptos se agotaron, la espera devino en recompensa. Ella esperó a que todos salieran, algunos alumnos se acercaron a preguntarme cosas y yo apenas les contesté, deseando que se fueran lo más rápido posible. Yo la miraba de reojo, mientras ella seguía ahí sentada, con su espalda estirada, haciéndose la distraída, siempre esperando, mirando por la ventana. Finalmente quedamos solos, se acercó, nos rozamos las manos, fue un roce que prendió fuego el universo, una vez más ese big bang que se presumía extinguido. No pensé que te podía extrañar tanto, dijo, nuestros cuerpos se prensaron en un abrazo, a la vez que nuestros labios se comprimían, nuestro deseo recuperó su fuerza...


sábado, 10 de septiembre de 2016

Piedra



...yo no soy la roca, 
que golpea la ola, 
soy de carne y hueso...




Se me ocurrió la idea del exilio. Por qué no, lo vi al personaje, abandonando la ciudad luego de su recibir aquel golpe. Lo deja todo, su obra, sus afectos, su misma persona, y camina infinidad de kilómetros para adentrarse en el desierto, en la quebrada o los valles, adonde no se cruza ya con nadie, por tres o cuatro años, como una especie de asceta de la antigüedad. Podría ser un vendedor de artesanías, como un escultor o un simple viajero. Un exiliado político.

Alguna clase de imagen rompería con su nihilismo empedernido dando lugar a cierto misticismo que aparecería dentro suyo repentinamente, primero como una pequeña intuición que poco a poco se iría acrecentando. Sale entonces en busca de una fe que nunca tuvo hasta encontrar el lugar perfecto desde donde puede lograr cierta perspectiva, adonde puede observar el valle en su amplitud, hasta perderse en ese horizonte escarpado. Luego depositaría su alma en alguna roca, establecería un tipo de vínculo con ella y finalmente terminarían siendo uno. La roca se le iría acercando a medida que pasa el tiempo. Hablaría con las montañas, con el viento, recordaría sus vidas pasadas, su pasado mitológico, sería envuelto entre las paredes de algún huracán. 

Descendería hasta los infiernos donde sería abrazado por seres inefables, perversos, donde también recordaría vidas pasadas que nunca tuvo o que creyó tener, lugares recónditos, llenos de oscuridad. Sentiría deseos de permanecer ahí, de hundirse, buscaría compasión humillándose frente a éstos. Hermafroditas, con dos cabezas, cuerpos gigantescos y deformes.  

Los cantos lo alcanzarían y sería seducido por el fuego, un fuego cálido y ancestral, agradable, que aumentaría su goce. Éste calentaría su piel, la teñiría de un rojo intenso o de un color violáceo y oscuro, hasta dejarla casi negra. Su corazón sería arrancado de cuajo y lo dejaría desgarrado y vacío, pero sin tripas ni sentimientos. Agradecería a aquellos seres por eso, una cicatriz en su pecho crecería hasta cubrir su cuerpo de un extremo a otro.  

Luego aparecería el elemento externo. Una mezcla de sensaciones, investidas en alguna clase de ser viviente, un gato -un perro posiblemente-, algo en lo que pudiera reconocerse y aferrarse, que develara la ambivalencia, con sus dos caras. El odio y el amor. Una mayormente visible y la otra siempre encubierta, como si precisara esconderla por alguna razón. Un hecho incierto, una gran mentira que no se puede dar a conocer. Un acto que lo avergüenza terriblemente que tuvo lugar en su niñez o en alguna de sus vidas pasadas. Aquel animal lo devolvería a la superficie aunque sin corazón o con el corazón muerto aún dentro de su cuerpo. 

El entorno acompañaría su tránsito, el viento dejaría de soplar o lo haría con más fuerza, el tiempo ablandaría su paso, el río dejaría de correr. Se mezclarían los colores hasta formar sólo uno, todo desembocaría en un blanco, o un rojo intenso. Recordaría más vidas, sus múltiples exilios, todas sus caídas, las rupturas, sus obras. ¡Su obra! Unos ojos negros y profundos lo cercarían, volverían a hacerle sentir el temor. Los paisajes también se mezclarían, estar en el desierto, la quebradas norteñas o en Roma significaría lo mismo, las montañas con sus múltiples grabados se combinarían con El Panteón de Agrippa que se erigiría a sus espaldas. El mismo cauce sediento de un río que apenas existe marcaría los límites de aquella isla de Chipre en donde Céfiro descarga su brisa.

Entonces su corazón se pondría nuevamente en marcha, a causa de aquella mirada y el horror, o por causa de alguna chispa producida por el viento contra los cactus del desierto. Descubriría su cicatriz y la recorrería lentamente, una y otra vez, con la yema de su dedo índice. ¿Cuánto tardaría en descubrirlo? ¿En reconstruirse en un ser nuevo, lleno de luz, de fe? O no. Quién sabe, concebiría que la fe no es lo suyo, que algo en sus adentros pertenece a las tinieblas, a la oscuridad y aprendería a convivir con eso. Le daría un nuevo sentido al tiempo, sería más paciente. O sí, se convertiría en un hombre de fe, al igual que Abraham, un verdadero caballero de la fe. Juntaría sus pedazos como una estatua desfigurada que yace por el suelo, y poco a poco se va reconstruyendo. 

Entonces retornaría del exilio con una fuerza en su interior pocas veces vista, siendo el mismo, pero otro, alguien nuevo, recobrando lo que constituía su esencia y dejando atrás lo que ya no le hace falta. Reconstruiría su obra, pero desde otro lugar, juntaría los pedazos y los volvería a ordenar ayudado por los cantos y el viento de los dioses. Aprendería a dejar y sólo tomaría lo necesario.   


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tiempo y forma

Entonces Céfiro descargó una brisa sobre toda la isla y ella despertó y yo descubrió que su corazón latía. Los cielos se cubrieron y el mar embraveció con el aliento de Poseidón. Unió sus partes y poco a poco fue recobrando su forma. Así era ella, como una roca.

Él la contempló y sus ojos se te llenaron de lágrimas. El tiempo se detuvo repentinamente y comprendió que voy entre el marfil lo que corría era sangre. Por primera vez observó a el negro real de sus pupilas en el blanco donde antes sólo podía imaginarse. Su deseo creció y suspiró su belleza tímidamente, cuidándose de no volver desafiar a Afrodita. Creció como nunca, creció como acostumbraba crecer cada vez que la veía, desde la primera vez. 

Soy tu obra, dijo ella, sonriente, aún recostada sobre el pasto de Chipre, mostrando sus dientes blancos, también deseosos -dientes deseosos-, aún de marfil, a lo que él contestó a con un gesto afirmativo enamorar admirando sus formas que habían cobrado vida. 

martes, 6 de septiembre de 2016

Galatea

Pigmalión eligió el hueso más grande y homogéneo, lo movía una premonición. Llevó el hueso de inmediato a su taller para poder admirarlo. Se había propuesto hacer la más perfecta de sus esculturas, de aquel bloque debía surgir la mujer más hermosa que se hubiera visto. 

Pigmalión, ayudado por Hefesto, hizo forjar el juego de cinceles más precisos que se viera en todo el Mediterráneo. Pasó sin dormir semanas enteras, primero observando el bloque, buscando en silencio las formas que éste develaba. Sus golpes debían adivinar lo preexistente, encontrar la razón que escondía. Trabajó día y noche, y cuando Morfeo apenas lograba tomarlo entre sus brazos por algunas horas, sus sueños eran la excusa para depurar sus formas. 

Pigmalión rechazó infinitas mujeres que rogaban sus favores. Ninguna rozaba siquiera la belleza que escondía un solo grano de marfil de su escultura, a la que había decidido nombrar Galatea en honor a la nereida. Su cabello sería lacio y llegaría casi hasta la cintura. Sus ojos podrían adivinarse negros y oscuros, su busto y su cintura tan simétricas que despertarían la envidia de Némesis. Sus piernas fuertes, musculosas, desembocando en unos tobillos delgados seguidos por sus pies perfectos.

Pigmalión rezó sobre los pies de Afrodita, vertió infinidad de lágrimas, sus ruegos a la diosa provocaron la burla general. Con cada día que se sucedía su deseo se acrecentaba. Afrodita lo vio sufrir frente a Galatea, observó sus labios apoyados en el frío marfil buscando un calor que aún no existía. Lo vio pasar sus noches admirándola, tanto que se apiadó de él. Sus rezos comenzaron a hacer efecto provocando la sonrisa de la diosa, que hizo elevar tres veces el tamaño de la llama del altar que él había construido en su honor. 

Pigmalión eligió la época en que las Pléyades se ponían a medianoche. La luna estaba llena, también a punto de retirarse. Afrodita esperaba paciente, ansiosa por dar aquella sorpresa. El Rey de Chipre no supo leer los signos que le daba la mujer de Zeus. Buscó una masa, la que tenía la cabeza más ancha y poderosa. Sus brazos se hincharon y sus venas se llenaron de sangre. Desde su taller se escucharon los golpes secos, el sonido cruento del hierro incrustándose en el marfil. De su obra no quedaron rastros. 

Pigmalión siquiera se enteró de los designios que Afrodita le tenía reservado y la diosa prefirió nunca revelar sus intenciones. Galatea fue cubierta por el polvo y luego por la tierra húmeda de su jardín en Chipre donde sus pedazos descansan desperdigados. 

sábado, 3 de septiembre de 2016

Noticia

Se encaprichó con la moto y no hubo quien lo hiciera cambiar de idea. Me sirve para venir de La banda, decía, y para ir a visitar a la Charanga hasta Uquía. ¡Hasta Uquía! le recriminaba Dora, con cierta lógica, sus problemas con el alcohol le habían provocado una diabetes severa que lo dejó ciego de un ojo y lo tuvo varias veces al borde de la muerte ¡Sos tuerto, no ves un carajo y te pensás ir hasta Uquía con una motito de mierda por ese camino! ¡Cuando te hagas mierda yo no te voy a limpiar el culo en el hospital, eh! ¡porque ni siquiera te vas a morir!

Pero el viejo no entraba en razón, cuando se le metía algo en la cabeza era imposible hacerlo cambiar de opinión. Me sobran unos mangos y me voy a dar el gusto repetía, sin parar un segundo de masticar el bollo de coca y bicarbonato contra el buche. 

El sol recién se asomaba entre los cerros que dan a Casagrande y su luz transformaba la fisonomía entera del paisaje. Los paredones negros se cubrían de naranjas amarronados de diferentes gamas, hasta llegar a rojos intensos casi lilas o violetas. El calor hacía que los turistas se refugiaran debajo del alero de la iglesia de San Roque, salvo algunos que se paraban contra las barandas para admirar la quebrada. Desde ahí podía divisarse el cauce del Colanzulí hasta Pantipampa, semejante meseta verdosa -abriendo su cara hacia el cielo, poblada por un pasto abundante y frondoso- entre los cerros, llamaba la atención. 

Algunos automóviles llegaban hasta la plaza y se estacionaban donde podían, en doble y hasta triple fila, aprovechando el poco espacio que había, junto a algunas combis que venían desde Tilcara o Purmamarca llenas de gente que bajaba, sorprendida, con sus cámaras de fotos colgando del cuello. Él se encargaba de organizar un tránsito que contrastaba con el silencio y un pueblo de apenas mil habitantes. ¡Acá no se puede! Le molestaba que se estacionaran frente a su paño en el que tenía piedras, pipas y toda clase de artesanías hechas con alambre.

Este viejo no entra en razón, seguía repitiendo Dora, pero el viejo ni siquiera le prestaba atención. ¿Viste lo que quiere hacer? la interpeló a Gisella que recién llegaba. La conversación matutina era una cuestión rutinaria y cada uno que se acercaba lo hacía esperando alguna gran noticia -que casi nunca ocurría-, que rompiera el sosiego cotidiano de un pueblo en el que no pasa demasiado. ¿Qué cosa? le respondió Gisella, sin demasiado interés en el asunto, y se pusieron a hablar de cualquier otra cosa. 

Son como dos cotorras, me dijo el viejo apartándome, en voz baja, empiezan y no paran. Siempre con el bollo que le hinchaba la mejilla izquierda como un globo. El sol seguía su ascenso y cada vez se ponía más intenso. ¿Sabés qué quisiera? me dijo después, sin darme lugar siguiera al interrogante, tener veinte años menos, se respondió al mismo tiempo que se sacaba los anteojos negros dejando al descubierto aquel ojo vidrioso, sin iris ni pupila dibujadas, mientras a través del otro podía observarse una especie de nebulosa llena de recuerdos. Era raro que tuviera esos ataques de melancolía, el viejo más bien parecía vivir un presente perpetuo sin hacerse demasiadas preguntas.  


Ahora veía caer la lluvia por la ventana del café, en la esquina de Larralde y Cabildo y se me hacía todo tan lejano. Aquel cielo azulado de la Puna, recortado por los cerros contrastaba con el gris encapotado de una Buenos Aires en la que llovía sin parar desde hacía días. En el asfalto se levantaba una lámina húmeda provocada por el agua que dejaban los automóviles a su paso. Adentro, el sonido de la máquina de expreso, se mezclaba con las conversaciones y sonidos de cucharas golpeando contra las tazas. Siempre me gustó el ruido de los cafés por la mañana. 

Fue ella quién me mandó el mensaje. Me avisó Dora, puso, y no escribió más nada. ¿Te pasa algo? me preguntó una de las camareras, adivinando mi ceño. Reconstruí esa imagen mil veces más. El sol llenando de luz un escenario que conocía de sobra, los cóndores cercando esos abismos rocosos que asemejan un paisaje lunar. Si tuviese que imaginarme en la luna lo haría de ese modo, pensé. La iglesia de San Roque, intacta, con su alero resguardado a los turistas. El viejo maldiciendo, ¡acá no se puede estacionar! Recorrí su barba blanca, mal recortada, enmarcando su mandíbula. No pude evitar una sonrisa y miré por la ventana una vez más, sólo para comparar las geografías. La piedra virgen, amarronada, en estado natural, y el proceso por el que se vuelve gris hasta ser transformada en cal y cemento. En diagonal al café se erigía una edificación espantosa, enorme, pintada de un verde inglés, que funcionaba como pizzería. Baldini, historia de pizzas, decía en legras blancas, pretenciosamente. 

Miré el teléfono por segunda vez, sólo para corroborar la noticia. Quizás esta mañana se lleven una sorpresa, pensé, imaginándolos bajar hasta la plaza con esa expectativa, frente al hecho fortuito que trastoca lo esperado. Las noticias siempre generan cierta alegría, incluso las que no son buenas. 

Los cuervos esperan para comerse a las ovejas, la escuché decir a Asunta alguna vez, por eso es que dan vueltas y vueltas ahí arriba, y pude verlos revoloteando en círculos, con sus tres metros de diámetro, siempre en parejas, atravesando el cielo turquesa y limpio de Iruya. 

¿Estás bien? volvió a preguntarme la camarera, algo en mi cara le debe haber llamado la atención para que insistiera tanto. No es nada, le dije, no tenía intenciones de involucrarla. ¿Seguro? Apenas pasaba el mediodía y el café estaba casi vacío. Los colectivos transitaban a toda velocidad dejando sus estelas coloridas por la avenida Cabildo. El agua no paraba de caer un segundo, Buenos Aires se transformó en una ciudad triste. ¿Se puede estar en dos lugares al mismo tiempo? me pregunté.