lunes, 20 de febrero de 2017

La mujer tendría setenta y cinco u ochenta años. Quizá fuera más joven de lo que parecía. Caminaba apurada, casi corriendo, sus movimientos eran algo toscos, teniendo en cuenta su edad. Llevaba una cartera color negro colgada de uno de sus brazos y estaba vestida con un vestido floreado, bastante amplio. Cruzó uno de los cordones del metrobus y no llegó a dar tres pasos más cuando la embistió un interno de la línea 152 que venía embalado. El colectivo apenas pudo frenar, alcanzó a escucharse el sonido metálico de los discos pero ya era tarde. La mujer quedó tendida en el suelo, con el vestido por encima de su vientre, dejando al descubierto su ropa interior color piel. Un sol potente casi encendía el asfalto e imaginé el calor sobre su espalda -quedó boca arriba, con los brazos separados y los ojos completamente abiertos. Posiblemente haya muerto el el acto.

Un cúmulo de gente enseguida rodeó su cuerpo. -No la toquen- dijo un hombre de unos cincuenta años, vestido con una camisa celeste mientras le tomaba una de sus muñecas. No hizo falta que dijera nada. El colectivo quedó atravesado en medio de Cabildo, cortando Larralde, el chofer tardó varios minutos en bajar. Cuando lo hizo su gesto tenía esa mezcla entre tristeza y fastidio. -Se mandó, se mandó casi corriendo, sin mirar. Yo tenía paso, el semáforo estaba en verde- dijo en voz alta y sin que nadie le preguntara, como si sintiese la necesidad de dar explicaciones. Los que se habían acumulado ahí lo miraban desconfiados, nadie parecía creer en sus palabras.


A los diez minutos llegó un patrullero y veinte minutos después una ambulancia. Lo que más llamaba la atención era el cuerpo casi intacto, recién cuando los médicos movieron su cabeza pudo notarse una mancha roja sobre la nuca, de la que cayeron algunas gotas de sangre que quedaron marcadas en el asfalto. El colectivo seguía parado en medio de Cabildo y la gente en su interior había comenzado a descender. 

-Ni siquiera miró- le dijo el chofer a uno de los policías, ahora se lo notaba algo más afectado. 
-Estacione bien el colectivo y vuelva- le respondió el policía. 

Por Larralde se había formado una hilera interminable de autos y habían comenzado a tocar bocina a la vez, tornando todo mas insoportable. El sol arreciaba potente y se hacía casi imposible estar al descubierto. A esta hora se le ocurre morirse, dijo otro de los policías. Tres galones amarillos en uno de sus hombros indicaba su rango: sargento. Tenía bigotes y una panza prominente. En realidad no lo dijo pero se le notaba en la cara. Luis Moncalvo, decía un cartelito negro sobre su pecho. Una gota de transpiración había comenzado a desplazarse desde su cabeza, pasando por su sien y corriendo por uno de sus pómulos.  

-¡Qué ganas, eh!-. Eso no lo pensó,se lo dijo a otro de los oficiales, de nombre Rivera, ante lo que éste reaccionó con una mirada consecuente. -¿Sabe, si venía sola?- le preguntó al chofer que ya había vuelto y se había parado, solícito, a su lado. 
-No tengo idea, puede ser. Yo no vi que estuviera con nadie más-. 
-Este era su bolso- dijo una mujer, estirando el brazo con una cartera de tela en la mano. 
-¿Cómo sabe que era de ella?-. 
-Porque vi cuando la atropellaron, salió volando- respondió. Todos dudaron si se refería a la cartera o a la mujer, pero se abstuvieron de preguntar.
-Bueno, quédese que necesito tomarle declaración- La mujer miró hacia arriba y refunfuñó molesta.
-¿Usted quiere que me muera yo también?-.
-Siéntese ahí donde están las paradas de los colectivos- respondió Moncalvo, sin darle la menor importancia a sus palabras, luego le alcanzó la cartera a Rivera. -Busque a ver si encuentra algún documento que identifique al occiso-.

El oficial comenzó a revolver la cartera y se sorprendió al darse cuenta que sólo contenía un sobre color blanco, y que estaba cerrado. En el membrete decía en letras cursivas a quién corresponda

-Tome- le dijo a Moncalvo -sólo había esto-.
-¿Me está cargando Rivera?-.
-No sargento- repentinamente el modo que el oficial Rivera utilizaba para referirse a Moncalvo se hizo más serio, como si la situación ameritara dejar en claro los escalafones. -Esto es lo único que había, mire- dijo poniendo la la cartera boca abajo y doblando el forro hacia afuera.

Todos los que estaban presentes, incluyendo el chofer del colectivo, la mujer que había alcanzado la cartera, los dos oficiales, los paramédicos y el hombre de camisa celeste que le había tomado inicialmente el pulso a la mujer muerta, hicieron un semicírculo en derredor de Moncalvo y se mantuvieron en silencio, expectantes ante lo que podía haber en aquel sobre.

-Oigan, ¿qué creen que es esto, un número de circo?- estiró los brazos y comenzó a moverlos en sentido ascendente y descendente. -Liberen la zona por favor que tengo que revisar esto con cierta privacidad. Usted- dijo señalando a la mujer que había encontrado la cartera -quédese acá como testigo-. 
-Tengo que ir a cobrar la jubilación- respondió la mujer.
-Despues le extendemos un certificado y lo cobra mañana-.
-¡Cómo mañana! Vengo desde Pacheco oficial-.
-Bueno- respondió, gesticulando y emitiendo un suspiro que comenzaba a denotar que se le agotaba la paciencia- va a tener que colaborar con la justicia, es su deber como ciudadana-.
-Ah, no me venga con esa oficial, ustedes nos tratan como cuidadanos cuando les conviene".





Moncalvo inspeccionó el sobre minusiosamente, buscando alguna rendija por donde abrirlo sin la necesidad de romperlo pero estaba completamente sellado.

-No va a quedar más que romperlo. Parece joda esto- dijo Moncalvo, suspirando. 

viernes, 17 de febrero de 2017

Lechuza

Entonces adoptó una Lechuza de campanario (Tyto Alba, en términos científicos). Era manca. La dejó un hombre en la guardia del hospital-escuela de animales de La plata. Según su relato, la encontró maltratada en una zanja y se le ocurrió traerla. -A lo mejor pueden hacer algo- dijo, y se fue, creyendo que eso era una institución de beneficencia y no un hospital. Una de sus alas estaba tan infectada y maltrecha que habían tenido que amputársela. -No hay manera de salvársela- dijo uno de los veterinarios. A ella (que trabajaba en la recepción) le dio pena, quizá se sintió identificada -todavía tenía su brazo vendado a causa de una quemazón de segundo grado que sufrió con una jarra de café hirviendo-. Ambas mancas, ella y su lechuza. -Mirá que te llevás un problema, ésta no vuela más- le dijo el veterinario-. No le importó. -Es un acto de amor- me dijo -qué iban a hacer si no con la pobre-, y la dejó en una caja en el jardín. 

Yo no lo podía creer, como si no tuviera ya demasiados problemas como para estar cuidando un búho manco, dependiente, que aún estaba con antibióticos, y para peor, que no dejaba que nadie se le acercara sin darle un picotazo. Es sabido la potencia que tiene la mordida de aquellas aves, capaz de desgarrar un dedo o atravesar la piel humana y enterrarse hasta el hueso. 

-Siempre me gustaron los búhos- me dijo -cuando era chiquita tenía un montón de animales en mi casa. Qué se yo- dijo luego, levantando sus hombros, como un signo de sinceramiento, -después de todo siempre termino metiéndome en cosas raras-. Podía notarse la caja vibrar a causa de los golpes que se daba la lechuza contra las paredes de cartón corrugado, intentando escapar, algo que le resultaba imposible al no poder volar. A la vez hacía ese sonido gutural que hacen las lechuzas, algo infernal, que sacan quién sabe de dónde. Sus ojos parecían echar llamas, al verla uno podía adivinar cierta furia mezclada con impotencia. -La deben haber maltratado mucho- volvió a decirme, mientras se ponía unos guantes de tela para darle de comer -¿no es simpática? 

A mi me parecía cualquier cosa menos simpática, nunca me gustaron demasiado los animales, y esta lechuza, tullida y sin un ala, ni siquiera guardaba una belleza estética que la hiciera simpática. Más bien semejaba alguna clase de roedor -una rata con plumas o algo así-, y para peor, tan furioso que me daban ganas de golpearla. -No, no me gusta ni me parece simpática- le dije -y tené cuidado porque te va a sacar un dedo. Se nota que es mala-. -Vos sos malo- me dijo, riéndose, creyendo que le hablaba en broma. Esa noche íbamos a salir y no lo hicimos por aquel búho que necesitaba su cuidado. 

Me fui a casa con algo de bronca, -¡a quién carajo se le ocurre adoptar una lechuza manca!- murmuré sin que me oyera. -No te preocupes, amor- dijo, adivinando mis pensamientos -salimos mañana, ¿sí?-. E hizo un gesto levantando las cejas que la hizo ver muy hermosa. -Está bien- le dije, -mañana te llamo-. 


La lechuza no duró mucho más, estaba demasiado maltrecha. -Se murió- me dijo al día siguiente, cuando pasé a buscarla. Tenía los ojos brillosos, como si se estuviera aguantando alguna lágrima. -Apareció muerta adentro de la caja- dijo después sin que le preguntara y me la mostró. Estaba tiesa, tan dura que parecía embalsamada. Se me ocurrió que podía quedar en algún estante de adorno, se lo dije. -No digas tonterías- me respondió. 

Se puso los guantes y la tomó entre sus manos. Se quedó observándola unos segundos, como si la estuviera velando. El búho tenía los ojos totalmente abiertos y parecía que le iban a saltar. -¿Parece que todavía mirara, no?- dijo -¿me traerías la pala? Está ahí en el depósito- y señaló el cuarto pequeño al fondo del jardín. Tenía una camisa color azul marino, cuando me fui me dio la impresión de que se refregaba la cara con las mangas, y al volver pude notar los bordes de sus ojos colorados como si finalmente hubiera llorado. Luego hizo un pozo (no me dejó ayudarla, -la lechuza era mala-, me dijo, irónicamente), la enterró contra uno de los ángulos del patio y le puso una piedra encima a modo de lápida. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Suerte


-Te mereces todo lo bueno que te pase y más- le digo al escuchar sus palabras. Está sentada mirándome, con esos ojos negros en una de las sillas del comedor. 
-Y sí, me considero una persona con suerte-. 

Diez minutos atrás me cuenta los episodios más negros que puede vivir una persona, desde la entrada en un coma que le duró una semana hasta un disparo de su propio padre que le rozó la cabeza. 

-Mi viejo tomaba y le pegaba a mi vieja- dice -yo me quise interponer y por poco me mata-. Aún así se considera afortunada, me conmueve. Entonces le digo eso y me arrodillo a sus pies, y la miro fijo, desde abajo, tomándole la mano. Se sorprende, apenas me conoce.

-Estás loco- dice, abriendo los ojos, sin terminar de comprender -me desconcertás-.
-No te preocupes- le digo -es una escena de un cuento de Carver, alguna vez quería reproducirla-. 

Por mi cabeza pasan infinidad de imágenes, pero se queda aquella escena, él arrodillado frente a su exmujer, tomándole el vestido, o la blusa, ya no recuerdo, rozándola entre su dedo índice y el pulgar, bajo su mirada atenta, compadeciente. Sin decir nada. `Vamos, ya está, te perdono, le dice, ella, vamos, ya, levántate`. Algo en todo aquello me parece asombroso, al igual que su optimismo, tan ajeno a todo lo que he conocido hasta ahora. 

-Yo los perdoné- dice, -y eso me permitió ser feliz-. 

Se hace un silencio. Continúo así, con mi rostro a la altura de sus rodillas, mi cara casi metida entre sus piernas. Tiene unas unas piernas hermosas, largas y musculosas, color café. 

-Bueno, estoy un poco loco, ya lo sabés- le digo -y vos tampoco estás tan cuerda...-.

Me sigue mirando con sus ojos negros, siempre negros. Los abre, enormes, y se ven aún más negros, rodeado por sus cabellos. 

-Sí, tengo suerte- repite- tengo suerte ¿y qué?-.
-¡Qué suerte!- le digo, siempre con mi cabeza metida entre sus piernas, acariciando su vestido y mirándola desde abajo.
-¿Qué cosa?- pregunta.
-Eso, pensar así, quizás sea ahí donde empieza la suerte-. 

Vuelve a abrir sus ojos, intensos. Tiene un lunar justo encima del ojo izquierdo, entre el ojo y la ceja. Creo que no me entiende, sin embargo sonríe, y me muestra unos dientes algo desordenados. 

-Me desconcertás- repite.
-Ya te dije, es solo una escena de Carver-.
-¿Quién es Carver?- pregunta, con algo de verguenza. 
-Un escritor norteamericano, de la generación Beat-.
-Ah- dice, sin animarse a preguntar más. Junta sus manos y las pone sobre mi cabeza, con cierta aprehensión. La escena se parece aún más a la del relato.

Se hace otro silencio. Ambos nos miramos, yo siempre desde abajo. Mi mente se abre el mil direcciones, intento evitarlo pero no puedo. La comparación es el peor de los males. Apoyo mis manos sobre sus rodillas, con mi dedo índice recorro una cicatriz que se extiende hacia su tibia. Hace un gesto con la boca, mordiéndose el labio inferior.

-¿Y qué pasa?- pregunta con cierta ingenuidad. 
-¿Qué pasa dónde?-.
-En la escena, después...-.
-No mucho- respondo -nada importante-. No puedo evitar pensar en aquel instante eterno, un estado de cosas que no puede cambiar. Ellos siempre en la misma situación, no importa cuán lejos estén o cuánto tiempo pase. -O sí, quizá la escena resuma todo el cuento- le digo -toda la relación entre ambos. Una relación eterna-. 
-Eterna- repite y hace nuevamente aquel gesto con el labio. 
-Hermoso-.
-¿Qué cosa?- dice.
-Ese gesto que haces, te hace aún más hermosa-. Se sonríe y su piel se tiñe de rojo.

Vuelvo a rozar su cicatriz. Puedo sentir el relieve de su piel bajo mi dedo. 

-Un accidente- dice, sin que le pregunte nada. 

Un viento frío se filtra por el ventanal, sus cabellos alcanzan a elevarse levemente. Pienso en la suerte, y en que debería estar en otro lugar. 

-¿Qué pensás?- pregunta.
-Nada-. 
-¿Alguna vez me vas a decir lo que pensas?-. Miro sus ojos, cambian del negro intenso al color miel con facilidad. Guardan cierta ingenuidad. Quizás sea eso lo que le permite sobrellevar toda su carga.
-Alguna vez- respondo. 

Mi respuesta no le alcanza. Hace otro gesto, esta vez levanta las cejas, desvía su mirada por la ventana y echa un suspiro. Luego apoya sus manos nuevamente en mi cabeza y la rodea bajando hasta mi rostro. Acaricia mis mejillas, me toma del mentón y me hace mirarla. 

-Parezco, pero no soy- dice, con voz suave, apenas perceptible. 
-¿Qué?-.
-No te hagas- y repite lo mismo. -Parezco, pero no soy-.

El viento hace que sus cabellos se vuelen una vez más, y se posan sobre su rostro, enmarcando sus ojos, que vuelven a aquel negro intenso primigenio.

-La suerte la genera uno- me dice, siempre suave. Su iris se dilata y descubro una profundidad que antes no había notado.

 

domingo, 5 de febrero de 2017

Asesino frustrado



Desperté como si hubiesen pasado meses, fue una noche eterna. Para peor, el tiempo en Buenos Aires había mutado drásticamente -de un calor sofocante típico de Febrero, amaneció con una mañana otoñal con bajas temperaturas, robada a Abril o Mayo- y eso reforzaba la sensación. Fue como despertar en otra época o luego de un coma, la distancia y el tiempo son cosas tan circunstanciales que a veces uno no sabe cómo medirlos. La sensación no era nueva, era como si mi cabeza se estuviera comprimiendo o mi cerebro estuviera en expansión, probablemente producto de una neurosis galopante. Desde que Woody Allen pasó de moda, hablar de las propias neurosis pareciera ser algo pretencioso -de todos modos no sabría cómo nombrarlo de otra manera-.


Se suponía que yo despertaría con la sensación de haber matado a la vieja usurera, lo tenía todo más o menos proyectado. Más que el despertar de un sueño sería tomar consciencia luego de un desmayo o una pesadilla, y sentir aquel arrepentimiento atroz que te carcome las entrañas como hormigas endiabladas que lentamente se van esparciendo por el interior del cuerpo y te van sacando la piel a pequeños mordiscos. Entonces asumiría una identidad que no era mía, sería una especie de poseso por una novela escrita más de cien años atrás, todos me mirarían con la pena de quién no solo está alienado sino como a un asesino frustrado -nada peor que un asesino frustrado ya que deja demasiado al descubierto su cobardía-. La sospecha de ser y no ser al mismo tiempo iría haciendo mella y destruyendo una consciencia desdoblada, que me haría acabar caminando con las rodillas quebradas del que no tiene futuro y no se atreve a enfrentarse a un destino que ni siquiera es suyo. Caminaría rozando el suelo con los brazos.


Sin embargo, nada de eso sucedía y lo que iba a ser un cerebro a punto de estallar a causa de la culpa -imagen desde todo punto de vista grotesca- era uno partido al medio por la duda y por no saber qué decisiones tomar. Desde un punto de vista comercial eso es mucho peor que la tragedia de un asesino al que lo asedia un sentimiento de culpa que se supone universalista. De todos modos, no deja de ser más verosímil. Primero, porque más allá de las series de televisión y las novelas policiales, los asesinos no son una raza tan fácilmente dispuesta. Segundo, los asesinos en general son bastante cursis y sus crímenes carecen de grandes móviles: amor, dinero y venganza. Tercero, más allá de tener mala fama, las crisis existenciales son más comunes de lo que parecen.

Lo del asesino frustrado no estaba mal, más teniendo en cuenta la asunción de un papel que no era el suyo -o el mío-, identificándose con una novela tan famosa después de un sueño. Quizás habría que buscar alguna novela menos conocida, Crimen y castigo, se encuentra totalmente agotada leí hace un tiempo en una revista especializada en literatura, es como un trapo al que se escurre y ya no cae una sola gota. (Lo del trapo no estoy seguro de haberlo leído o inventármelo, pero fue la primera imagen que se construyó en mi mente). Es cierto que no faltan películas, libros, series de televisión, obras de teatro, dibujos, pinturas, etc., que la retoman, analizándola o reinterpretándola de mil maneras y se hace difícil encontrar un nuevo nudo. 

Mi personaje finalmente no escaparía a ello, quizás sus dilemas existenciales fueran más auténticos aunque menos comerciales. Después de todo la duda es la tragedia más intensa en la vida de un hombre. Despierto, mi cerebro estalla, mis manos tiemblan, una sensación de vacío en el pecho. Quizás las manos transpirando, la piel algo erizada, un dolor en el cuello, casi a la altura de la nuca, etc. Y una voz incesante que me empuja a ello todo el tiempo, sin tregua. Un dilema que ni Shakespeare tomó en cuenta, un dilema aún anterior al ser, ya que éste mismo se determina en sus decisiones. Ser o no ser, decidir o no decidir, que ya significa decidir. Me despierto y tengo la duda atravesada en el pecho, me despierto y ya no soy ese asesino que intentaba, atravesado por la personalidad de un personaje existencialista, centenario, famoso y trillado, y para peor, de una Rusia zarista, prerrevolucionaria. No puedo evitar pensar en Lenin, en Trosky y mucho menos en Stalin y su eterna paranoia. Quizás Stalin sea el personaje menos existencialista en la historia Rusa o Soviética, el no dudó un instante, era un deshacer y rehacer constante. Un exterminador. Trotsky su contracara, la imagen cristalina, casi inocente, muriendo pobre y olvidado, por la verdadera causa revolucionaria. 

Repentinamente me encuentro alejado, tanto de mi plan inicial como del segundo, ¿qué tiene que ver Stalin en todo esto? me pregunto o se pregunta el personaje, e intento asociar una serie de imágenes que van desde la cortina de hierro hasta el asesino frustrado o inactivo. Entonces se me viene a la cabeza una pesadilla. Mi viejo secuestra a la hija de mi profesor de piano, que apenas tiene ocho o nueve años, -¿qué haces?- le digo, y cuando voy a entregarla me apunta con un arma a la cabeza, -si decís algo te mato-, me dice. Me despierto agitado, transpirando, con temor. Sin embargo, mi temor no es por él, sino por mi. Yo puedo escapar a la situación, pero si lo dejo así, él se suicida, pienso, aunque ya no reconozco si es un pensamiento del sueño o posterior, retroactivo, una vez despierto. Una semana atrás mi profesor de piano me dijo que su hija estaba enferma, que eso les había impedido irse de vacaciones, una amiga me cuenta también que su padre estuvo a punto de matarla con un arma, que hasta le disparó y el disparo le rozó la cabeza. Intento buscarle alguna lógica a todos estos elementos, el material onírico es tremendamente caprichoso. La culpa, el arma apuntando a la cabeza, trotsky y el martillo destruyendo su cabeza.  

Entonces ya no soy un asesino frustrado, ni un simple indeciso, mi neurosis tiene un plano definido, la duda radica en ese lugar: si me quedo me mata, si me voy con la hija de mi profesor de piano se mata él. Una paradoja absurda si la despojáramos de cualquier reminiscencia edípica, algo imposible en términos psicoanalíticos.  ¿Matar  o morir? ¿Decidir? ¿Asesinar o ser destruido?

Pienso hasta dónde puede desarrollarse todo eso en un cuento que valga la pena. Son tres historias posibles, existenciales. La idea del asesino ruso encarnado en una Buenos Aires del tercer milenio no está mal, quizás debería profundizarla, plantear los nudos. Darle un aire nuevo, localizarla en esa Buenos Aires en extinción... 

Él despierta luego de una pesadilla, luego de "esa" pesadilla que resume todo su ser. Lo transforma, lo modifica íntegro, desatando impulsos hasta ahora escondidos. Quizá ya no fuera Raskolnikov, sino el mismo Stalin quién posee su alma. La resurrección de un Stalin motivado por el odio o el resentimiento. Un Stalin rústico y torpe, que sorpresivamente ha ido acumulando poder y para eso se encuentra dispuesto a eliminar a toda una generación de revolucionarios, a toda la generación leninista bajo la pena de traidores. Un Stalin que ha ido desarrollando métodos de tortura tan intensos y certeros que es capaz de hacer que el más fuerte de los hombres confiese tramas encubiertas e inverosímiles que sólo un pueblo sojuzgado y temeroso es capaz de creerse. 

Uno de sus brazos se encuentra entumecido, durmió con todo el peso de su cuerpo sobre el mismo y su sangre apenas circula. Se asusta al no sentirlo, corre al baño sin ni siquiera saber por qué, como un acto reflejo. Sin embargo, al mirarse al espejo nota su metamorfosis y se le pasa entumecimiento, se le pasa todo, su mente sólo guarda lugar para la sorpresa, al verse reencarnado en de uno de los más grandes asesinos de la historia.  


lunes, 30 de enero de 2017

su piel. su aliento. su flujo mientras me abro paso entre su carne. 
mi resistencia. mi erección. mi imposibilidad de negarla. 
su goce. su pelo cayendo encima mío. sus gritos sordos en medio de la noche. 
mi sed. mis ansias. mi deseo.
sus ríos.
mis contracciones.
su ímpetu.
mi violencia.
sus ojos negros. sus dientes blancos. su imagen como un transatlántico transitando en mi cabeza, rompiendo los hielos de la demencia. 
mis latidos, insistentes.
sus pezones férreos.
mi glande prepotente.
mi pene inflamado. mis estrías. mi sangre acumulada a punto de agrietarse y de explotar adentro suyo. 
su cuerpo. su respiración. su deseo. su corazón palpitante. 
mi lengua, mi saliva mezclándose en la suya.
su lengua enredándose en mi boca.
mi gemir.
el suyo.
mi esperma brotando hirviendo, con ganas de quemarla.
su goce. sus ansias. sus labios bebiendo el ciceón.
mis ganas de llenarla.
su piel. 
mis anhelos.
sus párpados cerrándose, sus iris dilatados. sus músculos contrayéndose a la altura de su pecho.
mis brazos amarrándola.
su pecho sosteniéndome.
el éxtasis. la plenitud. la insensatez.
los cuerpos. la noche. la locura.

domingo, 15 de enero de 2017

Arrugas

-¿Qué tango es?- pregunta al entrar. 

Más de uno se da vuelta al verlo. Su rostro es alargado y una infinidad de arrugas -firmes, rígidas, casi eternas-, lo cruzan íntegro. Es difícil imaginar aquel rostro sin arrugas, es como si hubiera nacido con éstas. Su dureza aparente contrasta con un gesto blando y tierno que aparece por momentos. 
-Qué elegante- le dice Patricia. Tiene una camisa celeste, con muchos pliegues, metida adentro del pantalón. Es delgado, mide alrededor de un metro setenta y más allá de sus setenta y largos años tiene el físico de un joven.
-Qué tango es- vuelve a preguntar, sin dar importancia al comentario.-El segundo recién- responde Patricia -¿qué tal lo pasaste en las fiestas?-. 
-No hice nada- cambia el gesto, mira hacia el suelo y levanta las cejas. Tiene unos ojos cenicientos, algo melancólicos. -Me tomé una pastilla y me fui a dormir-. Se hace un silencio incómodo, dura dos o tres segundos. Patricia quiere preguntar pero se siente incómoda -hace poco se murió mi mamá- responde él sin esperar y se adelanta hacia el salón.

Camina hasta su mesa, frente a la pista. Lo saludan, se alegran de verlo. El Flaco Dani es conocido en el ámbito milonguero. Pasa una tanda, la siguiente. La noche se alarga, le llenan la copa varias veces. Sus pómulos se van enrojeciendo y su vida entera se cuela en cada tango. 

-¿No bailas?- le pregunta Tito, uno de sus compañeros de mesa. 
-Sólo bailo para olvidar- responde. 

Lo miran desconcertados y se entrecruzan miradas. Su hermano hace un gesto cómplice con el resto, llevándose el dedo a la cien. Todos se ríen.

Los recuerdos lo envuelven; una cárcel, París, su juventud, una Buenos Aires que ya no existe, una mujer... principalmente una mujer. Vuelve a llenar su copa, vacias veces. Deja pasar la tanda de Di Sarli, vuelven a mirarlo, extrañados, pero ya no preguntan. Luego la de Lomuto. No hay caso, murmura y camina hasta el baño. Mientras atraviesa el pasillo choca con la moza a la que casi le hace perder el equilibrio y tirar lo que lleva en en la bandeja. -Piba hay que mirar- le dice a lo que ella le devuelve una mirada desconcertada. Fue él quién la llevó por delante.


Prende un cigarrillo mientras se mira al espejo. ¡La próxima te echo! ya le adviertieron. Podría salir a fumar afuera, pero prefiere hacerlo en el baño. No es la primera vez que le advierten, ni siquiera le importa. Hoy no puede dejar de pensar en ella. 

Entra alguien, se para frente al mingitorio.

-¿Qué tango es?- pregunta.
-El segundo, creo-.
-Al final siempre es el mismo tango- responde, siempre frente al espejo. 
-¿Te pasa algo Flaco, te noto apagado?-.
-Es el recuerdo, que no me deja en paz- responde. 
-¿Qué recuerdo?-.
-No importa, olvidate-. El otro lo mira, sin decir nada, mientras se arregla el cierre del pantalón. 


Recuerda el último tango que bailaron, su mano acariciando su espalda, sus ojos felices, mientras sus miradas se cruzaban. Su pelo cayendo sobre sus hombros, su sonrisa, sus dientes. Siempre sus dientes, había algo en esos dientes que lo atraían. Prende otro cigarrillo, casi por inercia. Ricardo puede abrir la puerta del baño en cualquier momento, echo un loco. ¡Te vas! escucha esa voz que le dice -no te podes quedar acá-. Escucha cientos de voces en su cabeza. 

Una vez más aquel rostro, ya no lo aguanta, no sabe qué hacer. El espejo le devuelve algo que nunca vio. Un reflejo en sus ojos o una arruga nueva. Ni siquiera puede descubrir lo qué es, pero no lo había visto antes. Se amarga, echa un suspiro.

-El último- dice en voz alta, mientras prende un nuevo cigarrillo. Hace un gesto con el brazo, intentando espantar el recuerdo junto con el humo. Entra Ricardo, el dueño de la milonga, hecho una furia. 

-¡Qué hiciste, carajo!- le dice, amenazante. -¡Te rajás ya de acá! 
-Está bien, está bien- responde, -no te preocupés, me voy. No se puede fumar-. 
-¡Fumar un carajo!- le dice Ricardo, con la cara encendida, escupiendo fuego. -Eso es lo de menos, ahora sí te la mandaste ¡dónde te pensás que estás!-.

Salen del baño y camina por el pasillo, lento, hacia la salida. Siempre delante de Ricardo que le sigue los pasos como un custodio o un guardiacárcel. Vuelve a pensar en la cárcel, y en la policía parisina, apresándolo. Los milongueros lo ven pasar con cierto pesar. A la vez con cierta resignación. 

El tiempo transcurre lento, el pasillo hacia la salida es eterno. Una hora, quizás dos. Todos en la milonga lo miran. 

-¿Qué hiciste flaco?-. Lo interpela su hermano, que deja plantada a su pareja en la pista y viene a su encuentro. Su hermano no es de perderse un sólo tango, y menos de abandonar a alguien en la pista. -¿Qué cagada te mandaste?-.
-Nada, el cigarrillo-.
-¡Qué cigarrillo! No te hagas conmigo que te doy vuelta la cara de un sopapo-.
-Tranquilo, ¿Qué tango es?- pregunta. 
-El segundo- le responde su hermano.
-Ves, siempre es el mismo- le dice, dándose vuelta, a Ricardo. 
-Vamos, afuera- responde éste, implacable. 

Al pasar por delante de su mesa, sus compañeros lo saludan, tímidamente. Te la mandaste, le dicen, ciertamente no le dicen, pero se le nota en las miradas. Suena la orquesta de Fresedo. Vida mía. Intenta detenerse a escuchar los primeros compases, quiere escuchar la letra, pero siente el aliento de Ricardo en su nuca. 

-¡Vamos!-. 

Una vez afuera prende un último cigarrillo. Mira el reloj, apenas marca las doce. Su cuerpo por fuera se templa, sus arrugas tan firmes lo asemejan a una estatua, sin embargo su cabeza se arremolina, su recuerdo entero está a punto de ocupar todo su cerebro. Si no bailo me muero, piensa. Una detonación del tamaño de Hiroshima, rojiza y en forma de hongo, cubriéndolo todo, se le cruza efímera frente a sus ojos. 

-¿Lo de Celia está abierto?- pregunta al cuidacoches. 
-Creo que sí, te vas temprano hoy-.
-No me voy, me echan- responde.
-Qué pasó, ¿te agarraron fumando?- pregunta el otro, anticipándose.

Pero él no responde y camina lento hacia Humberto I con el cigarrillo en la mano.

sábado, 14 de enero de 2017

¿Te vas a quedar ahí mirando?




-Lléveme- dijo al taxista. Es en lo único que pensaba, el cielo se había encapotado y parecía que iba a caerse. Su sexo latía al compás de su corazón, quizás más rápido aún y había comenzado a humedecerse de tal forma que temía se notara a través de su pantalón. ¡Cuándo carajo se me ocurrió ponerme un pantalón blanco! pensó. Nunca usaba pantalones blancos. Se miró entre las piernas, disimuladamente, y suspiró aliviada. Afortunadamente no se veía nada. Aún así seguía temiendo. Su ritmo cardíaco estaba muy acelerado y casi había comenzado a temblar imaginando la situación. Aún no comprendía qué era lo que la hacía ponerse de ese modo, o sí.
-¿Por dónde vamos?- preguntó el taxista. 
-Por dónde le dé la gana- dijo ella, acomodándose el pelo detrás de las orejas. -No- se arrepintió -vamos por donde sea más rápido, estoy apurada-. 
-¿Por Córdoba o por autopista?-.
-Sólo lléveme y no pregunte más por favor-. 

El taxista entrecerró los ojos e hizo un gesto con la boca llevando los labios hacia el costado, como si no le gustara su respuesta o que le dieran órdenes. Puso primera y apretó el acelerador. Hace sólo unos minutos había un cielo plagado de estrellas, y se veía la luna casi entera, pensó, de repente se llenó de nubes. 

Era la segunda semana de Enero y la primera luna llena comenzaba a menguar. Había poca gente, las calles estaban casi vacías y se avanzaba rápido. Por momentos las luces de los semáforos le causaban cierto adormecimiento. Habían comenzado a caer algunas gotas de lluvia y las luces de los semáforos se deformaban a través de los cristales mojados del taxi tomando diferentes aspectos, fijaba su mirada en esas manchas verdes o rojas ya desfiguradas que ejercían sobre ella cierto hipnotismo. 

¿Te vas a quedar ahí, mirando? le había dicho, o le había escrito, y aquello operó como una especie de desafío. Su corazón estaba a punto de saltar de su pecho. Por qué no, pensó, una última noche juntos, después de todo nadie manejaba su cuerpo ni la hacía gozar tanto como él. Le mandó un mensaje a su celular, voy para allá, nos matamos hoy, que sea lo que dios quiera. Se puso lo que tenía a mano, salió a la calle y tomó el primer taxi que encontró.

Mientras viajaba imaginaba toda clase de cosas y podía sentir cómo toda la energía de su cuerpo se iba desplazando y acumulando en el mismo lugar. Sus manos hurgando, invadiéndola al mismo tiempo que la llenaba de placer, su boca desbocada. El movimiento del taxi hacía que sintiera cierto placer, y a la altura del cementerio de la Chacarita estuvo a punto de tener un orgasmo. En ese momento recién tomó en cuenta que el taxi no había tomado ni por autopista ni por Córdoba, pero no le importó. Volvió a mirarse la entrepierna por la que sentía correr un río. Le resultaba extraño que aún no se manifestara nada a través del pantalón. Por sus venas la sangre corría como un torrente, ya no sabía siquiera si era sangre o qué lo que tenía dentro de las venas. Hacía tiempo que se lo preguntaba. Cada vez entendía menos de nada. 

Por el espejo retrovisor alcanzó a ver parte de la cara del taxista e intentó reprimirse. Qué pensaría éste si lo notara. Se ruborizó, era imposible que su cara no la delatara. Supuso que en una fotografía sus pupilas hubieran salido ausentes. 

-¿No puede ir un poco más rápido?- preguntó, al notar la lentitud con que este manejaba.
-¿Quiere que me hagan una multa?-. 

No respondió, sin embargo su ansiedad aumentó y un sentimiento de odio arremetió contra él.

¿Te vas a quedar ahí...? volvió a pensar en aquella frase. Entonces pensó en su sexo, duro, firme, en las veces en que lo había tomado entre sus manos o se lo llevaba a la boca, casi como un amuleto. Pocas veces había deseado tanto algo o algo la había deseado tanto a ella. Cruzó las piernas intentando reprimirse pero el efecto fue el inverso y no pudo evitar que se le escapara un gemido sordo. Se llevó la mano a la boca e hizo como si bostezara. Volvió a mirar el espejo retrovisor y creyó ver la mirada indiscreta del taxista. Que se curta, pensó, qué puede saber... Desvió su mirada una vez más por la ventana, intentando distraerse. Ya falta poco, pensó.