miércoles, 17 de mayo de 2017

Kansas City

La palabra redundó en mi cabeza. Fijé mi atención en el video, un video que le paso a mis alumnos desde hace años para explicar el materialismo histórico. A veces ni siquiera lo escucho, conozco de memoria cada imagen y cada uno de los diálogos. Sin embargo, esta vez la palabra redundó con especial énfasis. Fasten your seat belts, because Kansas is gonna bye bye. Esa era la frase completa pero la palabra Kansas fue la que permaneció. Era una metáfora claro, pero uno separa los elementos, metódicamente, como en los sueños, "signos no destinados a la pronunciación, sino a determinar a otros", dice Freud. Kansas, Kansas, pensé entonces, como si fuera una clave -como si fuese la piedra Roseta dándome la entrada a los jeroglíficos egipcios-. ¿Qué significado podía tener...? Busque en mi cabeza y creí encontrar la solción: Charlie Parker Hace unos días venía investigando acerca de su vida y había escrito un relato sobre su huida de Kansas hacia Nueva York, cuando dejó a su primera esposa para irse a triunfar en Nueva York. Pensé en aquel momento, en su mujer recibiendo la noticia, en el viaje y la nueva música, como si estuvieran signados uno en el otro, en el bebop, luego en Kerouac, en la ruta, en las nuevas formaciones, en Gillespie, incluso en Chano Pozo recibiendo el balazo de su dealer, etc. Quizás ahí radique la razón, pensé, quizá en Parker o en todo lo que sigue. La semiosis social es ilimitada, al igual que la asociación libre.

No le di más importancia y continué mi clase. Matrix y el materialismo histórico, puede sonar absurdo sin embargo es una relación perfecta, siempre y cuando uno comprenda los desvíos que impone una metáfora. Volví a mi casa y seguí con mi rutina diaria: lecturas en el café, escritos, más tarde ensayo, etc. Sin embargo, la idea perseveró dos o tres veces durante la tarde. El deseo insiste, dicen. Por la noche mi amigo Carlos Masotta presentaba -junto a Eduardo Molinari- una conferencia performática sobre agrotóxicos en el teatro Cervantes: El manto. Llegué unos minutos antes de que comenzara, la representación duró alrededor de una hora y media. Datos y más datos horribles. Una sierra eléctrica, Monsanto, sus semillas, las fumigaciones, los niños bandera, enfermedades, deformaciones, etc.

De ahí nos fuimos a cenar a La Tekla, un reducto con pretensiones de cantina -bastante cursi- en Barrio Norte. Necesitaba un respiro, o un suspiro, sin embargo la cosa siguió. Me aburrí un poco, más allá de algunos diálogos esporádicos con Molinari, estaba presente toda la cátedra de Soberanía alimentaria y las conversaciones rondaron respecto a un tema que a mi no me preocupa demasiado, quizá menos de lo que debería. 



Ya eran casi las doce. Mejor nos tomamos un taxi, me dijo Masotta cuando salimos, estábamos por encarar hacia Santa Fe, a tomar el 152. Entonces caminamos hacia el lado opuesto, hacia Córdoba. Era una noche cálida para Mayo, llena de estrellas. Ya se va a venir el frío, dijo alguien, no recuerdo quien, creo que la otra antropóloga que participaba en la otra. La calle estaba semidesierta, apenas algunos autos se escuchaban pasar de vez en cuando. Pensé en zona como un territorio periférico. De día saturado de gente y de noche tan vacío, casi fantasmático. Cruzamos frente a un albergue transitorio, sobre Talcahuano, a veinte metros de la avenida Córdoba. Recordaba su fachada, con sus ventanas tapadas y sus paredes algo despintadas, habíamos estado ahí, un año y medio atrás, quizá dos. Fije mi vista, reviviendo ciertos recuerdos, buenos recuerdos. Nuestra desesperación creciente y la necesidad de ocultarnos. Sus habitaciones son espantosas, pensé, uno de los telos más feos que conocí, sin embargo lo pasamos muy bien, extraordinariamente bien. Sus ropas cayendo, o siendo arrancadas. El deseo y todo eso. Al costado de la puerta, un cartel grisáceo -típico de telo-, anunciaba el nombre en letras negras: Kansas City.

lunes, 15 de mayo de 2017

En tiempo de siembra, aprende; 
confía aún en el caos.
En tiempo de cosecha, enseña; en invierno, goza, 
y aunque duela, aprende. 
Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos,
nunca sabes de qué lado te tocará estar la vez siguiente. 
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría,
come con mucha sal y no vivas más de los veintiséis años. 
La Prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la incapacidad.
Abusa de tus padres,
El que desea y no obra....
.....       .......      ........   .......... .........    ..............

miércoles, 10 de mayo de 2017

Promesa






You are the promised kiss of springtime
that makes the lonely winter seem long.



La tomó de la mano y la miró a los ojos. Su gesto había cambiado -su párpado izquierdo se contraía como si tuviera vida propia- por lo que enseguida supo que algo importante tenía que decirle. La bombita de luz de la habitación titilaba, prendiéndose y apagándose a intervalos irregulares. Se quedó mirándola, no era la primera vez que pasaba. 

-¿Deberíamos cambiarla, no?- dijo, quizás esquivando el asunto.
-Rebeca, tenemos que hablar- le dijo él, cortante, contrayendo el párpado, y ella aún sin saber lo que iba a decirle dejó escapar una lágrima. No era nada bueno, lo sabía. -No llores por favor, ¿si? Prometeme que no vas a llorar-. 

Se adelantó unos pasos, siempre llevándola detrás suyo y la hizo sentar en el sillón. Ella quiso balbucear una frase pero no encontró fuerzas, las palabras quedaron atoradas en su garganta. Pasó una mano por el respaldo del sillón y rozó con su dedo índice un agujero. Recorrió sus contornos ásperos, seguramente consecuencia de un cigarrillo. Notó dos agujeros más. Habría que volver a tapizarlo, pensó. Pasaron cinco o seis segundos, los ojos de ambos se cruzaron, desconocidos. A ella le vino en mente su infancia, la casa en donde habían crecido y la vez que se escapó para ir a verlo tocar. Le apretó aún con más fuerza la mano, no quería soltarlo. Charlie, quiso decir pero no pudo, de pronto se sintió completamente lejana, como si estuvieran frente a un abismo y por más que ella intentara él no podía escucharla. A la vez se sintió culpable.

-¿Rebeca, me dejarías libre?- le preguntó. Un escalofrío corrió por su cuerpo y sintió el golpe de la electricidad. Fueron miles de agujas que se le clavaron por los brazos, en las piernas, pero principalmente en el abdomen. Las piernas se le aflojaron, si hubiese estado parada posiblemente se hubiese dado contra el suelo. ¿Qué podía responder? ¿qué podía ganar imponiéndole algo, más allá de lo inútil que resultaría? Intentó evadirse, volvió a pensar en ese concierto, no quería escuchar sus palabras, ni siquiera quería estar ahí. Ya cállate, tuvo deseos de decirle, pero no se atrevió, su presencia era demasiado fuerte. Se hubiese tapado los oídos pero no quiso quedar como una loca. -Rebeca, yo sé que si fuera libre me convertiría en un gran músico- continuó él. Ella alcanzó a hacer un gesto, moviendo la cabeza verticalmente, intentó esbozar algún sonido pero tampoco pudo. Conocía mejor que nadie su potencial y sabía lo que era capaz de hacer si no se dejaba arrastrar por la noche. No supo bien qué decir, ya era inevitable. Si tu mamá se entera nos mata, le dijo él esa noche, cuando se había escapado para verlo, mejor entonces que nos casemos. Fue lo más hermoso que escuchó en su vida, algunos días más tarde se casaron. 

Ahora sufría la contracara de sus impulsos, un sentimiento completamente opuesto. Pero viniendo de él era esperable que sucediera, lo había previsto, había imaginado mil veces la escena y creía estar preparada. Finalmente se daba cuenta que era imposible prepararse. Su rostro se cubrió de lágrimas. Quiso levantarse del sillón pero no pudo. 

-No llores, ¿sí?- dijo él, tomándola de ambas manos, y apoyándolas sobre su vientre -me prometiste que no llorarías. -Mamá- dijo luego, alzando la voz, aún vivían con su madre. Se escucharon los pasos duros de su madre acercarse, golpeando firmes contra el piso de madera. 
-¿Qué pasa?- preguntó, por el tono de voz de su hijo intuía algo importante.
-Mamá, quiero que mientras ella y León estén vivos, nunca les falte un techo ni un plato de comida. ¿Está bien?-. Su madre asintió con la cabeza. Tampoco pudo decir nada, era imposible contradecirlo y su carácter empeoraba día a día. 

Separó sus manos de las de él y volvió a recorrer el contorno de uno de los agujeros del sillón. Mañana mismo lo voy a hacer tapizar, se dijo. 

Al otro día vendió lo poco que tenía, y lo acompañó a comprar un pasaje de tren a Nueva York. Sólo volvería a Kansas dos veces más; una para decirle que se arrepentía de todo y que nunca debió haberse ido, y la siguiente en un cajón trashumante, con la apariencia de un anciano, cuando sólo tenía treinta y cuatro años.

domingo, 7 de mayo de 2017

Dunkan Mcleod (fragmento)



16
La paranoia es como el viento antes de la tormenta. Aparece como una brisa suave y se va. Más tarde vuelve, repentina, te rodea el cuerpo, permanece unos minutos y vuelve a desaparecer. Nunca se queda definitivamente, pero sus apariciones son cada vez más regulares y más potentes. Cuando comienza a soplar del todo ya es imposible detenerla, por eso hay que evitar que se acelere a cualquier precio.

Desde la ventana llega el sonido de una frenada, luego el sonido de un motor acelerando a fondo. Gritos, carcajadas. Es sábado a la noche, más allá de la ventana hay vida. Me pierdo en las grietas de una de las paredes. En la forma de una rosa. Dibujo el tallo con la imaginación, una hoja saliente y luego la otra. Una curva. Las líneas hacen un giro imaginario que revela la forma precisa de los pétalos. Una rosa en un jardín de mierda, de meo. Una rosa entre cucarachas. Vuelve a escucharse el sonido de un motor. Quisiera estar del otro lado. Irme, desaparecer como el humo. Como Zeus, en forma de lluvia. Duncan MacLeod, el inmortal, inventor de la Odisea y una peregrinación de mil cien años desde que salió de la Isla del Sol. Qué podría recordar desde entonces.

Quieren extorsionar a mi familia. Mientras me tienen acá están llamando a mi familia a Buenos Aires, es por eso que me pidieron el nombre tantas veces. Vuelven a mi cabeza esas palabras pronunciadas por la contra-nada del camión, vuelven cargadas de sentido: "los familiares", le dijo cuando se iba, a Dunker. En ese momento fue un simple eco vacío de contenido, que no reconocí, pero que por alguna razón quedó fijo, flotando en mi mente. Era imposible comprenderlas vacías de contexto. Pero ahora lo sé, vuelven completas, la información se minimiza, ya no hace falta saber más. Era por eso. “Los familiares”. Corruptos. Sinvergüenzas. Desquiciados. No tienen límites. La contra-nada es una institución hecha para delinquir, su única finalidad. Les van a hacer depositar plata en algún banco, tengo a su hijo, un secuestro virtual -no tan virtual- mientras yo estoy acá, preso, secuestrado en esta ducha con olor a meo y cucarachas cobrizas. Necesitan tiempo, por eso no me sueltan.

Mando mensajes como un desgraciado, no puedo parar. ¡Llamen a la embajada! Nada, sin respuesta. Deliro. Puedo pensar, a pesar de todo puedo pensar. Intento tranquilizarme. Me hablo en tercera persona. Tranquilizáte Mariano, tranquilo. Está todo bien. Me miento. Respirá hondo. Inspiro, cargo mis pulmones, los lleno de aire, se inflan, lo suelto, despacio. Aspiro otra vez, y cuento para retenerlo. Uno, dos, tres, cuatro… Lo suelto de a poco. Pienso ¿Cómo podrían hacer eso? ¿Desde la misma policía? Es un delirio. La brisa. Sería como ir a robar un banco con el nombre escrito en la frente. Dudo, hasta dónde puede llegar la corrupción policial. Hasta dónde no es abiertamente una asociación ilícita. Se manejan con una impunidad y un descaro extraordinarios, la misma institución los ampara. Respiro. Vuelvo a exhalar. Estoy en una comisaría, en medio de la nada. Un indio me tiene secuestrado. Un indio que salió de la Isla del Sol hace millones de años, que cruzó el lago, que llegó a La Paz, que cruzó medio Bolivia, que se perdió, que traicionó, que abandonó su historia para convertirse en una contra-nada, una contra-nada con una wiphala en su hombro como excusa, una wiphala sin sentido, vaciada de contenido. Que usa aniquiladores de sueños con punta redondeada para pisotear la historia, su propia historia cada noche. A la inversa de “los familiares” que se fue llenando de sentido y ahora lo sé todo. Un indio cuyo único fin es extorsionarme, sacarme plata y quién sabe qué más. ¿Y qué si no puede sacarme mucho? ¿Y si consigue lo que quiere? ¿Me van a dejar libremente, sabiendo que puedo hacer una denuncia en algún organismo de Derechos Humanos, en el consulado o la embajada? Wiphala. ¿Tan impunes son, o es que tienen algo planeado? Me desespero. Transpiro, mis manos comienzan a sudar. Aspiro. Mi pecho se hincha y no de orgullo. Exhalo de a poco, esperando. Otra vez la brisa entrando por la ventana. De mis manos cae agua como de un caño roto. No pasa nada. Cada vez estoy peor. Tranquilo. Mis ansias no desaparecen. Me desespero. Nada peor que la desesperación. La paranoia es una habitación vacía. El salón se vacía, pero la música continúa. La gente se va yendo a medida que la luz comienza a entrar por los ventanales que dan a la calle. Solo algunas parejas distribuidas en dos o tres mesas y otros acodados en la barra, entre las que me encuentro. Terminamos los tres hablando, por casualidad.

Un cubano simpático, como todo cubano. Algo charlatán, como todo cubano. Es bajista, anda con el bajo a cuestas. Toca en el Café 24 me cuenta. Mañana te vienes, me dice. Frente a la plaza Veinticuatro de Septiembre. Donde tocamos con Tangi. Trato de no pensar en Tangi, ni en la loca de su novia. Delirante. El cubano no para de hablar. Es simpático. Me invita cerveza. Acepto, cómo quisiera una cerveza ahora. Salir, estar ahí, tomando cerveza con el cubano, el bajista. Yo también tocaba el bajo, le cuento. Hace tiempo, en una orquesta de jazz, hacíamos standards, clásicos. My funny, All of me, Fly me, But not for me, Take five, etc. Por alguna razón que ya no recuerdo aparece ella, Cristela. De la nada. Con su cuerpo esbelto, su ombligo al aire, sus cabellos y sus ojos negros, de los más negros que vi en mi vida, profundos, casi una fosa. A mi lado él con su bajo, el cubano, del que nunca supe el nombre, aunque al día siguiente lo fui a ver al Café 24 con su orquesta, conformada por cubanos residentes en Bolivia, una cantante preciosa también, que cantaba por las noches y en el día trabaja en un SPA. Todos cubanos, excepto uno de los percusionistas, un camba. Hablamos de música, latin, son, salsa, música cubana, etc. De Cachao, de Bebo, de su hijo, de la Lupe, de Abreu, Manolito, etc. Tu sabes, me dice, cómplice, tu sí que sabes. El cubano, de Santiago o de La Habana, ya no recuerdo. Haciendo alarde. Cristela abre los ojos a cada palabra, no sabe tanto, pero su pasión es infinita. Eso me enamoró, entre otras cosas. Camba linda. Tan hermosa, amante de la música cubana, y con los ojos tan grandes y tan negros. Y ese ombligo como las depresiones del Fuerte de Samaipata. El cubano alardea, aun recuerdo sus palabras, porque Patitucci no hace lo que hago yo, él toca muy bien, pero no puede hacer un tumbao.

La música se apaga. Es tarde y el dueño ya quiere cerrar. ¡Club Caribe se cierra carajo! Grita intentando imponer autoridad. Pero nadie le da importancia. Los que estamos en la barra, seguimos como si nada, conversando, tomando, etc. Como si no existiera.

-¿Y vos cantas?- le pregunta el cubano. 
-Claro- le responde ella, segura  -es uno de mis secretos mejor guardados-. 
-A ver, canta algo-. 
-¿Ahora?-.
-Sí, ahora-. 

Ya es de día. Por las ventanas se filtra la claridad y el lugar se va haciendo más feo. El boliche ya no es tal, aunque los que estamos seguimos tomando como si nada, por esa costumbre de tomar hasta que no quede más. Muy de país latino, latinolandia, reventarse hasta que no quede nada, nada de estómago, nada de hígado, nada de oro ni de plata, nada de petróleo, nada de nada. Entonces Cristela cantó. Junto aire, aspiró, tímida, se llenó los pulmones de aire y cantó. Contigo en la distancia, bolero clásico, feelin´ como dicen los que saben, género cubano, mezcla entre bolero y jazz, nada fácil. Sin embargo, lo hace a la perfección, cada nota en su lugar, precisa, una voz que pasa de los graves a los agudos con una facilidad tremenda. Al primer fraseo el lugar enmudeció, el murmullo se apagó y se hizo un vacío que hizo que su voz retumbara en las paredes. Al pronunciar no hay bella melodía me miró directo, con esos ojos como agujeros negros, como fosas, y yo casi me hago pis encima. Me sentí en La habana, mirando el Caribe desde el Malecon, con ella del brazo, con su alma cubana desprendiéndose de esa voz hermosa. En qué no surjas tú fue peor, su mirada más intensa, volaba por los aires. ¡Qué mujer! Qué belleza. Latinoamérica se me aparecía en una sola imagen y pensaba en la contradicción como esencia. En el potencial creativo y en su música, como si no hubiera nada más. Latinoamérica es eso, pensé, solo música. Ni quiero yo escucharla... terminó por volverme loco, ya no había nada que me pudiera bajar a tierra. Quise ofrecerle matrimonio ahí mismo, con su ombligo al aire, arrodillarme frente a ella y que se viniera conmigo para Buenos Aires o quedarme en Santa Cruz para siempre -fantasía que ahora miro con desprecio y que no se me ocurriría pronunciar jamás-.


Yo, el cubano, el lugar entero se enamoraron de su voz, una voz que por momentos adquiría un tono metálico, preciso, que elevaba su caudal y el volumen, y luego volvía a una calidez íntima que te arrinconaba en el sillón más oculto del peor de los antros. Sonaron los aplausos. El lugar entero se enamoró. Se hizo un silencio que duró varios segundos. No se oyó una voz, como una manifestación respetuosa a la obra que termina, como si lo que pudiera suceder después necesariamente estuviera condenado a la desgracia por contraste, frente a lo maravilloso que acababa de suceder. El cubano y yo seguíamos con la boca abierta. Enamorados. Con vos voy a formar una banda, le dijo, no sé si para levantársela, como buen cubano, o con proyecciones serias, pero el hecho lo ameritaba. Joe Patitucci no puede hacer un tumbao. Su mirada seguía arrinconándome. Soñé con ella esa noche y la siguiente.

miércoles, 3 de mayo de 2017

mompiche




...lo que necesitamos para comprender un suceso particular,
 un rito, una costumbre, una idea o cualquier otra cosa,
 se insinúa como información de fondo...
C. Geertz.



En los pueblos surfistas, sobretodo en los pequeños como Mompiche, se entreteje una especie de código que en todo momento sobrevuela el ambiente. No es necesariamente oculto, tampoco es secreto, por lo menos no existe esa intencionalidad. Sin embargo, se hace imposible descifrar para quienes no están al tanto de eso, que más que un deporte, para esta gente es un estilo de vida. 

Una cosa es conocer la lengua y otra poder conversar, decía el etnógrafo Clifford Geertz, y en Mompiche sucede algo parecido, hay un sobreentendimiento, un código que al foráneo le falta. Repentinamente la vida del pueblo cambia, si uno es suficientemente perspicaz puede observar a sus habitantes caminando descarriados, como lobos sueltos, perdidos, mirando la luna y buscando comida. Los ojos se dilatan, las miradas se vuelven abstractas, como si no pudieran fijarse en ningún punto. Los diálogos se pierden, los mismos quienes anteriormente se extendían en interminables diálogos -principalmente con las turistas-, pierden el habla y se mantienen callados, como expectantes. Los cuerpos se mueven como zombies desperdigados por un pueblo que se vuelve oscuro, las calles de tierra se vacían y a las diez de la noche se transforma en un páramo. 

Esto al turista le llama la atención, puede observar que la vida del pueblo ha cambiado drásticamente, sin embargo, no termina de comprenderlo. Esto tiene una explicación que él desconoce. La luna llena puede coincidir, dada su relación con las mareas, pero no es determinante. Sucede ante un alerta de Swell: el surfista debe estar en forma para tomar la primera ola, esa que crece limpia cuando el mar aún está glass, cuando la superficie brilla lisa como un mosaico. Esta es su meta, la comida del lobo. Entonces se vuelve un autómata y en su mente no hay lugar para otra cosa: la primera ola.

Por lo que algunos viajeros llegan y otros se van, admiran las playas y el paisaje, incluso el escaso desarrollo físico del pueblo -en general construcciones con estructura de bamboo-, y apenas sienten esa percepción extraña, silenciosa, de que algo hay por ahí, latente, moviéndose debajo de la superficie, como si a uno le picara la pierna o la mano sin encontrar explicación, hasta que se van y la picazón se acaba inexplicablemente. Pero nunca terminan de comprender de qué se trata, aunque en algún lugar, consciente o inconcientemente, se aloje aquello como interrogante, ¿por qué me picaba la pierna...? como si hubiera dos dimensiones, dos formas de acceder a eso que puede ser un lugar vistoso, con lindas playas y paisajes, o algo más... En eso radica poder distinguir un guiño de un tic.

martes, 25 de abril de 2017

concilio

Escribía en uno de los cafés que dan al Tomebamba, el Café Magnolia -ciertamente, trataba de escribir porque empezaba una y otra vez y borraba cada línea. Nada me convencía- cuando un hombre se me acercó. Vestía con una campera deportiva Adidas. Estaba algo desarreglado, la barba crecida y la camisa fuera del pantalón. El sol estaba fuerte por lo que tuvo que usar su mano como visera para mirarme. Yo me encontraba bajo el alero del café. 

-¿Esta es la Plazoleta del Carbón?- me preguntó, señalándome el verde que se abría enfrente. 
-No tengo idea, no soy de por acá- respondí. 

Se quedó algunos segundos inspeccionando mi computadora, de tal modo que me puso algo incómodo. Tenía cejas grandes y la boca más bien pequeña -¿Lo puedo ayudar en algo?- le pregunté. Alcanzó a esbozar un gemido y desapareció. Me dio la impresión de que esperaba a alguien. 

Cerré la computadora y me puse a leer. Intentaba terminar un libro sobre la historia de los boleros, pero enseguida volví a abrirla creyendo que una idea se había iluminado en mi cabeza. Fue una falsa alarma, escribí dos o tres líneas que tuve que borrar. Hacía ya algunas semanas que la inspiración se había apagado y el tema me estaba empezando a preocupar. Justo cuando me disponía a volver al libro el hombre de la campera deportiva volvió a aparecer. Caminaba junto a una mujer entrada en carnes, vestida con un suéter negro y un chal de lana rojo sobre la espalda. Una trenza de pelo muy oscuro caía por su hombro izquierdo. Por la forma en que se relacionaban debía ser su esposa. Se pararon justo a unos metros delante de mi mesa. Miraban la computadora y hablaban entre sí, en voz muy baja. No alcanzaba a comprender lo que decían, sólo algunos balbuceos, quizá estuvieran hablando en quechua. Me hacían sentir algo incómodo.

-¿Necesitan algo?- volví a preguntarles. El hombre se acercó, amablemente, con su torso algo curvado hacia adelante y las manos juntas. 
-Creo que sí, necesitamos una computadora como esa- dijo, estirando apenas el dedo índice, tímidamente, señalando la máquina. -Es para nuestro hijo, quiere empezar la carrera de diseño en la Universidad de Cuenca... -hizo una pausa separó y juntó las manos -y le aconsejaron que se consiga una. Nosotros en un primer momento nos opusimos, no nos podemos dar ese lujo, pero luego nos hizo entender que era imprescindible, hoy todo se hace con computadora. Más en esa área-. Dijo esa área como quién habla de un tema que desconoce completamente.
-Posiblemente- esbocé, intentando mostrarme comprensivo. No podía dejar de alegrarme que una persona de clase baja pudiera acceder a la educación universitaria. -Qué bueno que pueda ir a la universidad- dije. Su rostro se transformó.
-¿Por qué? ¿Nosotros no tenemos derecho a ir a la universidad?- preguntó. Su amabilidad se había perdido. 
-Claro que sí- respondí -yo no dije eso...-. 
-Qué sí o que no?-. En ese momento comprendí que estaba a punto de ingresar en esos diálogos en los que el sentido se transforma en una espiral que nunca llega a destino, y que cualquier comentario que hiciera iba a quedar desencajado. Y mi alegría, no dejaba de ser producto de cierta condescendencia. Desde un punto de vista lógico el hombre tenía razón.
-¿Entonces?- preguntó, incomodándome.
-Entonces...- no supe bien qué responder -que me alegro- repetí.
-¿De la computadora?-. 
-¿Qué tiene la computadora? Le puedo recomendar la marca- dije ingenuamente -aunque ésta no me convence demasiado-.
-¿Tiene otra?- preguntó, tenía una extraña capacidad para ponerme incómodo.
-Sí, pero no estaba andando muy bien, y la cambié por ésta-. La levanté un poco de la mesa, enseñándosela. Era una Lenovo, dos en uno, bastante angosta y que pesaba casi nada. 
-Entonces tiene dos-.
-Sí, pero la otra...-. En aquel momento se acercó su mujer y no me dejó terminar la frase. También caminaba con los dedos entrelazados, adelante de su vientre, y su torso algo encorvado. 
-¿Le dijo?- le preguntó al marido, tratándolo de usted.
-Ahorita estaba por...- tampoco le dejó terminar la frase. 
-¡Ahorita es ahorita!- dijo en forma imperativa. 
-Perdón- esbocé, ya un poco nervioso -si me dijo qué-.
-Lo de la computadora- dijo él, sumiso, -¿no es cierto que le he dicho de la computadora?- dijo, obediente, mirando a su mujer.
-Sí- respondí -necesitan una computadora para su hijo-.

Repentinamente el sol desapareció y comenzaron a caer algunas gotas delgadas. Cuenca tiene eso, su clima es caprichoso y nunca se sabe que puede pasar, menos en abril. 

-¿Podemos guarecernos bajo el alero?- preguntó él, volviendo a su anterior amabilidad. 
-Claro- dije, ya algo inseguro. Comenzaba a querer tenerlos lo más alejados posible. El dio apenas un paso y ella lo siguió. Las gotas les seguían cayendo por lo que no terminaba de comprender qué era lo que se traían. 

No pasaron dos o tres minutos que las nubes desaparecieron y el sol volvió a brillar. Dieron dos pasos al mismo tiempo y se ubicaron en el lugar anterior, -el sol no parecía molestarles-. Siempre mirándome.

-Los puedo ayudar en algo- les dije, no pude evitar que mi voz se notara el fastidio. 
-Es que necesitamos la computadora- dijo él con tono de voz amable. 
-Bueno, les paso el modelo si quieren y la compran-. Di vuelta la máquina para buscar las especificaciones.
-Es que no podemos comprar una- dijo ella, en un tono completamente neutro. -¡Por eso necesitamos esa!-.
-¿¡Esta!? a qué se refieren con "ésta"?-.
-A la suya, usted no la necesita tanto como nosotros-. 

Por mi cabeza pasaron infinidad de cosas, como qué pueden saber ellos respecto de mis necesidades, etc., y y estaba a punto de decirlas cuando dos clientes del café, respecto de los que no había notado antes su presencia -un hombre de saco beige y otro con una camisa blanca con unos bordados anaranjados sobre los hombros- se levantaron y se presentaron ante mi como ante la pareja. 

-Somos del comité de justicia y distribución de bienes- dijo uno de ellos, mostrándonos un cartón azul plastificado que oficiaba a modo de cédula. Acto seguido levantaron una de las mesas y la pusieron delante de la mía, y luego otra en la que invitaron a sentarse a los otros involucrados. -Hace rato que estábamos prestando atención al asunto y queremos informarles que desde este mismo momento queda abierto el concilio encargado de resolver el caso de la computadora en disputa-. Y ante mi total asombro el de camisa con bordados tomó la máquina de mi mesa (-disculpe, me dijo, pero estos son los protocolos-) y la colocó sobre la suya.
-Pero... ni siquiera hay testigos- dije, sin saber bien por qué. 
-Claro que sí- respondió el de saco beige e invitó a sentarse a una pareja de estudiantes que indudablemente salían de la Universidad de Cuenca que se encuentra casi al frente del café. -Pueden sentarse- les dijo, lo mismo a la pareja en pleito. De una valija sacó un cuadrito de madera con una balanza enmarcada en su interior y la puso sobre la mesa contra el azucarero cuidándose de que quedara en forma vertical. 

Entonces quedamos, yo sentado en una mesa solo, paralelamente a la mesa de la pareja que pedía mi computadora, ambos frente a la mesa de los hombres que hacían de jueces y a un costado, a modo de jurado, la pareja de estudiantes. 

-Bueno, como Presidente del Comité de justicia y distribución, y estando al tanto del conflicto que acá se pone a prueba, me toca dar inicio al asunto-. Hizo una pausa y aspiro hondo, cualquiera hubiera pensado que diría algo más. Sin embargo, acto seguido su compañero miró a la pareja y estiró su mano como dándoles pie para que comenzaran. La mujer le dio un pequeño golpe con el codo a su marido.  

-Este... bueno... el problema es que nosotros tenemos un hijo que estudia...-.
-Necesitamos esa computadora- dijo ella, imperativa y pragmática, interrumpiendo a su marido.
-Bien- dijo el presidente.
-Yo también- dije, apurándome, no quería perder terreno.
-¿Y cuáles son sus razones?- preguntó.
-Soy escritor-.
-¡Ah, qué bien!- dijo el presidente, -acá valoramos a los escritores- eso me alegró. -A ver muéstreme lo que tiene escrito- dijo señalando la máquina en cuestión. 
-Es que...- no había tenido tiempo de pasar los archivos de la computadora anterior y desde que usaba ésta aún no había logrado un sólo momento de inspiración -no hay nada aún-.
-Ah, un escritor que no escribe- respondió el residente, algo irónico.
-¡Claro que escribo!- me opuse enfático a sus palabras -pero los archivos están en la otra máquina-.
-Entonces tiene otra máquina- dijo. 
-Es lo que nosotros le decíamos- acotó enseguida el hombre de campera deportiva. 
-Y nosotros necesitamos esa de veraz para nuestro hijo que empieza la universidad- acotó su mujer.
-Eso está muy bien- dijo el acompañante del presidente -no sea que se ande entreteniendo por ahí con otras cosas-. 
-Como el señor- dijo la mujer -señalándome con la mirada-.
-¿Y qué es lo que estudia?-.
-No estudio, soy docente universitario- dije, algo altanero.
-Usted no, el hijo del señor- dijo el presidente. 
-Diseño- dijo el hombre de la campera -dio el examen de ingreso y le fue muy bien-.
-Y mire que es un examen difícil- acotó la mujer. -¿No es cierto?- dijo mirando a los estudiantes que hacían de testigos, a lo que estos no dudaron en asentir con la cabeza. -¡Vio! Es por eso que necesitamos la máquina-. Sentí que si no decía o hacía algo estaba a punto de perder el proceso.
-¡Yo soy escritor y necesito la máquina para escribir!- esbocé enfático.
-Un escritor que no escribe- dijo la mujer, repitiendo las palabras del presidente, al tiempo que echaba un suspiro. -Además tiene otra-.
-¿Es o no cierto que tiene otra?- preguntó el presidente.
-Más o menos- esbocé, a lo que todos me miraron extrañados.
-¿Tiene o no tiene?- reiteró.
-Tengo pero no anda del todo bien-.

El cielo volvió a encapotarse y se oscureció de tal forma que casi se hizo de noche. Comenzó a llover, esta vez las gotas eran algo más gruesas que anteriormente por lo que tuvimos que refugiarnos debajo del alero del café y esperar. Durante aquel lapso me hice a un costado para fumar y se me acercó el acompañante del presidente del consejo.

-¡No crea que esto va en contra suyo, eh!- dijo amablemente, siempre con voz muy baja, como si no quisiera ser oído por el resto, y casi en forma condescendiente. Se había llevado ambas manos a los hombros, abrazándose a sí mismo. -Así son las reglas y estamos obligados a cumplirlas. Ahora si usted me preguntara a mi quién yo quisiera que se lleve la máquina entonces...- se quedó a medio decir. 
-¿Entonces qué?- pregunté, pero en ese momento se acercó el presidente.
-Bueno, parece que está parando así que debemos continuar- dijo mirando el cielo. -¿No me convidaría un cigarrillo antes?- me pregunto. Es el colmo, pensé, mientras estiraba mi mano con el paquete de Marlboro. 
-¿Me convidaría también?- preguntó el asistente, y tímidamente se acercó el hombre de la campera deportiva que quería llevarse mi computadora nueva.
-¿Usted también quiere?- le pregunté.
-Si se puede- respondió, siempre tímido, con sus manos tomadas entre sí y su torso encorvado. 
-¿Ustedes fuman?- les preguntó el presidente a la pareja de testigos que se habían quedado al margen. 
-Yo sí- dijo ella. 
-¿Podría convidarle uno a ella también?- me preguntó el presidente, afablemente -el comité es bastante nuevo y lamentablemente aún no cuenta con fondos asignados para afrontar gastos extras-.
-¿Y para otros, sí? ¿Qué, me van a pagar el café aunque sea?- dije molesto mientras extendía de nuevo la mano con el paquete de Marlboro.
-Bueno, tampoco tenemos para gastos fijos por ahora- dijo encogiéndose de hombros. -Pero le podemos extender un pagaré-.
-No gracias- respondí, ya del todo fastidiado -terminemos con esto de una vez-.
-Bueno no se ponga ansioso, la justicia tiene sus tiempos-. 

El sol volvió a brillar -no se equivocan quienes afirman que en Cuenca uno vive las cuatro estaciones en cuestión de minutos-, y las nubes se evaporaron por completo. Si uno miraba el cielo -se había puesto de un celeste intenso-, daba la impresión de que nunca hubiesen estado. 

Cada uno ocupó su lugar.

-¿Entonces?- preguntó el presidente, mirando a la pareja demandante.
-Nuestro hijo comenzó la universidad y necesita la computadora...-, repentinamente todo comenzaba como si hasta el momento no se hubiese dicho una sola palabra. 
-¿Y usted?-.
-Yo soy escritor- dije, ya algo vacilante, estaban comenzando a acabar con mi paciencia -y necesito la computadora para escribir-.
-¿Y escribió algo?- comenzaba a hacerme la idea que me encontraba en una corte de locos. 
-Claro que escribí- dije enfático -¿o no vieron mi nombre en las vidrieras de las librerías, en las portadas de los diarios?-. Me paré y caminé usando el espacio que había entre las mesas, gesticulando -¿No leyeron ustedes- dije, mirando al jurado -acaso, mis libros en la facultad? ¿No saben quién soy yo?- agregué finalmente con los brazos en alto y elevando el tono de voz. Ante lo que todos se quedaron atónitos, algo petrificados. El silencio duró alrededor de quince o veinte segundos. 
-No- dijo finalmente la mujer -¿quién eres?-. 
-Un escritor- dije, balbuceante, perdiendo el terreno que había logrado.
-Pues nuestro hijo va a ser diseñador, y va a diseñar el nuevo centro de Cuenca- dijo la mujer enfática.
-Eso es muy bueno- dijo el presidente, -¿y podría diseñar el edificio de nuestro comité también?-.
-¡Pues claro!- dijo su marido, abriendo los hombros, dando cuenta de la obviedad de la respuesta. Están todos locos, pensé, estuve por decirlo en voz alta pero me detuve, no me favorecería en nada.
-¿Y usted qué piensa escribir?- me preguntó el presidente. No supe qué responder, no es una pregunta a la que los escritores estemos demasiado acostumbrados. El futuro no es un tiempo que nos quede muy cómodo, en el presente o en el pasado nos sentimos más a gusto, como si estuviéramos en casa.
-El proceso- les dije, irónico. Ante lo que todos pusieron el mismo gesto de desconcierto. El presidente y su secretario abrieron los ojos y se miraron entre sí, como si el asunto mereciera mayor seriedad. Mantuvieron un dialogo en voz baja que duró poco menos de cinco o seis minutos. Luego el presidente nos miró uno por uno 
-Lo que sucede en este concilio es confidencial. Cuando aceptaron someterse al mismo ustedes aceptaron las normas- dijo, apuntalándome con la mirada.
-Yo no acepté nada, prácticamente fui sometido a la fuerza-.
-Acá nadie es sometido por la fuerza- dijo, seriamente, -esto es un tribunal popular donde se pone en juego la justicia-.

domingo, 23 de abril de 2017

Entrada

-Son de mi pueblo- le dijo ella, en español, con su acento francés - viven a cinco minutos de donde nací-. El bus avanzaba veloz, de curva en curva, empujándonos contra uno y otro de los laterales. Entre Ayampe y Entrada hay un cerro con un camino escarpado que los buses escalan a toda velocidad, los choferes ecuatorianos adoran tomar las curvas a toda máquina, no sé si por gusto a sentir el balanceo de la carrocería, o para probar su destreza. Entonces el bus se mueve de un lado a otro, el motor ruge forzado en las subidas y traccionando, a causa de los rebajes, en las bajadas. Como siga así nos vamos por el barranco, pensaba, mientras hacía que leía. 

Tenía un libro de Carver que ojeaba sólo para disimular, me interesaba la relación entre ellos. El era casi un Inca, pómulos pronunciados, bajito, pecho ancho, nariz achatada, los ojos juntos y la piel curtida. Ella típica europea, con su rasgos ligeros, ojos claros, nariz respingada, pequeña, tez blanca, aunque sus mejillas algo coloradas por el sol, etc. Tenía un pareo sobre la biquini, él unas bermudas y el torso desnudo. Ambos viajaban con sus tablas, al igual que la otra pareja de franceses con la que ella conversaba. Cuando la marea entra fuerte en Ayampe mejor ir hasta Entrada, sobretodo para los principiantes. Allí se forma una ola suave y regular que recorre la línea perpendicular de la Bahía, dibujando aquella imagen maravillosa verdeazulada, de rectas oblicuas que pegan contra la playa. 

Seguía con los ojos puestos sobre el libro, aunque echaba miradas de reojo inspeccionando el asunto. Intentaba desentrañar la lógica de aquella atracción, él ni siquiera daba con el prototipo de surfista esmeraldeño -mulato, con sus músculos y abdominales marcados y sus cabellos rizados aclarados por el sol y la parafina-, era más bien un serrano arrancado a las sierras y puesto sobre la playa, con su gran caja toráxica, su nariz inca y sus cabellos lacios, a medio crecer. De todos modos, no era eso lo que más me llamaba la atención. Venciendo los prejuicios estéticos -quién sabe qué motivos uno encuentra respecto a la atracción física-, lo que me intrigaba era el problema respecto a la comunicación. Porque se escucha aquello de que el amor es cosa universal, etc., pero la comunicación en general -más allá de los condimentos gestuales- se construye con palabras, y ella apenas hablaba español y el manejo de él respecto del inglés -y menos que menos el francés-, era totalmente nulo.

Cuando el bus pasó por la entrada a Cantalapiedra alcanzó su máxima velocidad y yo volví a pensar en el barranco que, junto a toda esa vegetación, se habría a nuestra derecha desde lo alto y daba contra un mar azulado hermoso. Estábamos a casi cien metros sobre el nivel del mar. Imaginé el rebaje y el rugido que el motor haría en la siguiente curva, y así fue, tan abrupto que produjo un estallido que hizo que la carrocería temblara y todos nos bamboleáramos hacia el lado derecho. El abismo se vio aun más cerca.  

Ella se había sentado en uno de los apoyamanos justo detrás de la pareja de franceses y conversaba displicente. Cada tanto giraba su cabeza para mirarlo a él, que se había sentado un par de hileras más atrás, y que no se sintiera excluido, acotando algún fragmento inútil de la conversación, como no sabes, viajan tres veces al año, sorprendida -o sobreactuando cierta sorpresa-. A lo que el serrano la acompañaba con una mirada entre extrañada e incrédula, seguramente no hubiera salido del Ecuador, y viajar tres veces al año fuera para él una abstracción análoga a la imagen de un átomo para el resto. No se lo notaba cómodo con la situación, sino más bien algo desencajado. No sabía bien dónde ubicarse y recorría con su mirada el interior del bus. En uno de esos recorridos nuestras miradas se cruzaron, sus ojos guardaban cierta necesidad. Repentinamente me lo imaginé viviendo en París o en algún lugar de Europa, se me presentó como una imagen borrosa y solitaria debajo de la eterna llovizna y los cielos grises. Entonces la diferencia se me hizo aún más pronunciada, las diferencias climáticas pueden ser más importantes de lo que parecen. 

El bus paró en Entrada y los cuatro bajaron con sus tablas, yo seguía hasta Olón. Los vi alejarse desde la ventana, los tres franceses caminando adelante y el serrano detrás. Volví a imaginármelo solitario bajo la lluvia parisina, sin saber qué hacer o a dónde ir. Miré el mar y aquella postal hermosa, esa hilera de olas verdes, iluminadas por el sol, haciendo fila para descargar su potencia contra la playa.