sábado, 24 de junio de 2017

1.
Entonces me salió con eso de los reptilianos. La miré, atiné a reírme, sin embargo su cara estaba seria. ¿Te volviste loca? le pregunté, o quise preguntarle, porque ni siquiera daba para eso. 

-Están en todas partes- siguió -lo que pasa es que están disfrazados-. Se llevó el tenedor a la boca, sus ojos apuntaban a un pedazo de carne de un tamaño sobrenatural. Lo hubiera aceptado de una chica de ocho, incluso de doce o quince años. 
-¿Y de dónde sacaste eso?- pregunté.
-Son cosas que se saben- respondió. Su seguridad era tan plena como si hablara de la ley de gravedad o de la llegada del hombre a la luna. 
-Ah, mirá, y desde cuándo es que están?-.
-Desde siempre, desde el inicio de la humanidad, quizá antes-. Estoy pasado de moda, es lo único que se me ocurrió pensar. 
-Que bueno- dije, sin ganas de continuar la conversación, era algo obvio que no nos volveríamos a ver.


2.
A esa hora el restaurante estaba vacío, sin embargo ella eligió sentarse contra uno de los rincones al fondo, adonde no llegaba la luz natural. Era un domingo soleado y bastante cálido para la época del año. 

Era el día del padre y no tuvo mejor idea que llevarlo a almorzar a una parrilla sobre Alvarez Thomas, en Villa Urquiza. Su padre apenas podía moverse y había que ayudarlo para todo, incluso para comer. Hacía poco que había sufrido un acv y no se había recuperado del todo. Ella pidió una tira de asado y para él un bife de chorizo. -No te preocupes, yo te lo corto- respondió a sus reparos.

De a poco el restaurante se había ido llenando y en la mesa de al lado se sentó un hombre de unos sesenta años. 

-Vos sos psicóloga, le dijo éste, -nos conocimos en un seminario. Tu nombre era Es...-. 
-Ester- repuso ella. Su recuerdo era vago, le parecía atractivo por lo que le resultaba extraño no recordarlo.
-Fue hace mucho, casi veinte años- dijo él. -Ricardo- y le extendió la mano.
-Ah, sí, Ricardo...-. Seguía sin recordarlo, pero le gustaba y no quería perder su atención. Sus movimientos eran algo atolondrados, se acomodó el pelo detrás de la oreja y se rascó una mejilla. -¿Estás sólo? Yo lo traje a almorzar a mi papá, por el día del pa...- antes de terminar la frase se golpeó la frente con la palma de su mano. -Esperá- dijo y se dio vuelta buscando en el respaldo de su silla. Ricardo se quedó en silencio, mirándola mientras ella sacaba un blister de su cartera. -Perdón, me había olvidado, Ribotril, para la ansiedad- dijo después, al ver que Ricardo la miraba con curiosidad.

Ricardo se limitaba a mirarla mientras Ester no paraba de hablar. Habrán pasado quince o veinte minutos, mientras tanto la parrilla se había ido llenando de gente. 

-Se te va a enfriar el asado- le dijo Ricardo en algún momento de la conversación, posiblemente cuando ya se había cansado de escucharla. Ester volvió a golpearse la frente con la palma de la mano.  -Uy- atinó a decir al darse vuelta y notar que el rostro de su papá estaba casi azul. Miró una vez más a Ricardo, indecisa, buscando una respuesta. -Qué pasó- dijo con un suspiro apenas perceptible y llevándose ambas manos al pecho -pa... pá! ¿Qué hago?-. preguntó, o se preguntó. 

Ricardo, que ya se había alegrado por sacársela de encima, al ver la escena no le quedó más que pararse y acercarse al padre de Ester. 

-Me parece que...- e hizo una línea recta con una de sus manos, como si le diera algo de aprehensión pronunciar la palabra muerto. 

Ester tomó su cartera, sacó el blister y se metió otra pastilla en la boca. 

-No vas a llamar al Same?- dijo Ricardo.
-¿Debería, no?-. 



3. 
Instrucciones para remontar barriletes, y encontrar cosas perdidas...

4.
Cómo vaciar un disco rígido y que aún así continúe sonando la misma canción...



jueves, 22 de junio de 2017

Pero el canto de las sirenas no se halla aún degradado y reducido a puro arte. Ellas conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra y en particular, las acciones en que también Odiseo tomó parte, las fatigas que padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses. Al revocar directamente un pasado muy reciente, amenazan, con la irresistible promesa de placer con que se anuncia y es escuchado su canto, el orden patriarcal que restituye a cada uno su vida sólo a cambio de su entera duración temporal. Quien cede a los artificios de las sirenas está perdido, pues únicamente una constante presencia de espíritu arranca a la existencia de la naturaleza. Si las sirenas saben todo lo que acontece, piden en cambio el futuro, y la promesa del alegre retorno es el engaño con que el pasado se adueña del nostálgico. (¡Era Adorno!)




¿quién puede decir, aparte de Odiseo, que las sirenas cantaron realmente al ver a ese hombre atado al mástil? ¿Querrían aquellas poderosas y hábiles mujeres prodigar su arte con gente que no tenía ninguna libertad de movimiento? ¿Será esto la esencia del arte? Antes me inclinaría a pensar que las gargantas hinchadas vistas por los remeros se debían a los insultos que, con todas sus fuerzas, lanzaban ellas contra aquel cauto y condenado provinciano, y que nuestro héroe se retorcía en el mástil (cosa de la que también existen testimonios) porque, en definitiva, se sentía avergonzado. (B. Brecht)

lunes, 19 de junio de 2017

"Palabras dichas sin intención, encuentros que son obra de la casualidad, los transforma en pruebas evidentes el hombre de imaginación, si brilla una chispa de fuego en su corazón". (Schiller)

miércoles, 14 de junio de 2017

Ruinas




...las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto:
 su silencio... 

F. Kafka.





Nicolás era bajito, tenía unos bigotes angostos y la cabeza llena de pelo. Piernas delgadas y cortitas. El típico mexicano. Mi viejo lo tenía trabajando para él. Plomeros, secretarias, vendedores ambulantes, médicos, sacerdotes yorubas o taxistas -como en este caso-, mi viejo los adoptaba. Lo que le gustaba era sentir que alguien estaba dispuesto a hacer lo que él mandara sin poner reparos, entonces él se comprometía a pagarle, darle de comer y, si era necesario, alojamiento, y se tornaba en una especie de relación señorial, más parecida a las del siglo XV que a los contratos actuales.

-El amor es así- me dijo -un tormento. Nada bueno puede salir de ahí. O sí-. Y se quedó pensativa, con su mano en el mentón. Yo no hacía más que mirarla, sus ángulos faciales me fascinaban. Sus labios, su boca, sus ojos guardaban un dejo melancólico que los oscurecía. De vez en cuando entrecerraba los párpados y se vislumbraba un gesto que me volvía loco. Cómo es posible que me guste tanto, pensaba. -El amor es un misterio- le dije y se rió. -Vos siempre tan romántico- dijo. -No es una definición romántica, es meramente psicoanalítica. Lo dijo Lacan-. Torció los labios, desconfiada. No terminaba de creerme. 


Lo conoció en un viaje, le cayó bien y le pidió el teléfono, así se transformó en uno de sus siervos. Nicolás me paseaba por todo México mientras mi viejo terminaba con sus reuniones, grabaciones, etc., en Televisa. Recorríamos el DF en un taxi amarillo, cruzado por líneas azules, desde Chapultepec hasta Xochimilco, desde Teotihuacán hasta el parque de Montañas rusas ubicado en Tlalpan, parábamos en jugueterías, plazas, en el jardín botánico y dónde fuera necesario para pasar el tiempo. Yo tenía diez u once años y en ese momento debía estar en el colegio, en Buenos Aires, como el resto de los chicos de mi edad. Obviamente era mucho mejor estar girando por el DF., siempre odie el colegio. 

-El mar se está levantando y dentro de poco va a llevarse todo el pueblo- le dije. Me miró, algo intrigada, le intrigaba conocer qué es lo que pasaba en ese lugar que a mi me gustaba tanto. -Tenes que conocer- le dije. Le gustaba la idea. Sus ojos se entrecerraron y no aguanté el impulso, le tomé la mano y le di un beso en el cuello. Tenía una musculosa blanca y su cuello sobresalía largo entre los sostenes. -¿Debe ser lindo, no?- preguntó. -Muy lindo- respondí -algo angustiante por momentos, tanta soledad. Pero muy lindo-. -Vos y la angustia- respondió. Volvió a reírse y sus dientes asomaron entre sus labios.

Hacía sólo unos meses que México había sufrido el peor terremoto de su historia y todavía se podían ver algunos edificios derruidos. Otros, en cambio, habían sido cubiertos con vidrios espejados, no sé si con el fin de alquilarlos a desprevenidos o simplemente mostrar una falsa recuperación. Faltaba poco para se jugara el mundial y, más allá de que uno de los motivos de la elección como sede de emergencia fuera el mismo terremoto, debían demostrar que las cosas estaban listas. -Detrás de esos vidrios está todo roto- me dijo Nicolás. Obviamente, en aquel momento yo no terminaba de comprender la lógica del revestimiento. ¡Por qué alguien cubriría de vidrios un edificio en ruinas!

-Desde chico que me acecha- le respondí -no sé de dónde sale pero se presenta ahí, donde esté, no me deja dormir-. -Yo te podría hacer dormir muy bien- volvió a reírse, una sonrisa algo libidinosa, divertida, asomaba entre sus labios. Sus ojos otra vez negros, su pelo derramándose por sus hombros. Volví a besarla, esta vez en la boca. Nos abrazamos, nos deseamos. El escape de un auto me produjo un deja vu. La imagen se reconstruyó en mi mente por una milésima de segundo y luego me atravesó un pequeño mareo. Ya estuvimos acá, estuve a punto de decirle, pero me aguanté. Aunque fuese cierto, no tenía demasiado sentido. -Contame más sobre tu angustia- me dijo -quiero saber, quiero conocerte-.

Aquella fue la primera vez que se me presentó en forma tan precisa. No es que no la hubiera sentido antes, a esa altura ya había comenzado a psicoanalizarme, posiblemente más por un deseo burgués por parte de mi vieja que porque realmente lo necesitara. Los temores a la muerte se sucedían cada noche y -ahora que lo pienso- no sé si es algo tan común en los chicos de esa edad, sí el miedo a la oscuridad, a los monstruos, etc., como un modo de sublimación, pero no sé si la muerte tan claramente representada; ni siquiera la muerte real, a mi me atravesaba la idea de la muerte y la eternidad, que es en el fondo lo más temible: la eternidad y la angustia.

-Tan chiquito- me dijo. Todo se lo tomaba a broma. La camarera se acercó y nos preguntó si queríamos algo más. -Otro café- dijo ella, -cortado-. La camarera se fue y volvimos a mirarnos. -¿Y entonces?- preguntó.  -¿Entonces qué?-. -Eso que me contabas-. -Nada- experiencias- respondí. No me gusta mucho estar hablando de mi pasado. Las nubes habían comenzado a oscurecer el cielo y un viento hizo que su pelo oscuro se le cruzara delante del rostro, como enmarcándolo. -Es lo único que te falta- le dije, también riéndome. -¿Sabés por qué Ulises se encadenó al mástil de la embarcación?-. -¿Qué cosa?- preguntó. -Tu pelo, lo tenés más largo, ¿puede ser?-. Su pelo también me encantaba. Hizo un gesto afirmativo y volvió a mirarme con sus ojos negros. 

Aquel edificio, sabiéndolo sólo una fachada delante de la destrucción, me produjo una sensación de vacío enorme. Me dejó prácticamente desnudo, desnudo y a la intemperie. Me acurruqué en el asiento trasero, esos vidrios sin fondo guardaban una imagen inefable. Imaginé las ruinas, las piedras amontonadas, los escombros... Fue la primera vez que sentí aquello. Para Nicolás no significaba nada, era mexicano y los mexicanos aprenden desde la cuna que la muerte los cerca a cada instante, que está siempre presente; y como aún se mantienen atados a las concepciones premodernas -en donde el tiempo transcurre de un modo circular y la eternidad es sólo el ir y venir de una historia que se repite-, eso los inmuniza y hace que no los afecte. 

-Pobrecito- dijo y se quedó en silencio. Hasta su silencio me parecía especial. El sonido de un trueno nos puso en alerta. -Para no tentarse y saltar al agua como todos- dijo. -¿Cómo?- pregunté. -Nada, está por llover- dijo mirando hacia arriba -mejor nos vamos-. Llamamos a la camarera y le pagamos. La tomé de la mano y caminamos por el medio de la calle. Era domingo y casi no había autos.

-Nicolás- aun recuerdo que le pregunté, -¿ahí vive alguien?-. Dudó, movió sus bigotes de lado a lado, esos bigotes angostos de pelo castaño. -No sé- me respondió, ¡hasta ese momento ni siquiera se lo había preguntado!

domingo, 28 de mayo de 2017







El deseo lo atraviesa todo, demuele muros, confines y voluntades ajenas. No hay centinela capaz de contenerlo, ni vigilancia estricta que lo detenga. El mínimo descuido es suficiente. Bajo el aspecto de lluvia, de un dios o como la simple imagen de un tío cualquiera, se materializa... El deseo siempre encuentra su forma. Deseo y destino son para los griegos casi la misma cosa.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Kansas City

La palabra redundó en mi cabeza. Fijé mi atención en el video, un video que le paso a mis alumnos desde hace años para explicar el materialismo histórico. A veces ni siquiera lo escucho, conozco de memoria cada imagen y cada uno de los diálogos. Sin embargo, esta vez la palabra redundó con especial énfasis. Fasten your seat belts, because Kansas is gonna bye bye. Esa era la frase completa pero la palabra Kansas fue la que permaneció. Era una metáfora claro, pero uno separa los elementos, metódicamente, como en los sueños, "signos no destinados a la pronunciación, sino a determinar a otros", dice Freud. Kansas, Kansas, pensé entonces, como si fuera una clave -la piedra Roseta dándome la entrada a los jeroglíficos egipcios-. ¿Qué significado podía tener...? Busque en mi cabeza y creí encontrar la solución: Charlie Parker. Hace unos días venía investigando acerca de su vida y había escrito un relato sobre su huida de Kansas, cuando dejó a su primera esposa para triunfar en Nueva York. Pensé en aquel momento, en su mujer recibiendo la noticia, en el viaje y el nuevo estilo, como si estuvieran signados uno en el otro, en el bebop, luego en Kerouac, en la ruta, en las nuevas formaciones, en Gillespie, incluso en Chano Pozo recibiendo el balazo de su dealer, etc. Quizás ahí radique la razón, pensé, quizá en Parker o en todo lo que sigue. La semiosis social es ilimitada, al igual que la asociación libre.

No le di más importancia y continué mi clase. Matrix y el materialismo histórico, puede sonar absurdo sin embargo es una relación perfecta, siempre y cuando uno comprenda los desvíos que impone una metáfora. Volví a mi casa y seguí con mi rutina diaria: lecturas en el café, escritos, más tarde ensayo, etc. Sin embargo, la idea perseveró dos o tres veces durante la tarde. El deseo insiste. Por la noche mi amigo Carlos Masotta presentaba -junto a Eduardo Molinari- una conferencia performática sobre agrotóxicos en el teatro Cervantes: El manto. Llegué unos minutos antes de que comenzara, la representación duró alrededor de una hora y media. Datos y más datos horribles, espantosos. Una sierra eléctrica, Monsanto, sus semillas, las fumigaciones, los niños bandera, enfermedades, deformaciones, etc.

De ahí nos fuimos a cenar a La Tekla, un reducto con pretensiones de cantina -bastante cursi- en Barrio Norte. Necesitaba un respiro, o un suspiro, sin embargo la cosa siguió. Me aburrí un poco, más allá de algunos diálogos esporádicos con Molinari, estaba presente toda la cátedra de Soberanía alimentaria y las conversaciones rondaron respecto a un tema que a mi no me preocupa demasiado, quizá menos de lo que debería. 



Ya eran casi las doce. Mejor nos tomamos un taxi, me dijo Masotta cuando salimos, estábamos por encarar hacia Santa Fe, a tomar el 152. Entonces caminamos hacia el lado opuesto, hacia Córdoba. Era una noche cálida para Mayo, llena de estrellas. Ya se va a venir el frío, dijo alguien, no recuerdo quien, creo que la otra antropóloga que participaba en la otra. La calle estaba semidesierta, apenas algunos autos se escuchaban pasar de vez en cuando. Pensé en esa zona como un territorio periférico. De día saturado de gente y de noche tan vacío, casi fantasmático. Cruzamos frente a un albergue transitorio, sobre Talcahuano, a veinte metros de la avenida Córdoba. Recordaba su fachada, con sus ventanas tapadas y sus paredes algo despintadas, habíamos estado ahí un año y medio atrás, quizá dos. Fije mi vista, reviviendo ciertos recuerdos, buenos recuerdos. Nuestra desesperación y la necesidad de ocultarnos, meternos donde fuera para no terminar haciéndolo ahí mismo, en la plaza frente a Tribunales. Sus habitaciones son espantosas, pensé, uno de los telos más feos que conocí, sin embargo lo pasamos muy bien, extraordinariamente bien. Sus ropas cayendo, o siendo arrancadas. El deseo y todo eso. Miré una vez más la fachada. Al costado de la puerta, un cartel grisáceo -típico de telo-, anunciaba el nombre en letras negras: Kansas City.