sábado, 24 de marzo de 2018

La noche fría,
húmeda, 
el albur. 
Ese fresco, casi matinal
El viento, cambiante, repentino.
El ambiente. Antiguo calor, 
que ya no. El gentío. 
Necesito, 
eso, le dijo, eso...
Las hojas soltándose de los árboles hasta desparramarse en el suelo.
Hacerte mía.
El viento nuevamente. 
Las ráfagas. Anacronismos.
Ya no se usa, le respondió
riendo.
El amor, eso, le repitió. Sus dientes limpios. El fuego. El resto.

viernes, 2 de marzo de 2018

Las putas también se enamoran


Era una especie de antro sobre la calle Oro, a la altura con Paraguay. La luz era escasa, apenas unos puntitos psicodélicos que se multiplicaban como hormigas y trepaban por las paredes. De una rocola, casi pegada a la barra, sonaba cumbia a todo volumen, de vez en cuando interrumpida por alguna canción de los Redondos. Recién caía en la cuenta de que, de alguna manea, la cumbia y los redondos, se retroalimentan. Algunas chicas bailaban en medio del salón, una de ellas -con un short de jean recortado y una musculosa color fuxia-, se trepó a una de las mesas cuando alguien puso Gilda en la Rokola. Había quienes se gastaban lo que no tenían en esa máquina con el afán de mostrar al resto sus gustos musicales. Qué clase de ser viene a uno de estos antros a gastarse el sueldo en una rocola, pensé. Quizá los mismos que se pasan sentados sentados en una mesa, destapando cervezas, me respondí.

Yo estaba con unos amigos, veníamos de algún bar por Palermo y terminamos ahí por casualidad. Apenas amanecía y no queríamos irnos a dormir. ¡Qué tal eso! dijo uno, ni me acuerdo cual, quizá lo de amigos fuese mucho decir. No era la primera vez que pasábamos por la puerta, pero esta vez decidimos entrar.

M. iba y venía por el bar, tenía el pelo color oscuro, lacio, un corte carré y una especie de magnetismo que me hizo no poder dejar de mirarla desde que la vi. Además tenía una frescura poco habitual, se movía con esa seguridad que, en palabras de Arlt, solo tienen las mujeres de la vida. Era delgada y sus dientes relucían muy blancos a causa de la luz violeta. M. quería juntar plata para poner un local de ropa en Concepción, Paraguay. -Es más barato- me dijo unos días más tarde, abriendo sus ojos negros, siempre abría los ojos cuando contaba algo importante -allá todo es más barato- repitió. Era excesivamente simpática y todo parecía vivirlo como un juego. Se acercó a nuestra mesa y se sentó encima mío, me miró fijamente, clavándome esos ojos oscuros, los mismos que tenía por costumbre abrir hasta dejarlos sumidos entre una esclerótica que se asomaba pálida, supongo que también a causa de la luz violeta. -Sos lindo- hizo una pausa -¿cómo te llamas?- me preguntó al mismo tiempo que me besaba la frente. No esperó mi respuesta, se paró y, sin volver a mirarme, se fue, moviendo sus caderas, pero no como el resto de las chicas de la vida, como aquella que se había puesto a bailar encima de la mesa por ejemplo, no, sus caderas eran angostas, demasiado quizá para esa clase de movimientos, el suyo era un movimiento menos presumido, incluso algo tosco, pero con mucha gracia y a mi me produjo una excitación mucho mayor que la del resto. Se fue y me dejó así, con el signo en la frente, como se marca el ganado. Me había dejado impregnado un perfume excesivamente dulce y empalagoso, pero que a ella le iba perfecto. Siguió merodeando por el lugar, yendo y viniendo, como si se tratara del living de su casa. Al moverse daba pequeños saltos, como si no pudiera caminar en forma normal. No sé cuántos temas más sonaron en la rocola, no habrán sido más de tres o cuatro. Al rato volvió, me clavó nuevamente esos ojos inmensos, me tomó la mano y me dijo ¡vamos!, sin mediar mayor diálogo.

Salimos del bar y entramos al edificio contiguo, a medio construir, justo encima del bar. Paredes sin revoque, un ascensor en el que mejor no subirse y las ventanas de las habitaciones siempre cerradas, de los balcones solo había la plataforma de concreto sin barandas ni nada. Me detuve sobre una inscripción en una de las paredes, al borde la escalera. Agus y Juan, escritos con marcador rojo, cruzados por una flecha. Me pregunté si sería el nombre de alguna de las putas y si el hombre sería el de algún cliente. Las putas también se enamoran, pensé. Me reí. El edificio no estaba habilitado y según me enteré más adelante, lo alquilaba un tal que mantenía el lugar a fuerza de cobrarle el sesenta o el cincuenta por ciento de lo que cobraban las chicas por acostarse con tipos como yo. -Aclaro por si acaso, no había trata, sí explotación, como en supermercados, locales de ropa, centros comerciales, restoranes, etc.-. M. se detuvo frente a una ventana rectangular, desde la que una mujer le alcanzó dos toallas y una llave. -La cinco está libre- le dijo la mujer, casi escondida, una especie de voz en off formando parte del engranaje burocrático que mantienen en funcionamiento el sistema. También le dio un sobre transparente. -¿Querés?- me ofreció M. apenas entramos a la habitación...

Aquel fue nuestro primer encuentro, a ese siguieron otros. Pasé por el bar un par de veces más, confieso que el escenario había tomado un atractivo especial para mí. Las luces trepadoras, la rocola y sus fanáticos, el baile, los enamorados de la cerveza, el manifiesto de amor inscripto en la pared frente al que me detuve religiosamente cada una de las veces. Aquel ser kafkiano escondido tras la ventana rectangular… Luego comenzamos a vernos afuera. Entablamos una especie de amistad. Algunas veces íbamos a algún telo y otras simplemente nos tomábamos un café o una cerveza en La niña de Oro o algún otro bar sobre Santa Fe. Ahí fue que me contó sobre el local de ropa que quería poner en su ciudad natal y algunas cosas más como que tenía un novio -paraguayo también-, con el que vivía en una de las habitaciones a medio construir en el mismo lugar adonde trabajaba. Traté de imaginar cómo viviría su novio el trabajo de su mujer y me resultó imposible, mi cabeza no estaba capacitada para eso. Podía ser el paradigma de la lucha contra la posesión de los cuerpos -el tan ansiado amor libre- tanto como el ejemplo de lo que produce el sistema capitalista respecto a las relaciones afectivas. Hubiese querido saber más, si cuándo decidieron venir para Argentina ya habían tomado esa decisión, si allá alguna vez lo había hecho, si se dio por casualidad, etc., pero me sonaba a morbo y preferí callármelo.

-Tengo que contarte algo- me puso en un mensaje tiempo más adelante. La llamé y me dijo que había tenido un accidente con un cliente y había quedado embarazada, estaba algo desesperada. Una amiga que laburaba en cuestiones de género me pasó el teléfono de un médico y le ofrecí acompañarla pero me dijo que prefería ir con el novio. Los días siguientes me costó encontrarla, recién volvimos a hablar dos o tres semanas después. Me llamó y me dijo que nos juntáramos a tomar un café en el Kentucky de Santa Fe y Godoy Cruz, el único que había antes de que se transformara en una cadena. La noté algo pálida -quizá sólo sea el recuerdo restrospectivo que me formo ahora-. A nuestro lado dos mujeres hablaban sobre Cancún y hoteles all inclusive, inmediatamente pasó un chico vendiendo estampitas por las mesas. No pude evitar pensar en el contraste. Hablamos de varias cosas, M. me habló de su negocio que pensaba poner, que había podido ahorrar bastante -diecisiete mil pesos, que en esa época era mucha plata-, se la veía contenta con la idea del local de ropa. -Mi mamá me está averiguando en Concepción- dijo. Me comentó también que el novio estaba trabajando, aunque no ganaba mucho, apenas para mantenerse. Estaba inquieta, no dejaba de mover una de sus manos en sentido circular, por encima de la mesa, como si necesitara contarme algo. No quería resultar invasivo, por eso esperé a que se agotaran los temas de conversación. Finalmente se hizo un vacío en el que ninguno dijo más nada, aunque ella seguía moviendo su mano. Presté atención a sus ojos, no tenían el brillo habitual. Las mujeres a nuestro lado seguían hablando de los tragos, las comidas, etc., que servían en el all inclusive.

-Estoy con pérdidas- me respondió cuando le pregunté acerca del embarazo -hace ya una semana. Me duele un poco la panza- se llevó la mano al vientre para graficarlo.
-¿No fueron al médico le pregunté?-.
-Fuimos, pero era muy caro-. Bajó la mirada.

Inmediatamente pensé en los diecisiete mil pesos, ¡tenía la plata! También se me presentaron en la cabeza toda la serie de clisés que la clase media utiliza para clasificar y estigmatizar a las clases populares cuando quiere diferenciarse de éstas, tienen para comprarse zapatillas y no para pagar por su salud, tienen direct tv… etc. Sin embargo, de haberse gastado la plata estaría tirando todo su esfuerzo y por lo que puso su cuerpo durante tanto tiempo. ¿Quién era yo para evaluar su administración económica, aún más cuando no hay un estado dispuesto a protegerla? No pude evitar pensar en las acciones y los deseos como el reflejo del lugar que cada uno ocupa en el espacio de clases, la forma en que se fusionan las estructuras sociales y cognitivas. Por rebuscado que suene me vino todo eso junto con una serie de autores como Bourdieu, Foucault, etc., a la mente. Es mucho más simple el gasto cuando uno tiene en claro que representa una porción mínima de los ahorros y/o se es consciente de que la vida puede darnos una nueva oportunidad. Sin embargo, el futuro como proyección no es más que una utopía burguesa. M. -como gran parte de los sectores populares e inmigrantes- vivía al día, las segundas oportunidades sólo forman parte de los sueños que transmite la televisión, no podía darse ese gusto, mucho menos cuando tenía tan claro el propósito de ese dinero.

M. había desviado su mirada por la ventana, quizá también estuviera prestando atención a la charla de las mujeres de al lado y su mente proyectara la fantasía del paisaje caribeño, después de todo, de alguna u otra forma, todos conocemos Cancún. Un rayo de sol se había posado sobre su nariz. Tenía una nariz pequeña, de líneas rectas. Mientras mi mente divagaba había seguido hablando, lo último que dijo fue algo respecto de la madre o de una madre.

-Perdón- tuve que disculparme -no escuché lo que dijiste-.
-Que la madre de una de las chicas (también paraguaya) me dijo que me pusiera unas pastillas- agregó luego (supongo que serían Oxaprost), -junto con unos yuyos. Desde ahí que tengo pérdidas...-. Se mordió el labio inferior y volvió a bajar la mirada.

Ingenuamente le pregunté si había ido a un hospital. Era obvio que no había ido ni podía ir a ningún hospital.

Pagamos los cafés y nos fuimos directo al Pirovano. La guardia de ginecología estaba en el primer piso. La sala de espera era una habitación de tres por dos, con paredes blancas decoradas con folletos instructivos, y estaba totalmente vacía. En uno de los ángulos había una puerta pequeña, casi empotrada, semejaba más la entrada a un pasadizo secreto o a una cava, que la entrada a un consultorio. En el centro, pegado con cinta adhesiva, un papel de impresora decía en letras negras:

La guardia de ginecología abre a las 5. P. M.

Recién era la una. -Vamos a tener que esperar- dijo M. y me miró. Su anterior seguridad se había desvanecido por completo y su mirada se había vuelto la de una chica de cinco o seis años. Por un momento tuve hasta la sensación de que su misma estatura había disminuido.

Además de pequeña, la sala de espera era algo oscura, por una ventana entraban unos rayos de sol y apenas iluminaban. Poco a poco se fue llenando, a eso de las cuatro rebalsaba de gente, mayormente mujeres y niños. Finalmente, como si alguien hubiera pronunciado las palabras mágicas ábrete sésamo, como pudo abrirse la puerta de la cueva de Ali Babá, la pequeña puerta se abrió y, cual genio que viene a cumplir los deseos, salió una enfermera encajada en un ambo turquesa. -¿Quién está primero?- preguntó. Ambos nos paramos. –Pasa ella- dijo, frenándome la entrada a la cueva. Cuarenta o cincuenta minutos más tarde, la misma enfermera abrió la puerta y preguntó por mi. -M. tiene un aborto incompleto- dijo -y se tiene que quedar para que le hagan un raspaje-. Sus ojos me apuntaban coléricos, casi prendidos fuego, como si estuviera regañando a un chico que se mandó una macana, o peor, apuntalándome como a una especie de delincuente. Me hizo sentir tan avergonzado que estuve a punto de aclararle que yo no había tenido nada que ver (ella daba por descontado que el responsable había sido yo). Le pregunté si podía entrar a verla y me respondió que más tarde, pero que, de todos modos, tenía que salir y entrar por otro pasillo, imitó un camino en zig zag con su brazo.

Esperé un rato sentado junto al resto de las mujeres y niños que ahí esperaban. Pensé en el hospital como institución disciplinaria y su destrato hacia quienes infringen las normas regulatorias. Pensé también que M. no podía venir sola sin temor a que esa institución la “expulsara”. Los dispositivos sociales (los medios de comunicación, la escuela, la familia, etc.) se encargan de regular el modo de pertenencia y apropiación de los espacios sociales. Posiblemente aquella sea la razón por la que terminó recurriendo a mi, aunque nunca lo haya expresado: necesitaba un representante “legítimo” para poder vencer estas barreras. Frente a la institución hospitalaria, ser inmigrante y pobre, opera como un estigma, aún cuando está sea para pobres, ésta mantiene una lógica paternalista y clasista, cuya función sigue siendo, de alguna manera, aleccionar a los sectores populares. Ello, sumado a que el aborto sigue siendo punible, tanto legal como moralmente. Los reproches de la enfermera eran el signo de ello y, si hasta a mi, que cuento con un “habitus” de clase media y estoy acostumbrado a deconstruir esos prejuicios, me hizo sentir incómodo, no es difícil imaginarse la situación de una persona desprotegida ante esta clase de interpelaciones.

Un chiquito que correteaba con una pelota de goma de un lado al otro de la sala de espera, se estrelló contra una de mis piernas y me sacó del letargo. Asumí que ya había pasado suficiente tiempo y seguí las instrucciones de la enfermera. Atravesé el pasillo, continué el zig zag tal cual había indicado su brazo y, finalmente, tras pasar una puerta de doble hoja, entré a la sala de cuidados intermedios. Las paredes también estaban decoradas con folletos e instructivos. Intenté reconocerla entre el mar de camas que se despliegan de dos en dos entre los biombos celestes. Apenas la reconocí acurrucada en una de éstas, cierta pesadumbre invadía su rostro, sus ojos estaban apagados y se la notaba muy alejada de su frescura habitual. Se me cruzó la imagen de la primera vez que la vi, caminando a los saltos, recorriendo aquel bar, jugando con el sonido de la rocola. Habían pasado algunos meses desde que la conocí, sin embargo, se me hizo la idea de que fueron varios años.

Esta experiencia tuvo lugar fácilmente diez o doce años atrás, si no más, por lo que algunos detalles se me escapan (por ejemplo, no recuerdo si cuando entré a la sala ya le habían hecho o no el raspaje. Tampoco recuerdo si las pastillas las tomó o se las aplicó directamente en la vagina. En ese momento no tenía absolutamente ninguna idea de lo qué era el misoprostol ni cual era la mejor forma de aplicarlo por lo que ni siquiera entré en esos detalles). Al problema de género, sumado a la cuestión de clases, la prostitución y el rol de ciertas instituciones, etc., se sumaba otro: el sólo uso del misoprostol no resolvió definitivamente el problema del aborto. Esto hace necesario que exista mayor información pública respecto a su utilización y que las instituciones estén abiertas y preparadas, tanto legal como éticamente para recibir estos casos.

Al verme sus ojos recobraron cierta luminosidad, sé que no se trataba tanto por mi como persona, como ante la localización de algo familiar entre aquella incerteza general. -Tengo que quedarme hasta mañana- me dijo, con la voz algo ronca, y me pidió que fuera a comprarle una tarjeta de teléfono para poder avisarle al novio.

En este sentido, y para terminar, me surge la pregunta obvia, ¿qué hubiera sucedido con M. de no haber acudido a un hospital?

jueves, 15 de febrero de 2018

LLegados a este punto me pregunto lo esencial: ¿Existe una filosofía de la obscenidad? ¿Tenemos necesidad de lo obsceno? ¿Nos aporta algo? Mucho se ha escrito sobre el tema, ya sabemos. Y nuestra mente enseguida recala en el Marqués de Sade, en Celine, Bukowski, Henry Miller. En idioma español no hay grandes obscenos. Somos más bien pocos porque la Iglesia se ha ocupado durante dos mil años de inyectarnos suficiente culpabilidad. Estamos sobresaturados de culpabilidad. Ahora  respondo mis preguntas: Sí, la obscenidad es necesaria, tan necesaria como el amor, la muerte, el ansia de poder y cualquiera de los grandes temas de la literatura y el arte. La literatura es un instrumento de exploración del ser humano. Un escritor consecuente con su oficio no debe detenerse ante la oscuridad. Luces y sombras. Día y noche. Ying y Yang. Todo hay que conocerlo. Todo hay que decirlo. Oscuridades y tinieblas. Somos un maravillloso amasijo de luces y sombras y toca al escritor experimentar, indagar, exponer...y después asumir las consecuencias por ser provocativo y molesto.

Jose Pedró Gutirérrez.

sábado, 27 de enero de 2018

Signos

Siempre tuve un espíritu romántico y algo melancólico. Ya de chico cuando todos se iban a jugar al fútbol yo prefería perderme por ahí, en el campo, al borde de un arroyo, en una choza que habíamos construido y quedarme al sol, mirando correr el agua e imaginando toda clase de cosas. Teníamos una casa en un Country Club cerca de Pilar, estaba en medio del campo, muy distinto a lo que es hoy que se pusieron de moda y linda con otros Countries o barrios privados y nunca deja de haber casas, autos y motos circulando por todas partes. Antes no, uno cruzaba los alambrados y se encontraba en medio del monte, entre vacas y arbustos añejos desde donde podía verse un horizonte de pastizales. En el fondo del Country había un portón de rejas por el que uno podía fugarse fácilmente, la seguridad no era un tema apremiante y nadie estaba pendiente de quién podía entrar a robarle. Es por eso que aquel portón muchas veces quedaba abierto y a mi me significaba ahorrarme tener que estar saltando alambrados.

Siempre busqué los límites, ya sean territoriales como en ese momento, luego simbólicos si se quiere, a través de los viajes, la literatura o el pensamiento político. Mi viejo intentaba hacerme sentir culpable, era bastante rústico y sus reproches estaban orientados hacia allí, podía notárselo en su rostro, qué pasa con mi hijo que no cumple el rol de varoncito yéndose a jugar al fútbol como todo el mundoEl aventurarse en terrenos imaginarios, literarios, etc., era visto -y aun lo sigue siendo- como una actitud algo femenina o no del todo masculina. Nunca fui amanerado, ni tenía rasgo alguno que pudiera hacerlo desconfiar, pero supongo que aquello de alguna manera lo asustaba -de todos modos nunca hubiera estado conforme, él nunca estaba conforme con nada que yo hiciera-. 

Algo en la soledad siempre me gustó y me hizo sentir cómodo, a pesar de mis constantes esfuerzos por encajar en un paradigma distinto que impone el rebaño como lógica, yendo a jugar al fútbol o a cuánto deporte existiera (esto te va a servir para relacionarte con gente cuando seas grande, me decía mi viejo, siempre pensando en los negocios, claro. De todos modos le agradezco, tengo un físico completamente moldeable para los deportes y no tardo más que algunos minutos en adaptarme hasta el más extraño y realizarlo en forma más que decente), y más adelante en salidas a boliches o bares con amigos en los que nunca terminaba de sentirme cómodo, nunca logré vencer ciertas resistencias. No es que no soporte los grupos, soy una persona bastante sociable, pero por un rato, luego me canso y necesito estar solo. 

La cuestión es que me adentraba por esos territorios casi vírgenes y ahí me quedaba. Al borde del Country corría un riacho frente al que me sentaba y podía estarme horas mirando correr el agua. El sólo hecho de sentir el sol de invierno posarse sobre mi piel era suficiente para estarme ahí durante mucho tiempo. A diferencia de la mayoría de las personas, lo más importante en mi vida siempre sucedió de mi cabeza para adentro. Soy un viajero nato y, más allá de que mi cuerpo se viera quieto o estático, mi mente se desplazaba de un lugar a otro a la velocidad luz y sin pausa. 

Lo único que me llamaba la atención era que no me gustara la pesca, cualquiera diría que ese es el deporte de los pensadores y los solitarios, un desafío al tiempo prácticamente. El pescador y su soledad, esperando que ocurra ese quiebre cuando la boya se hunde entre las aguas -abriendo esas hondas marinas para todas partes- y es menester calcular cuando dar el tirón. Sin embargo, nunca soporté la pesca, para eso se requiere de paciencia y eso es algo de lo que carezco absolutamente. Que pudiera quedarme sentado durante horas no estaba en lo más mínimo relacionado a la paciencia, como intentaba explicar, mi mente siempre fue un torbellino en el que ocurren infinidad de cosas por segundo. La pesca es otra cosa, un uso del tiempo distinto, una relación de par con unos peces que están ahí para medir la paciencia del pescador: por alguna razón siempre saben quién es dueño de ésta y quién no. Las veces que lo intenté nunca pude sacar nada más que el anzuelo vacío, ese cuerpo de metal reluciente al rayo del sol, como si esos pececitos se burlaran de mí debajo del agua mientras jugaban a robarme la carnada. Sumado a eso tengo un espíritu demasiado sensible y hasta los peces me dan pena cuando los sacan con el anzuelo entre los labios, ni hablar cuando se les incrusta hasta la garganta y hay que torcerles el pequeño pescuezo para quitárselo y volverlos a tirar al arroyo. La pesca siempre me pareció algo cruel. 

Quizá mi viejo tuviera razón y hubiera algo femenino adentro mío que él trataba de evitar que se desarrollara, no lo sé. Si sé que cuando era más joven tenía enorme terror a ser homosexual, tanto que me horrorizaba no tener una erección al estar con una mujer, no poder "cumplir", etc. Lo cierto también es que las mujeres siempre me volvieron loco, en todo sentido. Mi viejo trabajaba con mujeres del espectáculo a las que me era completamente normal ver semidesnudas por todas partes, a lo que mi vieja me llenaba la cabeza con que eran todas putas y lo único que querían era la plata de mi viejo. Aquello me generó un desorden mental enorme que ameritó bastante tiempo de psicoanálisis. 

Por esas curiosidades que tiene la mente humana, cuando no puede procesar algo correctamente lo disocia -principio básico del psicoanálisis-, entonces estaban las "mujeres" por un lado y las "prostitutas" -que me encantaban- por otro. Si una mujer va a estar por dinero con un hombre, mejor aclararlo de antemano para que no queden dudas ni haya malos entendidos. Eso me aliviaba bastante la cosa. El resto quizá eran mujeres desexualizadas que terminaban por aburrirme pronto. Cuando intentaba unificar los polos me traía bastantes problemas, por eso siempre me costó ponerme de novio. En algún momento de la relación fantaseaba con que ésta era una prostituta, y cuando digo fantaseaba no me refiero al concepto vulgar de fantasía que se utiliza comúnmente, sino al uso psicoanalítico que toma fantasía por realidad: por momentos estaba totalmente convencido de ello y hasta me tomaba el trabajo de averiguar cómo es que trabajaba. Cualquiera podría pensar en aquello como un paso necesario para la libidinización, sin embargo a veces causaba el efecto opuesto, aquello significaba un amor interesado -algo ridículo si uno pensaba en mi patrimonio del que prácticamente me había ido despojando, supongo que por esta misma razón: la búsqueda de un supuesto amor puro-; no era a mi lo que querían, sino algo que yo tenía y no era mío, y por momentos me quitaba totalmente el deseo. 


El despojo sea quizá uno de los nudos principales en mi vida, siempre bromeo con que, como algunas monjas o curas, en algún momento de ésta hice votos de pobreza. Solamente que no puedo ubicar el momento exacto en que sucedió. Además de todo eso soy impulsivo y extremista en mis decisiones, y heredé el autoritarismo y ciertos rasgos violentos de mi viejo que anularlos me causa problemas por otros flancos, como si uno no pudiera elegir con qué parte del combo quedarse o existiera un equilibrio que no se puede romper solamente quitando de un lado. Sé perfectamente que la eliminación -o el intento de eliminación- de la violencia de mi persona me causó muchos desbalanceos emocionales que todavía estoy tratando de regular. Como decía, no se puede simplemente quitar de un lado sin poner en otro para restablecer cierto equilibro, es antinatural. El problema es que no tengo del todo claro qué es lo que debería poner "del otro" y eso por momentos me vuelve algo inseguro e inestable. 

Volviendo a la cuestión sexual soy completamente irregular, como en el resto de mi vida. Se supone que estoy bajo la égida de Escorpio, un signo sexual por excelencia. Sin embargo, depende mucho de mi interés y de otras cuestiones ligadas al deseo. Me encanta el sexo, me encanta lo que hay detrás o debajo de éste, y siempre voy por más, -ya dije que busco naturalmente los límites-. Sin embargo, en este campo también soy extremista, puedo garantizar la mejor experiencia sexual como la peor. No me esfuerzo en absoluto, me sale naturalmente o no pasa nada, y tampoco necesito hacerlo porque sí; puedo estar meses sin estar con nadie si no encuentro alguien que realmente me cautive. 

La soledad es otra cuestión ambigua o paradójica. Me encanta y a la vez no la soporto, tiendo naturalmente a ella -la mayoría de mis viajes los hago solo, hasta los imaginarios- pero en mi cabeza se mezclan toda esta serie de mandatos ya mencionados en relación a lo grupal, a la pareja, etc. -incluso termino exigiéndole al otro cosas en las que ni siquiera creo o siento-. Quizá ahí radique el hecho de que no me guste la pesca, para ser un buen pescador hay que aprender a manejar la soledad. 

A veces tengo la idea de que toda mi vida se organizó en esas idas "al campo" detrás del Country, que todo mi futuro estaba contenido en esas aguas sucias que corrían por el arroyo que me sentaba a contemplar al rayo del sol. Quizá había algo que no comprendí, un código que serpenteaba entre las piedras o en el verdín que se aferraba a éstas, como una especie de cifrado. Un giro a la izquierda, una rama cortando el paso,el salto de una roca o el simple sonido de las aguas. Un destino inmanente ahí condensado que se iría desplegando con los años. No tengo dudas de que existe un destino regido por una serie de códigos ocultos que cada tanto se manifiestan en una serie de sincronicidades o hechos que aparentan ser casuales pero que de casuales no tienen nada. El problema es saber leer esos signos, poder articularlos y darles un sentido. Eso es lo más complejo, porque incluso leerlos de manera errónea puede llevar a los lugares equivocados, a callejones sin salida o a destinos trágicos. 

Como siempre digo, el problema respecto al destino no tiene tanto que ver con no saber lo que va a ocurrir como con no poder reconocer a los personajes en esa trama, esa fue la tragedia de Edipo y ese el problema de las tragedias en general. Edipo sabía perfectamente desde el comienzo lo que iba a sucederle, ya se lo había anticipado el oráculo y es por eso que deja "su" tierra, a su supuesta madre y a su padre, etc. Sin embargo, confunde a los personajes y eso provoca su caída. Lo mismo le ocurrió al Imperio Azteca, sabían que un dios estaba a punto de presentarse por el mar desde occidente pero confundieron a los dioses con los españoles, y cuando pudieron distinguirlos ya era demasiado tarde. 

Ese es el problema de los "signos" en general, cada tanto aparecen marcas que los ponen en evidencia -puedo recordar decenas de ellos en mi vida-, que manifiestan claramente que existe un hilo rector que los organiza, pero por ahora siento que estoy muy lejos de poder darles el sentido correcto, aunque por momentos me acerque y reconozca fragmentos que pueden ligar uno con otro. En definitiva, de eso se trata, de poder ligar los significados. 

Todos mis amores fueron anticipados por algún relato que había escrito previamente. En algunos casos, los nombres eran exactos a las protagonistas de mis cuentos o novelas, en otros se trataba de nombres velados pero que escondían una descripción precisa respecto de su personalidad. Me encontré con Sonia por ejemplo cinco años después de haberla nombrado protagonista de mi primera novela, mucho tiempo después a Mariana, aunque no se llamara así, cualquiera que lea el cuento que la tiene como protagonista no podrá dudar un segundo que se trataba de ella. 

Luego hay conexiones que tienen más que que ver con desplazamientos metonímicos, tal como los aplicaban los surrealistas y como los retoma Lacan cuando vuelve el psicoanálisis sobre el significante. Por ejemplo Andrea, mi novia de México, su apellido era García, y tenía un gato que se llamaba Teodoro. Sonia, mi novia posterior vivía en la calle Teodoro García, resulta más que evidente que entre aquellos significantes se esconde un juego de significados encriptado que atraviesa mi vida y que permite leer uno a partir del otro, lo difícil es poder descifrar el sentido final que esconde aquello que no es más que un acertijo. A principios de los noventa mi viejo trajo al Cabaret Tropicana de Cuba con el que fuimos a hacer un show a Rosario. Sus integrantes insistieron con que querían conocer el edificio en donde nació el Che. Entramos al edificio, al palier, no al departamento porque no se sabe en cuál nació, además es un edificio de gente conservadora a la que no le gusta que anden pululando extraños por ahí, mucho menos recordando al Che. Un año después, en un pueblito de veraneo del sur de Brasil llamado Capao da Canoa, conocí a Clara, mi primera novia, y no solo resultó ser rosarina, sino que vivía en ese mismo edificio de la calle Entre Ríos 480, frente a un café que se llamaba La Máquina. 

Otro caso interesante fue a los veintitrés o veinticuatro años, no recuerdo bien. Yo venía sufriendo unos ataques intensos de angustia y decidí a ir a ver a un siquiatra por mi obra social. Daniel Irese se llamaba, un tipo bastante mediocre -como la mayoría de los siquiatras imagino-, con el que asistí unas cuantas sesiones hasta que se le ocurrió darme su versión sobre el Proceso y no volví a verlo. Justo al mismo tiempo estaba cursando uno de los talleres obligatorios de la carrera de Comunicación, con un profesor bastante mediocre también que se llamaba Ariel Direse. De no ser por la primera R de Ariel y Daniel, el intercambio perfecto, uno agregaba la D en el nombre que le faltaba al otro en el apellido. Unos meses más tarde deje de asistir también. Es fácil suponer que detrás de esa ecuación habría algo más que dos mediocres y dos abandonos. 

Una mañana antes de tomar finales en una Universidad de Palermo, una alumna me entregó un ensayo respecto de los imaginarios de los colombianos que vivían en Estados Unidos. Apenas me senté en la mesa de final me puse a ojear su trabajo y no pasaron ni dos minutos que al docente junto al que estaba sentado le sonó el celular. Atendió y mantuvo una pequeña conversación en la que dijo textual: -está bien, nos encontramos frente a la embajada de Estados Unidos, sí, en la calle Colombia-. Fue tal mi asombro que le mostré el ensayo en el que ya en título se leían las palabras Estados Unidos y Colombia (o colombianos, que era prácticamente lo mismo). Este se rió y lo tomó como una curiosidad, creo que sin terminar de comprender el cifrado que mantenía semejante secuencia. 

Otros son los casos de nombres propios de lugares que ya he descripto minuciosamente en alguna otra novela, que aluden a la inmanencia de la historia que aquello desencadena, incluso nombres o cosas con las que uno sueña y que más tarde se encuentra. Curiosamente Soledad -un significante que se viene desplazando a través de los años- se llamaba mi primera noviecita del jardín, cuando apenas tenía cuatro o cinco años (aunque ya tuviera desarrollado de sobra este espíritu romántico). Mi psicóloga, en Boedo, a sólo una cuadra... De todos modos el problema radica en la anticipación o en poder desentrañar aquello para poder transformarlo en otra cosa, en encontrar quizá la piedra Rosetta que abra a la lectura de los jeroglíficos. 

martes, 23 de enero de 2018

Algún día nos vamos a encontrar, nos abrazaremos y sabremos que nada ha pasado. Ni siquiera vamos a necesitar palabras, solo el roce de ambos cuerpos y la certeza de este amor infinito. 

sábado, 6 de enero de 2018

Las vides

Ahí estás, entre el velo de la noche, perdido, moviendo engranajes oxidados, devanándote los sesos, debatiéndote entre hacer o no. El viento sopla frío una vez más, tan raro te decís, para esta época. Un Enero de hace quince años, oscuro como pocos. Ahí estás, mascullado tus acciones, entre dar rienda a la vendimia o dejar tu ser aprisionado y aplacado para que de una vez por todas los recuerdos se pudran. Las uvas, te llaman la atención las uvas que se desprenden de esos arbolitos centenarios que clavan sus raíces en la piedra.
Pero a la vez sabés que por más que los dejes, la putrefacción envenena y no hay recipiente que pueda contener aquello que crece como una peste que tarde o temprano se expande fagocitándolo todo. Las raíces de una enredadera que lo toma todo, que te abraza sin que puedas evitarlo. Las vides. 
Ahí estás entre la noche, junto al viento silente que sopla frío, pensando y repensando, qué será, que sería si...
Las vides nuevamente. Un Enero extrañamente frío.
Un roedor que se arrastra. Escuchas el graznido de sus pasos que se mueven de a cientos, sus patitas marchando, chocando contra el piso de baldosas, marcando el tiempo de la noche. Un reloj que te alarma con su aguja, una flecha que se te clava en la consciencia y no te deja ir. Siempre, siempre ahí. Clavado, pensás, y te reís. Y sí, y sí, y sí...? Querés detenerlo pero nunca lo hace, querés acelerarlo diez, quince mil años pero de nada sirve. Ahí estás, siempre rumiante preguntándote que sería si... 
No cambia, nada cambia, nada... solo las vides que crecen cada vez más fuertes y robustas clavando sus raíces entre las piedras. No hay caso, te decís. Es imposible.
Si las calles no tuvieran esa capa de alquitrán, si los cielos, si la tierra, si la historia, si las nubes fueran verdaderos recipientes de agua contenida, gatos dubitantes que circulan silenciosos, si... 
Si todo siempre quedara en el mismo sitio, si el tiempo fuera sólo un invento de la humanidad para mentirnos y hacernos creer que avanzamos hacia ningún lado. 
Las cosas siempre quedan en el mismo sitio, lo sabés, veinte, treinta años. Quizá más. Las vides, un Enero frío, quince años atrás como si todo estuviera destinado a repetirse.
Ahí estás con tus dedos rozando la pantalla, en el teclado, rumiante, dudando una vez más...