martes, 25 de abril de 2017

computadora

Escribía en uno de los cafés que dan al Tomebamba, el Café Magnolia -ciertamente, trataba de escribir porque empezaba una y otra vez y borraba cada línea. Nada me convencía- cuando un hombre se me acercó. Vestía con una campera deportiva, Adidas. Se lo notaba algo desarreglado. El sol estaba fuerte por lo que tuvo que usar su mano como visera para mirarme. Yo me encontraba bajo el alero del café. 

-¿Este es el Parque del carbón?- me preguntó, señalándome el verde que se abría enfrente. 
-No tengo idea- respondí. 

Se quedó algunos segundos inspeccionando mi computadora, de tal modo que me puso algo incómodo. -¿Lo puedo ayudar en algo?- le pregunté. Alcanzó a esbozar un gemido y desapareció. Daba la impresión de que esperaba a alguien. 

Cerré la máquina y me puse a leer. Intentaba terminar un libro sobre la historia de los boleros, pero enseguida volví a abrir la máquina creyendo que una idea se había iluminado en mi cabeza. Fue una falsa alarma, escribí dos o tres líneas que tuve que borrar. Justo cuando estaba por cerrar la computadora el hombre de la campera deportiva volvió a aparecer. Caminaba junto a una mujer, entrada en carnes, vestida con un chal de lana rojo sobre la espalda, tenía una trenza de pelo muy oscuro que caía por su hombro izquierdo. Por la forma en que se relacionaban debía ser su mujer. Se pararon justo a unos metros delante de mi mesa. Miraban la computadora y hablaban entre sí, en voz muy baja. No alcanzaba a comprender lo que decían, sólo algunos balbuceos, quizá estuvieran hablando en quechua. Me hacían sentir algo incómodo.

-¿Necesitan algo?- volví a preguntarles. El hombre se acercó, amablemente.
-Creo que sí, necesitamos una computadora como esa- dijo, estirando apenas el dedo índice, tímidamente, señalando la máquina. -Es para nuestro hijo, quiere empezar la carrera de diseño en la Universidad de Cuenca... -hizo una pausa -y le aconsejaron que se consiga una. Nosotros en un primer momento nos opusimos, no nos podemos dar ese lujo, pero luego nos hizo entender que era imprescindible, hoy todo se hace con computadora. Más en esa área-. Dijo esa área como quién habla de un tema que desconoce completamente.
-Posiblemente- esbocé, intentando mostrarme comprensivo. No podía dejar de alegrarme que una persona de clase baja pudiera acceder a la educación de grado. -Qué bueno que pueda ir a la universidad- dije, y su rostro se transformó, perdiendo el gesto amable.
-¿Por qué? ¿Nosotros no tenemos derecho a ir a la universidad?- preguntó.
-Claro que sí- respondí -yo no dije eso-. En ese momento comprendí que cualquier comentario que hiciera iba a quedar desencajado, y mi alegría ciertamente no dejaba de ser producto de la condescendencia.
-¿Entonces?- preguntó, incomodándome.
-Entonces...- no supe bien qué responder -que me alegro- repetí.
-¿De la computadora?-. 
-¿Qué tiene la computadora? Le puedo recomendar la marca- dije ingenuamente -aunque ésta no me convence demasiado-.
-¿Tiene otra?- preguntó, tenía una extraña capacidad para ponerme incómodo.
-Sí, pero no estaba andando muy bien, y la cambié por ésta-. La levanté un poco de la mesa, enseñándosela. 
-Entonces tiene dos-
-Sí, pero la otra...-. En aquel momento se acercó su mujer y no me dejó terminar la frase. Caminaba con las manos agarradas, adelante de su vientre, también tímidamente. 
-¿Le dijiste?- le preguntó al marido.
-Ahorita estaba por...- tampoco le dejó terminar la frase. 
-¡Ahorita es ahorita!- dijo en forma imperativa. 
-Perdón- esbocé, ya algo nervioso -si me dijo qué-.
-Lo de la computadora- dijo él, sumiso, -¿no es cierto que le he dicho lo de la computadora?- dijo mirando a su mujer.
-Sí- respondí -que necesitan una computadora para su hijo-.

Repentinamente el sol desapareció y comenzaron a caer algunas gotas. Cuenca tiene eso, su clima es caprichoso y nunca se sabe, menos en abril. 

-¿Podemos guarecernos bajo el alero?- preguntó él, volviendo a su anterior amabilidad. 
-Claro- dije, ya algo inseguro. 

domingo, 23 de abril de 2017

Entrada

-Son de mi pueblo- le dijo ella, en español, con su acento francés - viven a cinco minutos de donde nací-. El bus avanzaba veloz, de curva en curva, empujándonos contra uno y otro de los laterales. Entre Ayampe y Entrada hay un cerro con un camino escarpado que los buses escalan a toda velocidad, los choferes ecuatorianos adoran tomar las curvas a toda máquina, no sé si por gusto a sentir el balanceo de la carrocería, o para probar su destreza. Entonces el bus se mueve de un lado a otro, el motor ruge forzado en las subidas y traccionando, a causa de los rebajes, en las bajadas. Como siga así nos vamos por el barranco, pensaba, mientras hacía que leía. 

Tenía un libro de Carver que ojeaba sólo para disimular, me interesaba la relación entre ellos. El era casi un Inca, pómulos pronunciados, bajito, pecho ancho, nariz achatada, los ojos juntos y la piel curtida. Ella típica europea, con su rasgos ligeros, ojos claros, nariz respingada, pequeña, tez blanca, aunque sus mejillas algo coloradas por el sol, etc. Tenía un pareo sobre la biquini, él unas bermudas y el torso desnudo. Ambos viajaban con sus tablas, al igual que la otra pareja de franceses con la que ella conversaba. Cuando la marea entra fuerte en Ayampe mejor ir hasta Entrada, sobretodo para los principiantes. Allí se forma una ola suave y regular que recorre la línea perpendicular de la Bahía, dibujando aquella imagen maravillosa verdeazulada, de rectas oblicuas que pegan contra la playa. 

Seguía con los ojos puestos sobre el libro, aunque echaba miradas de reojo inspeccionando el asunto. Intentaba desentrañar la lógica de aquella atracción, él ni siquiera daba con el prototipo de surfista esmeraldeño -mulato, con sus músculos y abdominales marcados y sus cabellos rizados aclarados por el sol y la parafina-, era más bien un serrano arrancado a las sierras y puesto sobre la playa, con su gran caja toráxica, su nariz inca y sus cabellos lacios, a medio crecer. De todos modos, no era eso lo que más me llamaba la atención. Venciendo los prejuicios estéticos -quién sabe qué motivos uno encuentra respecto a la atracción física-, lo que me intrigaba era el problema respecto a la comunicación. Porque se escucha aquello de que el amor es cosa universal, etc., pero la comunicación en general -más allá de los condimentos gestuales- se construye con palabras, y ella apenas hablaba español y el manejo de él respecto del inglés -y menos que menos el francés-, era totalmente nulo.

Cuando el bus pasó por la entrada a Cantalapiedra alcanzó su máxima velocidad y yo volví a pensar en el barranco que, junto a toda esa vegetación, se habría a nuestra derecha desde lo alto y daba contra un mar azulado hermoso. Estábamos a casi cien metros sobre el nivel del mar. Imaginé el rebaje y el rugido que el motor haría en la siguiente curva, y así fue, tan abrupto que produjo un estallido que hizo que la carrocería temblara y todos nos bamboleáramos hacia el lado derecho. El abismo se vio aun más cerca.  

Ella se había sentado en uno de los apoyamanos justo detrás de la pareja de franceses y conversaba displicente. Cada tanto giraba su cabeza para mirarlo a él, que se había sentado un par de hileras más atrás, y que no se sintiera excluido, acotando algún fragmento inútil de la conversación, como no sabes, viajan tres veces al año, sorprendida -o sobreactuando cierta sorpresa-. A lo que el serrano la acompañaba con una mirada entre extrañada e incrédula, seguramente no hubiera salido del Ecuador, y viajar tres veces al año fuera para él una abstracción análoga a la imagen de un átomo para el resto. No se lo notaba cómodo con la situación, sino más bien algo desencajado. No sabía bien dónde ubicarse y recorría con su mirada el interior del bus. En uno de esos recorridos nuestras miradas se cruzaron, sus ojos guardaban cierta necesidad. Repentinamente me lo imaginé viviendo en París o en algún lugar de Europa, se me presentó como una imagen borrosa y solitaria debajo de la eterna llovizna y los cielos grises. Entonces la diferencia se me hizo aún más pronunciada, las diferencias climáticas pueden ser más importantes de lo que parecen. 

El bus paró en Entrada y los cuatro bajaron con sus tablas, yo seguía hasta Olón. Los vi alejarse desde la ventana, los tres franceses caminando adelante y el serrano detrás. Volví a imaginármelo solitario bajo la lluvia parisina, sin saber qué hacer o a dónde ir. Miré el mar y aquella postal hermosa, esa hilera de olas verdes, iluminadas por el sol, haciendo fila para descargar su potencia contra la playa. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Frisky






No recordaba que conviene soportar con paciencia
 y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado
 de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos,
 no ofrecer resistencia, ser un corcho, 
limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, 
sumergirse apenas, si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo...

M. Vargas Llosa.




Se acerca hasta la playa y levanta la vista. El sol se mete entre el islote, tiñendo el horizonte de un rojo azulado. Es raro verlo fuera de la casa, ya apenas sale de su cuarto. Tiene sesenta, quizás sesenta y cinco años. Sus músculos se adivinan ausentes entre la remera negra sin mangas. Es fácil intuir que alguna vez debieron estar marcados. Su semblante guarda un dejo taciturno y su caminar es algo inestable, sin embargo, se mantiene fuerte y no se queja. Quizá porque no tiene deudas pendientes, o porque vivió siempre cerca del mar, contagiado por ese ir y venir que tienen las mareas y los vientos marinos, ese traer y llevar, revolviendo la arena y la sal del fondo a la superficie y viceversa. -No pasaba un día sin correr- me dice, al percibir mi presencia entre los arbustos -de mañana y de tarde, recién salía cuando ya era de noche-. No deja de mirar el sol en el poniente, buscando el recuerdo de una de esas olas que, como algunas mujeres o canciones, se quedan ahí para pensarse toda la vida. Los estruendos llegan hasta nosotros. -Está bravo- dice.

Ya no tiene las fuerzas para luchar contra el mar, su masa muscular se está consumiendo de a poco y le recomendaron evitar esfuerzos. -Uno de estos días agarro mi tabla y... - dice, esbozando una pequeña sonrisa. Por un instante adquiere un aire infantil y alcanzo a verlo treinta, cuarenta años atrás, con la tabla pegada a la cintura, riéndose y caminando hacia el mar. Al instante emite un quejido, y se toca la panza, a la altura del riñón. No puedo evitar la comparación con Alfonsina, pequeña, entrando al mar, perdiéndose entre las olas para no volver. Aunque Frisky no es pequeño, mide casi un metro ochenta y más allá de su delgadez, es fácil intuir su anterior fortaleza.

Una perra mediana, blanca, con manchas negras en el lomo, se echa a sus pies. Hace ya unos años adopta cuanto perro o gato se cruza por la casa. Flexiona las piernas para acariciarla, le pasa la mano por el lomo, desde la cabeza hasta la cola, sin dejar de mirar el mar. -Ahí, torciendo el cabo se forma una ola buenasa, Cantalapiedra- me dice, y me clava unos ojos verdes que resaltan su calvicie. -Se levanta pareja como tres metros, y hay que saber cogerla porque no te perdona-. Hace un gesto con el brazo, imitando la rompiente. -Rompe casi contra el acantilado y si no la tomas bien te da contra la piedra. De cuando en cuando tienen que sacar a alguno, el mar se empecina y no te suelta, como si se estuviera vengando, te da una y otra vez contra la pared-. Junta los labios y los mueve hacia el costado, al mismo tiempo que abre grandes los ojos -No para hasta romperte la cabeza. Nadando no salís-. Echa otro suspiro, cansado. Pierde nuevamente su mirada en el horizonte. Se escucha el estruendo potente de una ola. 

Su tranquilidad me causa cierta envidia, quizá a causa de su entereza, o por encontrarse tan a mano con la vida. No le queda más que esperar, tiene para cinco, seis meses como mucho. Lo sabe pero no lo demuestra. Tiene un aspecto satisfecho. El sol se pone definitivamente y sólo se percibe su rastro sobre el mar. El azul rojizo anterior se fue transformando en un violeta intenso metalizado que pronto terminará de oscurecerse hasta tornarse definitivamente negro. Apenas hay unas nubes, casi sobre los islotes. Espera dos minutos más, siempre con su mirada perdida. Su semblante se recorta contra la península remarcando su nariz curva. No hace un movimiento de más. Se muestra estoico. Echa otro suspiro, como si finalmente hubiese terminado de reconstruir el recuerdo, voltea y se mete por el porche de entrada a la casa. -Así es...- dice cuando se está yendo con una voz apenas perceptible. La perra duda unos instantes y sale detrás suyo. Se escucha el chirrido de la pequeña roldana que hace de contrapeso y luego el chasquido de la puerta al golpear contra la madera del portal.

martes, 4 de abril de 2017

Morrison Apartments






Let me sleep all night in your soul kitchen
Warm my mind near your gentle stove
Turn me out and I'll wander baby
Stumblin' in the neon grove




Morrison apartments o Morrinson building, le llaman, debido a la estadía de Jim durante un verano que se le hizo eterno y dónde aprendió a ser californiano. Un tiempo de mi vida lo pasé en aquel lugar. Caí por casualidad, supongo, al igual que Jim. Nadie planea vivir ahí. Venice Beach es el barrio, un lugar extraño en aquel momento -no sé hoy-, donde habitaba la rareza angelical, donde se conseguía lo que en otros lados no, donde se recluían los inadaptados o desadaptados de Los Ângeles.

Morrison apartments. Muchas veces lo confunden con el otro, el edificio que da contra el boardwalk, casi sobre la Winward, en donde pintaron el mural con su enorme figura que aparece en cuanta película se filma por ahí. Un Morrison gigante, con Jean y en cueros, que refracta lo esperable a los turistas. Pero en ese no vivió sino en éste, menos glamoroso, durante los sesenta.

Ahí mismo, casi en la entrada, estacionaba mi auto -un Subaru blanco, viejito pero durable, que compré en una subasta por ochocientos dólares-, cuando llegaba de la parrilla en donde laburaba. Una parrilla que puso un argentino que quiso ser actor -como la mayoría de los que se mudan a Los ángeles- y vio morir su sueño, aunque en el camino se hizo millonario con esos restaurantes que emulan la comida argentina pero que en el fondo todo tiene ese sabor a simulacro que adquieren inevitablemente las cosas en Estados Unidos. Comida plástica, paredes plásticas, sueños plásticos, una vida plástica...

Por ese portón metálico salía con mi tabla cada mañana, a eso de las seis y recorría caminando los ciento cincuenta, doscientos, metros que nos separaban del mar. O más temprano, a eso de las cinco si es que teníamos ganas de recorrer playas mas lejanas pero con mayor oleaje como Malibú, Manhattan o Huntington beach, y llegar cuando el mar todavía no estaba picado. Apenas amanecía pero el mar era un glasss...

Ahí vivíamos Pablo, Ulises y yo, sin esperar nada. Sin sospechar que la muerte se nos acercaba o especular con ella, la muerte era algo lejano, sin espectro aún en nuestras cabezas, por lo menos no en la mía. Teníamos dieciocho años y vivíamos al día, sin angustias. De cuando en cuando aparecía Nicolás viejo amigo de la infancia que también había terminado ahí. Por la noche lo esperábamos llegar a Pablo con los six packs de cerveza Elefante después de trabajar en el estacionamiento, fumábamos hachís -que como buen español sabía conseguir- y escuchábamos a Santana o Led Zeppelin -sus bandas favoritas-. Quién sabe salíamos a recorrer esas calles que durante el día se llenaban de turistas y de noche permanecían vacías pero plagadas de fantasmas: guitarristas en patines con turbantes en la cabeza, malabaristas con sierras eléctricas, multinstrumentistas, borrachos, homeless, acumuladores de basura, estafadores, etc.

Entonces Venice era un barrio marginal adónde vivían putos, artistas, sicóticos, drogadictos, moribundos, etc. Era raro encontrar gente "normal". Pasear a la noche por Venice era una aventura, uno no sabía dónde podía terminar. La "gente" se atraía hasta ella durante el día a causa de su rareza pero sólo a pocos se les ocurría vivir ahí. Era una parte de Los Angeles inexplorada, como anexada. Misteriosa. No era extraño que por las noches se entreveraran los gangs en esa eterna rivalidad impuesta entre negros y latinos, y que apareciera algún herido de bala o algún muerto. -¿Ahí vivís?- te respondían cuando les contabas -¡wild!-. Era una de esas zonas que persisten bajo el amparo de la expiación, lo necesariamente descontrolado. El lado B. Sabemos que no hay nada incontrolable en los Estados Unidos.

Morrison apartments. One bedroom. Una puerta corrediza separaba la habitación en dos dejando cierta intimidad por si alguno volvía acompañado. No era más que eso, un cuarto de tres por dos -aún recuerdo las paredes turquesas con los marcos blancos- con un baño, una cocina diminuta y un placar que usábamos para guardar las tablas y los trajes de surf. El piso alfombrado y regado de latas de cerveza y colillas de cigarrillo. En cualquier otra ciudad quedaría algún residente en el edificio al que preguntarle, que pudiera decir algo sobre Morrison, sobre ese verano eterno que pasó ahí, que lo formó como artista. Alguien que lo haya conocido o tratado. Si era flaco y alto, escurridizo, ya drogadicto, insoportable, etc. Pero eso no pasa en Los Angeles, menos en Venice, donde nadie construye lazos, donde todos están de paso y al poco tiempo desaparecen como fantasmas.

viernes, 17 de febrero de 2017

Lechuza

Entonces adoptó una Lechuza de campanario (Tyto Alba, en términos científicos). Era manca. La dejó un hombre en la guardia del hospital-escuela de animales de La plata. Según su relato, la encontró maltratada en una zanja y se le ocurrió traerla. -A lo mejor pueden hacer algo- dijo, y se fue, creyendo que eso era una institución de beneficencia y no un hospital. Una de sus alas estaba tan infectada y maltrecha que habían tenido que amputársela. -No hay manera de salvársela- dijo uno de los veterinarios. A ella (que trabajaba en la recepción) le dio pena, quizá se sintió identificada -todavía tenía su brazo vendado a causa de una quemazón de segundo grado que sufrió con una jarra de café hirviendo-. Ambas mancas, ella y su lechuza. -Mirá que te llevás un problema, ésta no vuela más- le dijo el veterinario-. No le importó. -Es un acto de amor- me dijo -qué iban a hacer si no con la pobre-, y la dejó en una caja en el jardín. 

Yo no lo podía creer, como si no tuviera ya demasiados problemas como para estar cuidando un búho manco, dependiente, que aún estaba con antibióticos, y para peor, que no dejaba que nadie se le acercara sin darle un picotazo. Es sabido la potencia que tiene la mordida de aquellas aves, capaz de desgarrar un dedo o atravesar la piel humana y enterrarse hasta el hueso. 

-Siempre me gustaron los búhos- me dijo -cuando era chiquita tenía un montón de animales en mi casa. Qué se yo- dijo luego, levantando sus hombros, como un signo de sinceramiento, -después de todo siempre termino metiéndome en cosas raras-. Podía notarse la caja vibrar a causa de los golpes que se daba la lechuza contra las paredes de cartón corrugado, intentando escapar, algo que le resultaba imposible al no poder volar. A la vez hacía ese sonido gutural que hacen las lechuzas, algo infernal, que sacan quién sabe de dónde. Sus ojos parecían echar llamas, al verla uno podía adivinar cierta furia mezclada con impotencia. -La deben haber maltratado mucho- volvió a decirme, mientras se ponía unos guantes de tela para darle de comer -¿no es simpática? 

A mi me parecía cualquier cosa menos simpática, nunca me gustaron demasiado los animales, y esta lechuza, tullida y sin un ala, ni siquiera guardaba una belleza estética que la hiciera simpática. Más bien semejaba alguna clase de roedor -una rata con plumas o algo así-, y para peor, tan furioso que me daban ganas de golpearla. -No, no me gusta ni me parece simpática- le dije -y tené cuidado porque te va a sacar un dedo. Se nota que es mala-. -Vos sos malo- me dijo, riéndose, creyendo que le hablaba en broma. Esa noche íbamos a salir y no lo hicimos por aquel búho que necesitaba su cuidado. 

Me fui a casa con algo de bronca, -¡a quién carajo se le ocurre adoptar una lechuza manca!- murmuré sin que me oyera. -No te preocupes, amor- dijo, adivinando mis pensamientos -salimos mañana, ¿sí?-. E hizo un gesto levantando las cejas que la hizo ver muy hermosa. -Está bien- le dije, -mañana te llamo-. 


La lechuza no duró mucho más, estaba demasiado maltrecha. -Se murió- me dijo al día siguiente, cuando pasé a buscarla. Tenía los ojos brillosos, como si se estuviera aguantando alguna lágrima. -Apareció muerta adentro de la caja- dijo después sin que le preguntara y me la mostró. Estaba tiesa, tan dura que parecía embalsamada. Se me ocurrió que podía quedar en algún estante de adorno, se lo dije. -No digas tonterías- me respondió. 

Se puso los guantes y la tomó entre sus manos. Se quedó observándola unos segundos, como si la estuviera velando. El búho tenía los ojos totalmente abiertos y parecía que le iban a saltar. -¿Parece que todavía mirara, no?- dijo -¿me traerías la pala? Está ahí en el depósito- y señaló el cuarto pequeño al fondo del jardín. Tenía una camisa color azul marino, cuando me fui me dio la impresión de que se refregaba la cara con las mangas, y al volver pude notar los bordes de sus ojos colorados como si finalmente hubiera llorado. Luego hizo un pozo (no me dejó ayudarla, -la lechuza era mala-, me dijo, irónicamente), la enterró contra uno de los ángulos del patio y le puso una piedra encima a modo de lápida. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Suerte


-Te mereces todo lo bueno que te pase y más- le digo al escuchar sus palabras. Está sentada mirándome, con esos ojos negros en una de las sillas del comedor. Me detengo en sus pupilas, pueden dilatarse y contraerse en cuestión de segundos.
-Y sí, me considero una persona con suerte-. 

Diez minutos atrás me cuenta los episodios más negros que puede vivir una persona, desde la entrada en un coma que le duró una semana hasta un disparo de su propio padre que le rozó la cabeza. 

-Mi viejo tomaba y le pegaba a mi vieja- dice -yo me quise interponer y por poco me mata-. Aún así se considera afortunada, y eso me conmueve. Entonces se lo digo y me arrodillo a sus pies. La miro fijo, desde abajo, tomándole la mano. Se sorprende, apenas me conoce.

-Estás loco- dice, abriendo los ojos, sin terminar de comprender. Sus pupilas vuelven a dilatarse. -Me desconcertás-.
-No te preocupes- le digo -es la escena de un cuento de Carver, alguna vez quería reproducirla-. 

Por mi cabeza pasan infinidad de imágenes, pero se queda aquella, él arrodillado frente a su exmujer, tomándole el vestido, o la blusa, ya no recuerdo, rozándola entre su dedo índice y el pulgar, con su mirada atenta, compadeciente. Sin decir nada. `Vamos, ya está, te perdono, le dice, ella, vamos, ya, levántate`. Algo en todo eso me parece asombroso, al igual que su optimismo, tan ajeno a todo lo que conocí hasta ahora. 

-Yo los perdoné- dice, -y eso me permitió ser feliz, me trajo paz-. 

Se hace un silencio. Continúo así, con mi rostro a la altura de sus rodillas, mi cara casi metida entre sus piernas. Tiene unas unas piernas hermosas, largas y musculosas, color café. 

-Bueno, estoy un poco loco, ya lo sabés- le digo -y vos tampoco estás tan cuerda...-.
-No, ya lo sé-. 

Me río, ella también se ríe. Me sigue mirando con sus ojos negros, siempre negros. Los abre, enormes, y se ven aún más negros, enmarcados por sus cabellos. 

-Sí, tengo suerte- repite- tengo suerte ¿y qué?-.
-¡Qué suerte!- le digo, siempre con mi cabeza metida entre sus piernas, acariciando su vestido y mirándola desde abajo. Me recuerda a Mónica Bellucci.
-¿Qué cosa?- pregunta.
-Eso, pensar así, quizás sea ahí donde empieza la suerte-. 

Vuelve a abrir sus ojos, intensos. Tiene un lunar justo encima del ojo izquierdo, entre el ojo y la ceja. Creo que no me entiende, sin embargo sonríe, y me muestra unos dientes algo desordenados. 

-Me desconcertás- repite.
-Ya te dije, es solo una escena de Carver-.
-¿Quién es Carver?- pregunta, con algo de vergüenza. 
-Un escritor norteamericano, de la generación Beat-.
-Ah- dice, sin animarse a preguntar más. Junta sus manos y las pone sobre mi cabeza, con cierta aprehensión. La escena se parece aún más a la del relato. -Soy algo bruta, no leí mucho, no tanto como vos-.

Se hace otro silencio. Ambos nos miramos, yo siempre desde abajo. Mi mente se abre el mil direcciones, intento evitarlo. Apoyo mis manos sobre sus rodillas, con mi dedo índice recorro una cicatriz que se extiende hacia su tibia. Hace un gesto con la boca, mordiéndose el labio inferior.

-¿Y qué pasa?- pregunta con cierta ingenuidad. 
-¿Qué pasa dónde?-.
-En la escena, después...-.
-No mucho- respondo -nada importante-. Pienso en aquel instante eterno, un estado de cosas que no puede cambiar. Ellos siempre en la misma situación, no importa cuán lejos estén o cuánto tiempo pase. -O sí, quizá la escena resuma todo el cuento- le digo -toda la relación entre ambos. Una relación eterna, no importa dónde estén cuando se encuentran todo continúa en el mismo lugar-. 
-Eterna- repite y hace nuevamente aquel gesto con el labio. 
-Hermoso-.
-¿Qué cosa?- dice.
-Ese gesto que haces, te hace aún más hermosa-. Sonríe y su piel se tiñe de rojo.

Vuelvo a rozar su cicatriz. Puedo sentir el relieve de su piel bajo mi dedo. 

-Un accidente- dice, sin que le pregunte nada. -Un accidente en moto, cuando era chica, con mi mejor amigo-. Un viento frío se filtra por el ventanal, sus cabellos alcanzan a elevarse levemente. Pienso en la suerte, y en que debería estar en otro lugar. -Salimos volando, los dos-. Puedo imaginármela, saliendo despedida de la moto. -Me llevaron al hospital, y a él...-. 

Se queda callada, no dice más nada y prefiero no preguntar. 

-¿Qué pensás?- pregunta unos segundos después.
-Nada-. 
-¿Alguna vez me vas a decir lo que pensás?-. Miro sus ojos, cambian de aquel negro intenso al color miel con facilidad. Guardan cierta ingenuidad. Quizás sea eso lo que le permite sobrellevar toda su carga.
-Alguna vez- respondo. 

Mi respuesta no le alcanza. Hace otro gesto, esta vez levanta las cejas, desvía su mirada por la ventana y echa un suspiro. Luego apoya sus manos nuevamente en mi cabeza y la rodea bajando hasta mi rostro. Acaricia mis mejillas, me toma del mentón y me hace mirarla. 

-Parezco, pero no soy- dice, con voz suave, apenas perceptible. 
-¿Qué?-.
-No te hagas- y repite lo mismo. -Parezco, pero no soy-.

El viento hace que sus cabellos vuelen una vez más, y se posen sobre su rostro, enmarcando sus ojos, que vuelven a aquel negro intenso primigenio. Es muy hermosa, pienso.

-La suerte la genera uno- me dice, siempre suave. Su iris se dilata y descubro una profundidad que antes no había notado. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Asesino frustrado



Desperté como si hubiesen pasado meses, fue una noche eterna. Para peor, el tiempo en Buenos Aires había mutado drásticamente -de un calor sofocante típico de Febrero, amaneció con una mañana otoñal con bajas temperaturas, robada a Abril o Mayo- y eso reforzaba la sensación. Fue como despertar en otra época o luego de un coma, la distancia y el tiempo son cosas tan circunstanciales que a veces uno no sabe cómo medirlos. La sensación no era nueva, era como si mi cabeza se estuviera comprimiendo o mi cerebro estuviera en expansión, probablemente producto de una neurosis galopante. Desde que Woody Allen pasó de moda, hablar de las propias neurosis pareciera ser algo pretencioso -de todos modos no sabría cómo nombrarlo de otra manera-.


Se suponía que yo despertaría con la sensación de haber matado a la vieja usurera, lo tenía todo más o menos proyectado. Más que el despertar de un sueño sería tomar consciencia luego de un desmayo o una pesadilla, y sentir aquel arrepentimiento atroz que te carcome las entrañas como hormigas endiabladas que lentamente se van esparciendo por el interior del cuerpo y te van sacando la piel a pequeños mordiscos. Entonces asumiría una identidad que no era mía, sería una especie de poseso por una novela escrita más de cien años atrás, todos me mirarían con la pena de quién no solo está alienado sino como a un asesino frustrado -nada peor que un asesino frustrado ya que deja demasiado al descubierto su cobardía-. La sospecha de ser y no ser al mismo tiempo iría haciendo mella y destruyendo una consciencia desdoblada, que me haría acabar caminando con las rodillas quebradas del que no tiene futuro y no se atreve a enfrentarse a un destino que ni siquiera es suyo. Caminaría rozando el suelo con los brazos.


Sin embargo, nada de eso sucedía y lo que iba a ser un cerebro a punto de estallar a causa de la culpa -imagen desde todo punto de vista grotesca- era uno partido al medio por la duda y por no saber qué decisiones tomar. Desde un punto de vista comercial eso es mucho peor que la tragedia de un asesino al que lo asedia un sentimiento de culpa que se supone universalista. De todos modos, no deja de ser más verosímil. Primero, porque más allá de las series de televisión y las novelas policiales, los asesinos no son una raza tan fácilmente dispuesta. Segundo, los asesinos en general son bastante cursis y sus crímenes carecen de grandes móviles: amor, dinero y venganza. Tercero, más allá de tener mala fama, las crisis existenciales son más comunes de lo que parecen.

Lo del asesino frustrado no estaba mal, más teniendo en cuenta la asunción de un papel que no era el suyo -o el mío-, identificándose con una novela tan famosa después de un sueño. Quizás habría que buscar alguna novela menos conocida, Crimen y castigo, se encuentra totalmente agotada leí hace un tiempo en una revista especializada en literatura, es como un trapo al que se escurre y ya no cae una sola gota. (Lo del trapo no estoy seguro de haberlo leído o inventármelo, pero fue la primera imagen que se construyó en mi mente). Es cierto que no faltan películas, libros, series de televisión, obras de teatro, dibujos, pinturas, etc., que la retoman, analizándola o reinterpretándola de mil maneras y se hace difícil encontrar un nuevo nudo. 

Mi personaje finalmente no escaparía a ello, quizás sus dilemas existenciales fueran más auténticos aunque menos comerciales. Después de todo la duda es la tragedia más intensa en la vida de un hombre. Despierto, mi cerebro estalla, mis manos tiemblan, una sensación de vacío en el pecho. Quizás las manos transpirando, la piel algo erizada, un dolor en el cuello, casi a la altura de la nuca, etc. Y una voz incesante que me empuja a ello todo el tiempo, sin tregua. Un dilema que ni Shakespeare tomó en cuenta, un dilema aún anterior al ser, ya que éste mismo se determina en sus decisiones. Ser o no ser, decidir o no decidir, que ya significa decidir. Me despierto y tengo la duda atravesada en el pecho, me despierto y ya no soy ese asesino que intentaba, atravesado por la personalidad de un personaje existencialista, centenario, famoso y trillado, y para peor, de una Rusia zarista, prerrevolucionaria. No puedo evitar pensar en Lenin, en Trosky y mucho menos en Stalin y su eterna paranoia. Quizás Stalin sea el personaje menos existencialista en la historia Rusa o Soviética, el no dudó un instante, era un deshacer y rehacer constante. Un exterminador. Trotsky su contracara, la imagen cristalina, casi inocente, muriendo pobre y olvidado, por la verdadera causa revolucionaria. 

Repentinamente me encuentro alejado, tanto de mi plan inicial como del segundo, ¿qué tiene que ver Stalin en todo esto? me pregunto o se pregunta el personaje, e intento asociar una serie de imágenes que van desde la cortina de hierro hasta el asesino frustrado o inactivo. Entonces se me viene a la cabeza una pesadilla. Mi viejo secuestra a la hija de mi profesor de piano, que apenas tiene ocho o nueve años, -¿qué haces?- le digo, y cuando voy a entregarla me apunta con un arma a la cabeza, -si decís algo te mato-, me dice. Me despierto agitado, transpirando. Sin embargo, mi temor no es por mi, sino por él. Yo puedo escapar a la situación, pero si lo dejo así, él se suicida, pienso, aunque ya no reconozco si es un pensamiento del sueño o posterior, retroactivo, una vez despierto. 

Una semana atrás mi profesor de piano me dijo que su hija estaba enferma, que eso les había impedido irse de vacaciones. C. me cuenta también que su viejo estuvo a punto de matarla con un arma, que hasta llegó a dispararle y el disparo rozó su cabeza. Intento encontrarle alguna lógica a todos estos elementos, el material onírico es tremendamente caprichoso. La culpa, el arma apuntando a la cabeza. El viaje trunco. Repentinamente vuelve Trotsky y el martillo destruyendo su cabeza. Por alguna razón se mezclan el exilio, la desaparición y todo ello me lleva al destierro y al olvido. Me pierdo en la maraña de signos-imágenes oníricas y se me ocurre que no debería haber dejado a mi psicoanalista, pero prefiero olvidar todo eso y volver a cuento potencial. 

Entonces ya no soy un asesino frustrado, ni un simple indeciso, mi neurosis tiene un plano definido, la duda radica en ese lugar: si me quedo me mata, si me voy con la hija de mi profesor de piano se mata él. Una paradoja absurda si la despojáramos de cualquier reminiscencia edípica -algo imposible en términos psicoanalíticos-.  ¿Matar  o morir? ¿Decidir? ¿Asesinar o ser destruido?

Pienso hasta dónde puede desarrollarse todo eso en un cuento que valga la pena. Son tres historias posibles, existenciales. La idea del asesino ruso encarnado en una Buenos Aires del tercer milenio no está mal, quizás debería profundizarla, plantear los nudos. Darle un aire nuevo, localizarla en esa Buenos Aires en extinción... 

Él despierta luego de una pesadilla, luego de "esa" pesadilla que resume todo su ser. Lo transforma, lo modifica íntegro, desatando impulsos hasta ahora escondidos. Quizá ya no fuera Raskolnikov, sino el mismo Stalin quién posee su alma. La resurrección de un Stalin motivado por el odio o el resentimiento. Un Stalin rústico y torpe, que sorpresivamente ha ido acumulando poder y para eso se encuentra dispuesto a eliminar a toda una generación de revolucionarios, a toda la generación leninista bajo la pena de traidores. Un Stalin que ha ido desarrollando métodos de tortura tan intensos y certeros que es capaz de hacer que el más fuerte de los hombres confiese tramas encubiertas e inverosímiles que sólo un pueblo sojuzgado y temeroso es capaz de creerse. 

Uno de sus brazos se encuentra entumecido, durmió con todo el peso de su cuerpo sobre el mismo y su sangre apenas circula. Se asusta al no sentirlo, corre al baño como un acto reflejo, sin siquiera saber por qué. Sin embargo, al mirarse al espejo nota su metamorfosis y se le pasa entumecimiento, se le pasa absolutamente todo, su mente sólo guarda lugar para la sorpresa, al verse reencarnado en de uno de los más grandes asesinos de la historia. Soy... Stalin! murmura para sí, casi en silencio y se ve envuelto en ese cuerpo eterno, aunque sus formas siguen siendo las mismas, sin embargo, sabe -quizás sus ojos guarden el secreto- que es el moscovita encarnado, puede sentir todo el peso de la historia rusa sobre sus hombros, e incluso los muertos que pesan sobre su espalda. Entonces puede sentir también el odio profundo hacia Trotsky, y los sentimientos más irascibles acuden a su mente, tramando el asesinato de sus hijas, de sus perros y de todo lo que pueda resultarle cercano. Un estremecimiento recorre su cuerpo y se aterra. Ser un asesino no es fácil.