sábado, 11 de noviembre de 2017

Flexiones

5
Cuando lo dejaron salir ya estaba amaneciendo. Le hicieron llenar un formulario y le dieron una bolsa con sus pertenencias como a un reo cualquiera. La escena se me hizo algo bizarra.

-Ahora sí que la cagamos- le dije una vez en el estacionamiento de la comisaría.
-Si- respondió, desanimado. Caminaba con la cabeza gacha. -Manejá vos- me dijo cuando le quise dar las llaves del auto.

El cielo empezaba a clarear y recién comenzaban a verse algunos autos por la calle. A esa altura la Main se encuentra poblada por Encinos, un tipo de Roble californiano muy florecido cuyo tronco adquiere formas muy extrañas. Sumado a la penumbra que produce la contraluz del amanecer daban un aspecto algo lúgubre. -¿Qué árboles más retorcidos, no?- le dije, intentando sacarlo del letargo, pero no me respondió. Casi podía verse una nube negra sobrevolando su frente, todo el asunto era algo intrincado; lo que había comenzado como un juego se había tornado en una situación de mierda.

El resto del viaje lo hicimos en silencio. Recién comenzaba la primavera y por mi ventanilla entraba un viento cálido. Nicolás ni siquiera había abierto la suya. Al acercarse al mar -en cuestión de sólo unas cuadras-, la vegetación cambia drásticamente, los árboles casi desaparecen y el paisaje se torna despojado y amarillento. Eso hace que haya una mayor claridad. Estacioné frente al departamento y permanecimos dentro del auto. El sol se mostraba apenas detrás de las construcciones, su reflejo por momentos pegaba contra el parabrisas. Ninguno tuvo intenciones de levantarse del asiento o abrir la puerta.


-¿Qué hiciste?- le pregunté.
-Me puse a hacer flexiones- respondió. La comisura de sus labios se arqueó apenas hacia arriba.
-¿Qué?- No entendí a qué se refería.
-Eso, que no sabía qué hacer y me puse a hacer flexiones-.
-¿En la cárcel te pusiste a hacer flexiones, como en las películas?-. Se encogió de hombros.
-Ésta te anda fallando- le dije en todo de broma.
-No sabía qué hacer- repitió -me tiré un rato en la cama pero no podía dormir por los nervios-.
-¿Tenías cama?-.
-Sí, había dos camas-.
-¿Estabas solo?-.
-Había otro tipo, un latino también, pero no hablamos mucho. Manuel se llamaba, ni sé por qué estaba ahí-.
-Bueno, de todos modos te preguntaba qué hiciste en el mall para que te llevaran-.
-Ah- clavó los ojos en el parabrisas, el reflejo del sol le molestaba y se llevó una mano a la frente. Juntó los labios, posiblemente Nicolás se expresara más con los movimientos de sus labios que a través de las palabras. -¿Tenés un cigarrillo?- me preguntó.
-Sabés que no fumo, además vos dejaste de fumar hace unas semanas-. Era cierto, Nicolás había dejado el cigarrillo justo cuando nos mudamos a Huntington.
-Es un buen momento para retomar-.
-No seas, boludo. ¿Qué pasó en el mall?-.
-Nada-.
-¿Y por qué te llevaron entonces?-.
-Por tu culpa me llevaron- me dijo, la comisura de sus labios volvió a arquearse -ya me les había escapado, si no te agarraban a vos yo me iba-.


Entonces me contó cómo fue la secuencia. Se probó una campera y pensando que nadie lo veía salió de la tienda. Tras él salió un tipo de seguridad y le dijo que entrara. -Estaba buscando a mi amigo- le dijo Nicolás. -Está bien, no hay problema- le respondió el otro -sólo deja la campera en donde la tomaste-. Nicolás le hizo caso, sin embargo, apenas se sacó la campera el tipo le mostró la placa y lo quiso agarrar del brazo de la misma forma que a mí. Pero al estar prevenido, o porque tenía mucha mas calle que yo, lo anticipó con un golpe en la mandíbula y salió corriendo de la tienda. En ese momento fue que gritó mi nombre que yo escuché desde el probador. Lo siguieron pero no lo alcanzaron, pudo meterse en el auto sin que lo vieran y se acurrucó en el asiento.

-Incluso pasó un policía con una linterna, alumbró adentro del auto y no me vio- me dijo, y puso una sonrisa triunfal. -Me quedé esperando a ver dónde estabas, y cuando vi que te sacaban esposado tuve que volver-.
-Eso fue noble- le dije. Volvió a encogerse de hombros. -Pero no fue por mi culpa-.
-Sos un boludo-.
-¿Y yo qué iba a saber que vos ibas a salir corriendo con una campera?-.
-No salí corriendo con una campera, salí a ver dónde estabas, ya te expliqué. Ni siquiera tenían razones para llevarme preso-.
-Dale...-. Su gesto se volvió serio, mi respuesta no le gustó.
-¿Vos me ves con la campera?- me preguntó algo irritado. -Ahora tengo que ir a juicio- dijo -por una campera de mierda que no me robé y por lesiones contra el tipo de la tienda-.
-¿Te dijeron que va a presentar cargos?-.
-Sí-.

Salimos del auto y permanecimos unos segundos sobre la vereda. Nicolás se estiró de cara al sol, que ya había escalado bastante y comenzaba a sentirse. Iba a hacer un día caluroso. No pude evitar pensar en surfear, me sentí algo culpable.

-¿De dónde sacaste la guita?- me preguntó.
-Le pedí a Daniel-.
-¡A Daniel! ¿Y qué le dijiste?- su rostro se endureció, desconfiado.
-Qué un amigo de Harry estaba vendiendo una tabla-.


Ambos estallamos en una carcajada.



viernes, 10 de noviembre de 2017

Fianza

4
Quinientos dólares, eso era lo que tenía que conseguir para sacarlo de la cárcel. Lo peor es que no llegaba.

La estación de policía era un edificio blanco y frío, con ángulos rectos y las paredes de cartón prensado, excepto los calabozos imagino. El escudo de la policía de Huntington y un mapa del condado de Orange era todo lo que adornaba las paredes. A esa hora no había casi gente y los tubos de luz fluorescentes ayudaban a acrecentar la sensación de vacío. Cada pisada resonaba por lo menos diez veces. -Vengo a buscar a un amigo, ¿con quién tengo que hablar?- le pregunté a un policía detrás de un mostrador, que me mandó a otro mostrador adónde me atendió una mujer, mucho mas amable que el resto. Era negra y tenía el pelo amarrado con pequeñas trenzas. Entonces me dijo lo de la fianza. -De todos modos tiene que permanecer acá hasta que lo ingresen- me dijo también -y eso van a ser unas cuatro o cinco horas-.


Quinientos dólares. Mi cuenta de cheques sólo me permitía una extracción diaria de trecientos y ese día ya había sacado doscientos veinte para comprar ropa, de los que me quedaban setenta en el bolsillo. Fui al cajero y saqué los ochenta restantes. Después de las doce podría sacar otros trecientos. Eso me daba un total de cuatrocientos cincuenta, por lo que me faltaban cincuenta dólares. Por cincuenta dólares Nicolás iba a tener que pasar un día entero en la cárcel.


Llamé por teléfono a Daniel esperando que aún estuviera despierto. Con Daniel nos conocimos en una fiesta de argentinos por Anaheim, él había ido con una chica peruana de nombre Jenny (con quien yo más tarde tuve un par de encuentros), era algo moralista pero me caía bien. Era de Campana, se había ido a vivir a Los Ángeles con su familia hacía ya un par de años y de todos era el único que tenía un trabajo más o menos normal, y vivía en Santa Ana, una localidad pegada a Huntington.


Me atendió el padre.


-¿Quién es?- preguntó. Me quedé en silencio, estuve a punto de colgar, pero no podía dejar a mi amigo en la cárcel un día entero por cincuenta dólares. -¿Quién es?- volvió a preguntar.
-¿Cómo le va? Soy Mariano, amigo de Daniel- le dije. -Disculpe si estaba durmiendo-.
-No, no- respondió de mala gana.
-¿Puedo hablar con Daniel?-.
-Ahora te lo paso- dijo. Escuché que lo llamaba y le decía algo en voz baja.
-¿Qué haces Daniel? Tengo una urgencia- le dije -necesito cincuenta dólares, ¿me podrás prestar?-.
-¿Ahora?- preguntó. No era muy normal que alguien llamara casi a las once de la noche para pedir prestado cincuenta dólares, pero nada en nuestras vidas era demasiado normal.
-Sí, disculpá que te llame a esta hora, es que un amigo de Harry, el vecino, necesita plata y está rematando su tabla, quiero comprársela- le dije. -Mañana se va a Hawaii y si no es ahora....-. Decir que un amigo de Harry necesitaba plata para irse a Hawaii era sinónimo de que alguien necesitaba conseguir crack urgentemente, y eso lo tornaba totalmente verosímil. No tenía intenciones de estar diciendo a todo el mundo que Nicolás estaba preso.
-Está bien- dijo. Daniel no era de dar muchas vueltas y si preguntaba no era porque tuviera problema sino sólo porque la hora le resultaba extraña.


Tomé el 55 y en quince minutos estaba ahí. Daniel vivía en un conjunto de departamentos que se conectaban por unas escaleras que culminaban en una especie de balcones. Me atendió en uno de estos balcones, en la puerta de su casa (posiblemente su familia durmiera o no quisiera recibir visitas a esa hora). Tuve que volver a explicarle lo de la tabla, posiblemente no haya terminado de creerlo. -Bueno, viste como son mis vecinos- le dije -si necesitan plata venden lo que sea-.

-¿Cómo te fue al final con Jenny?- me preguntó después.
-No conectamos- le respondí.
-Muy esnob, ¿no?-.
-Puede ser-. A eso siguió un silencio.
-¿Y Nicolás?-.
-Duerme, mañana tiene que ir temprano al curso de inglés-.

Cada cosa que me preguntaba terminaba en respuestas concretas, casi cortantes de mi parte, mi cabeza estaba en otro lado y me costaba seguir una conversación. A eso se sumaban mis constantes movimientos con las manos producto de los nervios, Daniel posiblemente sospechara que quien necesitaba la droga era yo. Se escuchó la voz del padre que lo llamaba y Daniel desapareció unos minutos.

-Mi viejo necesita que lo ayude a hacer unas cosas- dijo cuando volvió.
-Está bien, tranquilo- le dije. Yo no tenía apuro, tenía que esperar algunas horas antes de que Nicolás pudiera salir, pero no tenía la cabeza para estar manteniendo conversaciones tampoco. -Seguramente la plata te la devuelva Nicolás- le dije finalmente -viste que yo me voy en tres días-.
-No hay problema. ¿Con quién voy a ir a Kokomo´s?- dijo en broma. Kokomo´s era un bar sobre el Bulevar McArthur, en Irvine, al que solíamos ir bastante seguido.
-Vuelvo en unas semanas y nos alquilamos entre todos una casa en Huntington Beach- le dije. Estaba realmente convencido de eso, cosa que nunca hice.



martes, 7 de noviembre de 2017

Apremios



1
La misma confianza que demuestran los norteamericanos (y los hace tan amigables) es inversamente proporcional a su odio al sentirse estafados, y aún más por dos latinos.


Hacía unos meses ya que vivíamos en Huntington Beach, detrás del departamento de un gringo de nombre Harry. Este era escuálido, casi raquítico -aunque fibroso-, y se la pasaba fumando crack. Estaba completamente desquiciado. De vez en cuando venía a visitarlo su novia o algo así-, era una mujer linda, rubia y de cuerpo delgado también, auque tan pasada como él, tendría veintitantos y ya aparentaba bastante más. No recuerdo su nombre pero todas sus visitas terminaban a los gritos y revoleándose cosas, una de las veces ella le tiró un televisor a la calle desde la ventana. No eran pocas las veces que tenía que intervenir la policía. De vez en cuando Harry nos regalaba algo de su casa, discos o pósters y alguna que otra vez algún electrodoméstico, creo que más para evitar que lo terminaran destrozando que por generosidad.

Huntington Beach es una ciudad con casas bajas sobre la costa y una playa muy ancha en donde todo el mundo surfea. La primera vez que estuve ahí quedé maravillado. Nos lo había recomendado uno de los ingleses del hostel, -crece una ola realmente potente, hermano- dijo -tienen que ir-. Esos tipos podían decir cualquier cosa dependiendo la hora del día y el estado en que estuvieran, comenzaban a tomar a las dos de la tarde y por la noche podía vérselos sentados en derredor a la mesa junto a una acumulación de latas que superaba fácilmente el medio metro de altura. Pero era cierto, en Huntington crece una ola enorme que en invierno cierra rápido y puede alcanzar casi los cuatro metros. Una mañana fuimos con Ulises y el español. Estacionamos sobre la playa, caminamos por el muelle, nos trepamos a la baranda y nos tiramos desde ahí con las tablas ante la mirada absorta del resto de los surfistas. Este supera los veinte metros sobre le nivel del mar y está prohibido tirarse.

Al volver a Venice le contamos a Nicolás, unos días mas tarde volvimos con él y también se entusiasmó. Nicolás trabajaba en un hostal desde las diez de la mañana, y nos levantábamos a las cinco para ir hasta ahí a surfear y poder estar de vuelta para su turno, desde Venice teníamos casi una hora de viaje. Finalmente terminamos yéndonos a vivir.

Así pasamos algunos meses, yo viajando hasta Los Ángeles dos o tres veces por semana (continuaba trabajando de mozo en el Gaucho Grill de Brentwood) y Nicolás estudiando, había comenzado un curso intensivo de inglés en no sé qué universidad que el viejo le pagaba desde Buenos Aires, además de mandarle algo de guita, con tal de que "hiciera algo con su vida". Eso le había permitido abandonar el trabajo en el hostel y alquilar el departamento ahí. Por la mañana y por la tarde surfeábamos religiosamente, de vez en cuando nos acompañaba Harry que aún no comprendo cómo hacía para mantenerse arriba de la tabla en el estado que estaba.


2
Faltaban dos días para que me volviera a Buenos Aires y me estaba gastando los últimos dólares que me quedaban comprando cosas para vender cuando llegara. Ya había vendido mi auto por lo que Nicolás me acompañaba en el suyo, un Ford Escort que le había hecho comprar en la misma subasta en que había comprado el mío -Los Ángeles es prácticamente un territorio antipeatones-. Los norteamericanos son bastante confiados y nos habíamos entusiasmado con la facilidad con que podíamos llevarnos ropa de las tiendas sin pagarla y, poco a poco, se había ido transformado en un desafío por ver quién se llevaba algo de la forma más absurda. Comencé yo en la tienda de la Main street, frente al muelle, en donde me llevé unos zapatos de surf en la mano, casi en la cara del cajero, mientras pagaba una parafina de dos dólares. Siguió Nicolás llevándose una remera puesta en otro negocio y así continuamos tomando confianza.

Sin embargo, la misma confianza que demuestran los norteamericanos -y que hace tan fácil llevarse cosas sin pagar-, es inversamente proporcional a su odio al sentirse estafados, y aún más por dos latinos. Fue en la tienda JCPenney del Huntington Harbor Mall que las cosas empeoraron. Tomé dos Levi´s 501, tratando de que los vendedores sólo vieran que llevaba uno. Una vez en el probador me puse mi pantalón encima de uno de los jeans (mi idea era volver con uno sólo de los Levi´s al perchero de donde lo había tomado y que creyeran que lo estaba devolviendo). Sin embargo, en ese mismo momento creí escuchar que Nicolás gritaba mi nombre, dejé ambos jeans en el probador y salí a ver qué sucedía. No vi a Nicolás por ninguna parte pero me llamó la atención la forma en que me miraba una de las vendedoras (ingenuamente asumí que se sentía atraída por mí. Tenía dieciocho años, el cuerpo de un surfista y el pelo largo y, siendo latino, me creía una especie de Lorenzo Lamas que por esos años estaba de moda).

Con Nicolás habíamos estado hablando de comprar unas zapatillas en el local de Rip Curl por lo que me dirigí hacia ahí a ver si lo encontraba. Ya había salido de la tienda y caminaba por el pasillo del mall cuando sentí que alguien me tocaba el hombro desde atrás. Al darme vuelta alcancé a ver dos hombres, uno de los cuales me mostró una placa y, sin darme siquiera tiempo a percatarme, me había torcido el brazo por detrás de la espalda, haciéndome una palanca e inmovilizándome por completo. Carajo, pensé. Lo primero que se me vino a la cabeza fueron los jeans del probador, sin embargo, había dejado los pantalones ahí mismo.

Entramos nuevamente a la tienda. Los hombres escoltándome -siempre con mi brazo doblado sobre mi espalda- me hicieron cruzarla ante la mirada de los vendedores que habían formado una especie de pasillo humano -incluida la vendedora que no me miraba por lindo sino porque me había asociado con mi amigo- cual exposición de animales, y salimos por la puerta que da al estacionamiento adonde me pusieron de rodillas contra la pared al mismo tiempo que unos policías me esposaban. Repentinamente se había armado una escena en la que no faltaba nada: sirenas, policías, patrulleros, delincuentes y lo más importante, el público; unas veinte o treinta personas habían surgido de la nada para no perderse un segundo del espectáculo. Es asombroso la cantidad de gente que uno puede reunir en tan poco tiempo haciendo nada.


Mi mente volvió a repasar la secuencia del probador: los jeans los había dejado ahí mismo y no había ninguna razón por la que pudieran sospechar que me había querido robar alguno, a no ser que pudieran leer mi mente.

I didn´t do anything, comencé a gritar una y otra vez. La gente había comenzado a formar un semicírculo y me miraban arrodillado y esposado contra la pared como si formara parte de un número circense. La luz azul circular de la sirena del patrullero se estampaba contra la pared de la tienda dando a todo una ambientación surrealista y de no ser yo el protagonista también me hubiera gustado verlo. Las rodillas habían comenzado a dolerme, quise pararme pero el grito de uno de los policías (¡se queda ahí! gritó como si se la estuviera midiendo), me sacó las ganas por completo.

Al cabo de unos minutos, ni siquiera recuerdo cuántos -la adrenalina no me permitía tomar consciencia del tiempo-, lo vi aparecer a Nicolás junto a uno de los policías que lo llevaba del brazo. Le leyeron sus derechos y lo metieron en la parte de atrás del patrullero también esposado. La vendedora -que no me miraba por lindo- apareció con los jeans que había dejado en el probador en la mano, y los policías los inspeccionaron buscando no sé qué cosa. -¿Quiere presentar cargos?- le preguntaron a uno de los dos hombres que me habían arrastrado hasta ahí. Respondió que no, lo que aumentó más mi incertidumbre.

Todo el movimiento por parte de los policías se hacía con un exceso de resentimiento y una agresividad innecesaria hacia nosotros, que en ese momento éramos la representación general de "los latinos" en Estados Unidos -una raza maldita que cruza sus fronteras para robarles lo que es suyo-. Se comportaban como si fuésemos ladrones de bancos armados. Uno de los policías era un negro alto y grandote (con el que mejor no meterse), y otro un latino de tez pálida, con acento cubano. Me hubiera gustado decirles un montón de cosas, pero asumiendo mi condición no me hubiera resultado favorable.

Me quitaron las esposas y me dejaron en libertad. Lo miré a Nicolás, en el asiento trasero del patrullero, tenía esa cara de resignación -los labios fruncidos y las cejas arqueadas- que suele poner cuando las cosas no le salen como esperaba (era obvio que se había mandado alguna). Alcanzó a darme las llaves del auto y les pregunté a los policías adónde se lo llevaban. -A la comisaría, Main y Yorktown- me respondió el negro alto (con el que mejor no meterse) con voz recia como si le hablara a un perro o a una cosa, le habían enseñado bien a apropiarse del resentimiento de sus amos. Main y Yorktown, repetí en voz baja, tratando de memorizar las calles, sabía que el negro no las iba a repetir. Ni siquiera pude enterarme qué es lo que había sucedido.


Así como el circo se había montado en unos pocos segundos, tardó lo mismo -incluso menos- en desmantelarse. El shopping cerró sus puertas (ya eran más de las diez), el patrullero se fue y la gente ahí agolpada desapareció tras el fin del espectáculo. La escena quedó vacía y sin brillo, excepto por mí, que me encontraba solo en medio del estacionamiento, sin saber bien qué hacer. Me tomé diez minutos para reflexionar; las rodillas aún me dolían y las piernas me temblaban. Levanté la cabeza, buscando alguna solución extraterrenal, el cielo estaba totalmente negro y estrellado. Intenté organizar un poco los hechos y luego me dirigí hacia el auto de Nicolás. Ni siquiera recordaba adónde lo habíamos dejado.


3
Estuve casi veinte minutos tratando de encender el auto. Tenía un sistema tan rebuscado de alarma que hacía necesario encontrar un botón escondido debajo de la alfombra. A eso se sumaban mis nervios, la sangre aún fluía tan rápido que casi podía sentir mis venas hincharse y deshincharse. Apoyé la cabeza contra el volante y suspiré. ¡Mierda! ¡Por qué siempre me pasan estas cosas! Me imaginé en algún otro lugar, bien lejos de ahí, quizá ya en Buenos Aires. Esperé un rato tratando de tranquilizarme.

Abandoné la playa de estacionamiento del mall y tomé por la Main. Las calles estaban oscuras y desiertas, apenas se veían pasar algunos autos. Huntington Beach de noche no tiene mucha vida. Pasaba de la urgencia al letargo en forma ciclotímica. La luz de un semáforo casi me hipnotizó e hizo que permaneciera con la vista clavada en el verde durante tres períodos, el siguiente lo crucé en rojo con tal mala suerte que una moto de policía detrás mío hizo sonar la sirena. Tuve que tirarme a un costado. No es mi día, pensé. Dos arrestos ya era demasiado. Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y el oficial tuvo que golpearme la ventanilla para llamarme la atención.

-La licencia- me pidió, y le dí un cartón amarillento con el plastificado en los bordes todo despegado.
-¡Esto es una licencia!- preguntó, completamente asombrado.
-Así son las licencias en Argentina- le respondí. Por ley tenía permitido manejar con la licencia de mi país durante un año. Me la devolvió sin terminar de creerlo.
-Usted pasó el semáforo en rojo-.
-Sí, lo sé oficial- le respondí -le pido mil disculpas pero acaban de meter a un amigo en la cárcel- agregué, con el mejor inglés que pude. Si tuviese que hacer una traducción posiblemente hubiera sonado como, mi amigo, cárcel, acaban de, o algo semejante. A diferencia de los otros, este sí era un policía "originalmente" norteamericano: alto, rubio, con la tez bronceada (un auténtico WASP), y no hablaba una palabra en español. Sin embargo, me entendió, por lo menos comprendió mi desesperación. -Disculpe oficial- le imploré, dando tanta pena y hasta el punto de rebajarme tanto, que me dejó ir, algo completamente extraño; en Estados Unidos ningún policía te deja ir luego de cometer una infracción, menos en Los Ángeles.



domingo, 5 de noviembre de 2017

Loesha



Abro los ojos y los veo a los dos acurrucados en la cama al costado de la mía. Ulises sin remera, con un brazo sobre la espalda de ella que es casi la mitad de la suya. Al otro lado, el único gringo que queda (la habitación es de cinco pero sobran dos camas) ya está despierto y me cruza una mirada algo desconcertada. Levanta las cejas, su rostro es infantil. Se para enseguida, con ese apremio que tienen los gringos al levantarse (creo que es alemán o austriaco) y en cinco minutos se viste como si se fuera de safari. Chaume dice, levantando apenas la mano y echando una última mirada a la cama de Ulises, y abandona la habitación.

Apoyo la cabeza sobre la almohada. La habitación tiene unos ventanales enormes que dan a la esquina de la Pacific Ave por los que se filtra una gran cantidad de luz que no me deja dormir. Ulises se despierta.

-Viniste acompañado- le digo al ver que abre los ojos.
-Ella quería venir- responde -viste cómo son-. Ambos nos reímos, Ulises siempre tiene ese gesto cómplice, algo ladino. No puede tomarse nada demasiado en serio. 
-Estuviste silencioso- le digo. 
-No grita mucho-. Volvemos a reírnos. -Tengo partido -agrega -si dormimos en su casa no llegamos. Vive cerca de Malibu-. Ulises juega en un equipo de Softball en el Orange County, a treinta o cuarenta minutos de Venice por el 405, y para ir usa el auto de Loesha (su novia), un Lexus color gris, convertible, último modelo. 
-¿Qué hora es?-.
-Casi las nueve-.
-Tarde- dice y se levanta de un salto. 


Loesha abre los ojos y me mira. Hola, dice, aún con voz de dormida, estira la mano en la cama buscando a Ulises y se sorprende al no encontrarlo. Está algo desconcertada, como si no terminara de ubicarse. Espero un instante, solo para incomodarla. Está en el baño, le digo unos segundos después. Su gesto se ablanda, parece más tranquila. Se hace un silencio algo incómodo, no sé bien qué decir, ella tampoco dice nada. Una de las cortinas de la habitación se levanta a causa del viento. Es un lindo día, le digo, ella asiente con la cabeza. Sus ojos son color miel.

El sonido de la ducha cesa y Ulises sale del baño aún con la toalla en la cintura. Se acomoda el pelo detrás de las orejas. 

-Hey- dice, cruzando miradas conmigo y con Loesha, -¿ya se conocieron?-. Se ríe, no puede evitar reírse para todo, nunca se sabe si habla en serio, si quiere dar algo a entender, etc. Ulises es un buscavidas de lo más exótico, una noche puede dormir en casas de mujeres como Loesha sobre Pacific Palisades (pocas veces conocí a alguien que tuviera tanto éxito con las mujeres) y al otro día en la calle o en algún banco de plaza. No tiene problema y poco le importa lo que pueda venir. Además tiene el físico marcado de un deportista, y eso a las mujeres las vuelve locas.  
-Sí- dice ella, sonriente -already-.
-Bueno, vestite porque llegamos tarde- le dice.
-¿Ya?- pregunta, algo irritada. 
-Es tarde. Pablo dijo que venía- dice mirándome -¿querés venir?-.


Loesha (ni siquiera debe ser su nombre real) es una chica de clase alta californiana con ganas de experimentar la vida de un latino pobre, algo que en Los Ángeles puede resultar bastante normal. Posiblemente sufra alguna clase de hastío existencial. Es de estatura media y tiene rasgos orientales -sus abuelos eran coreanos, nos cuenta, supongo que del sur-. Su pelo es castaño -hacen juego con sus ojos- y tiene un cuerpo delicado. Para ella todo parece una aventura; despertar en la habitación de un hostal con dos latinos y un alemán, luego salir desesperados hacia el Orange County mientras su novio maneja su auto como un loco, etc. 


Pasamos a buscar a Pablo (el español). Ulises está disgustado con Loesha a causa de que estuvo casi media hora arreglándose en el baño. Son casi las diez y media y el partido empieza a las once. No llegamos, repite maniáticamente cada dos minutos mientras maneja el Lexus en zig zag por la autopista, no llegamos, dice con enojo y pisa cada vez más el acelerador esquivando autos en medio del tránsito de domingo. 

-Nos van a hacer una multa- dice Loesha, bastante tranquila teniendo en cuenta que es a ella a la que le van a llegar. 
-No hubieras tardado tanto- le reprocha él. Pablo me mira y se ríe.
-Este tío- me dice. 
-¡Te escuché gallego puto!- dice Ulises mirándolo por el espejo retrovisor. Pablo vuelve a mirarme y a reírse esbozando un gesto infantil.
-¡Hey tío que nos vas a matar a todos!- le responde.





Es casi el mediodía y nos agarra hambre. Loesha se queda mirando el partido y nos presta el auto a Pablo y a mi para que vayamos a comer algo.

-¡Estoy manejando un Lexus!- me dice Pablo entusiasmado como un colegial. -A mi no me gustan los autos, ¡me gusta el Lexus!-. Se ríe, su gesto es el de un chico con un juguete que nunca soñó que iba a poder tener. 

Pablo es de Asturias, hijo de campesinos más bien pobres, y prácticamente se escapó de España para no tener que hacer la mili. Recién en diez años puedo volver, dice. Vino con su novia, una chica atractiva, morocha, con la que tiene unas agarradas tremendamente violentas. Cuando salen juntos parecen dos marginales a los que les llama la atención cualquier cosa que denote cierto lujo a la vez que se mofan de éstas. Hace como dos años que vive en Los Ángeles y aún no habla más que algunas palabras en inglés.

Paramos en un Taco Bell. Pablo se pide un burrito con pollo, yo cruzo al Subway y me pido un sandwich con no sé cuántas cosas. Comemos en el auto, al rayo de sol. Vamos a pasear, dice Pablo, y sale casi arando del estacionamiento. El sol está casi en su cenit y el viento nos pega de frente. No es una zona con muchas construcciones y al costado de la autopista puede apreciarse el verde. Saco la mano por fuera del parabrisas haciendo distintas figuras, me gusta jugar con la aerodinamia del viento.

-¿Dónde estamos?- le pregunto.
-No sé-.
-¿Y cómo vamos a volver?-.
-No sé- responde, me mira y sonríe. -¡Hey tío, que tu nunca te calmas!- me pregunta. Pienso que el partido ya debe haber terminado y que deben estar esperándonos, pero prefiero no decir nada. Pablo sigue concentrado manejando, ni siquiera pestañea, realmente parece disfrutarlo. -¡Este auto sí que responde, eh!-.
-Hey tío- digo, imitándolo, -ya deberíamos volver, Loesha va a pensar que somos tres ladrones-.
-Pero por qué siempre me tienes que estar rompiendo los cojones! Déjame divertirme un rato, que ya volvemos-.



La cancha de Softball está en medio de un parque. Algunos arbustos crecen cerca de las esquinas y en el centro hay algunos árboles no demasiado altos. Cuando nos fuimos había varios autos estacionados y chicos correteando por todas partes, ahora se encuentra completamente vacío. Estacionamos al costado de un Quillay. 

-Parece que se fueron todos- me dice Pablo.
-Y claro que se fueron, si el partido debe haber terminado hace dos horas-.
-Me dices así, ¡y yo qué culpa tengo!-.

Encontramos a Ulises y Loesha sentados en una de las gradas de cara al sol. Ulises está descalzo y sin remera, todavía tiene los pantalones cortos del partido. Ella se aferra a él como si estuviera con tarzán o algo semejante. Disfruta la idea del macho latino.

-Pensé que se habían afanado el auto- dice Ulises al vernos, siempre sonriente y acomodándose el pelo detrás de las orejas (su pelo es largo y oscuro) -a mi no me hubiera extrañado, pero a ella sí-. Habla en español, Loesha no entiende y lo mira algo desconcertada. -Rob- dice Ulises, que tampoco habla demasiado inglés, -they rob the car- al mismo tiempo que le hace un gesto con la mano para explicarle mostrándole su sonrisa ladina.
-El auto está asegurado- dice Loesha, tratando de disimular su preocupación, evitando quedar como una norteamericana ingenua. 
-Nos perdimos- dice Pablo.
-Te perdiste- le digo.
-¡Cojonudo!-.
-¿Trajeron algo de comida por lo menos?-.
-Pablo se lo comió todo- le digo, también en español. Los tres nos reímos.


Al volver a Venice pasamos por el paseo de autos del Pollo Loco, Ulises y Loesha piden un menú de treinta presas al que se agrega Pablo que le vuelve a dar hambre. Como si no le bastara con ser hija de millonarios, Loesha también es diseñadora de ropa, y nos comenta que está organizando un desfile en un local en Beverly Hills en el que piensa incluir a Ulises. -Mientras paso tengo que decir i`m mucho macho- nos dice Ulises con cierto disgusto. Pablo y yo nos reímos a carcajadas y nos ponemos a burlarlo. ¡I´ m mucho macho! le decimos. Loesha también se ríe, sin comprender del todo. -Ves, se ríen de mi- le reprocha Ulises, en tono de broma -mucho macho-. 

La autopista 405 está demasiado tranquila para ser Los Ángeles y tardamos mucho menos que a la ida. Pablo y yo bajamos en la esquina de la Pacific Ave y la Winward, delante del hostal, Ulises sigue camino a casa de Loesha. Mucho macho, le gritamos a carcajadas. Ulises se ríe antes de acelerar y perderse rumbo a Malibu. -Bueno tío, nos vemos- me dice Pablo, maneja el valet parking del restaurante St. Mark`s, sobre la Windward, a media cuadra de la rambla, y tiene que ir a cambiarse. 

Son las cinco de la tarde, es verano y el sol aún pega fuerte. La marea debe estar alta, pienso, subo al hostal a buscar mi tabla. 


viernes, 27 de octubre de 2017

La muerte




Es a causa de que somos humanos,
 y de que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte, 
que conocemos la violencia exasperada, 
la violencia desesperada del erotismo.


G. Bataille.







Me asomo por las barandas para mirar el mar detenidamente. El sol pega sobre mi espalda. Miro hacia el lado de Malibu, la sal baña mi cara. Cada tanto un set de olas rompe casi a la mitad del muelle. La cabeza me da vueltas, no sé porqué tomo tanto si sé que me hace tan mal. Salgo a caminar a ver si se me pasa, pensé, la brisa marina quizá me haga bien, y así terminé en el muelle de Santa Mónica. Puedo sentir la sangre entrando y saliendo de mi cerebro, y como éste se hincha y se deshincha junto con los latidos de mi corazón. En mi cabeza se mezclan los recuerdos de la noche anterior. Camino hasta la pinta del muelle y abro los brazos al cielo, de cara al sol. Me apoyo contra las barandas. Es un día hermoso. 

Tus dibujos son algo... ingenuos- le digo, aún a riesgo de que se enoje. Sus ojos se abren, creo que no lo esperaba. 
-¿Qué querés decir con eso?-. 
-No sé- dudo si debo hacerle una crítica a sus dibujos, si tiene sentido, si me va a entender -que les falta drama, enfrentarse con la muerte...-.
-Si yo no quiero enfrentarme con la muerte-.



Las olas rompen debajo del muelle como si lo fueran a quebrar. Son cada vez más grandes y es posible sentir cómo tiembla la estructura de hormigón. Aún me siento mareado, es como si mi piel estuviera continuamente erizada. Ni siquiera sé qué hora es pero el sol está muy alto. Debe ser el mediodía. Las gaviotas se posan sobre las columnas. Sus ojos son colorados, como hechizados. Cierro los ojos e intento escuchar el sonido que hacen las olas al golpear el muelle. 


-Si yo no quiero enfrentarme con la muerte- repite. La miro a la cara, su piel pálida, refractando la luz. Nunca vi pupilas tan grandes. Mueve uno de sus brazos, inquieta. -¿Qué es eso?-.
-Tus pupilas- le digo.
-¿Qué tienen mis pupilas?-.
-Son grandes- le digo -inmensas-.
-Ay, no jodas...-. Abre la boca, está por decir algo, se calla. Se produce un silencio. -¿Qué es eso que me decías, de mis dibujos y la muerte?-.
-Bueno, es una forma de decir, la sublimación, el arte tiene que ver con eso...-. Dudo una vez más si debo hablar o no de sus dibujos, quién soy yo para hablar de sus dibujos... Su mirada se pierde, la noto algo herida. Sus ojos se ponen mas azules, sus pupilas más grandes. -Ir hasta lo más profundo, lo que nos duele. La castración diría un psicoanalista-. 
-Siempre me salís con el psicoanálisis. Después me decís que el psicoanálisis es una mierda...-.

Unos chicos pasan corriendo enfrente mío. No tendrán más de quince años, uno se escapa y el otro lo busca. Uno choca contra la baranda y el otro lo toma por detrás. Se abrazan. Sus risas son algo estruendosas, sobreactuadas, se besan. 

Me asomo nuevamente por las barandas para mirar las olas romper debajo del muelle. La bruma hace que el horizonte se divise como una linea discontinua y borrosa, apenas visible. La sangre entra y sale de mi cerebro, puedo sentir las venas hincharse. No tengo que tomar. 


-Disculpá- le digo -tal vez no debería decirte esto-. Sigue moviendo uno de sus brazos, nerviosa. 
-No, está bien que seas sincero- me responde. Su voz sale algo quebrada, en sus palabras noto algo de resentimiento. -No te gustan mis dibujos-.
-No es eso- le digo, o sí, hay algo de eso, pero prefiero no decírselo. Me callo.

Los chicos se alejan de la columna y vuelven a correr por el medio del muelle. Las gaviotas se alarman y despegan ante sus movimientos. Una ola gigante golpea bajo mis pies, el muelle parece que fuera a desarmarse. Mirá, me dice, mostrándome una costra seca en su cuero cabelludo. Me golpee y me abrí la cabeza. El recuerdo viene a mi mente, podría haber sido ayer como hace un año. Ni siquiera recuerdo dónde fue. El alcohol hace que todo se mezcle. La sangre entra y sale hinchando las venas, es un dolor intermitente. Miro otra vez el sol, debe ser el mediodía, quizá más... Recuerdo su risa, mientras la sangre gotea por su cabeza y se derrama en pequeñas gotas sobre su sien. Me golpee, se ríe. Qué loca, pienso.


-¿Qué es eso del psicoanálisis?- le pregunto. Hace un chasquido con los labios.
-Eso, que primero decís que es una mierda, y después justificas todo con Freud y toda esa mierda. Al final quién te entiende-. Trato de pensar. Me mira, desafiante. 
-Una cosa no invalida la otra- le respondo. 
-Ah, no me jodas por favor-.



Vuelvo a asomarme por la baranda, ya es casi un acto mecánico. Abajo hay algunos surfistas. Las olas se hacen cada vez más grandes. Uno intenta montarla pero no llega a pararse y al reventar la ola lo lleva con éste. Me asomó aún más, hasta el punto de sacar mi cintura fuera de la baranda, siguiendo su recorrido. Pasa cerca de las columnas del muelle pero logra recuperarse a tiempo y desaparece a pura brazada para el lado opuesto. Me detengo sobre la estela blanca que produce la espuma. 

El recuerdo se hace más potente. Su sangre roja cayendo en pequeñas gotas por su sien, luego por su mejilla dejando una estela colorada. Me mira con sus ojos intensos. La miro, cómo podes ser tan hermosa, me pregunto, pero no se lo digo, ya no puedo decirle nada. No tiene sentido, incluso es peor, produce el efecto opuesto al deseado. Temo hasta que mi mirada me delate. Su ojos, su boca. Me contento con eso, con verla así, detenidamente, como si fuese una foto estática que va a quedarse así para siempre. Su pelo negro derramándose por los hombros. Se ríe como si hubiese tomado, pero está sobria, ni un gramo del alcohol, te lo juro, me dice, y vuelve a reírse. La acaricio, le tomo la cabeza con las manos, la beso. Quiero cuidarte, pienso, abrazar su cuerpo integro y poder hacer que nunca le pase nada. 

Los chicos siguen correteándose por el muelle como dos adolescentes aprehendiendo su sexualidad. Quizá todavía ni siquiera hayan hecho el amor. 


-No te gustan mis dibujos entonces- dice.
-No es eso- respondo, ya algo fastidiado -te dije lo que pienso-. 
-Sí, la castración- responde.
-La muerte- le digo. 
-La muerte- repite mecánicamente.

viernes, 20 de octubre de 2017

Hollywood



Estos actores pueden ser muy difíciles. 
Si están descontentos desde el principio
 pueden arruinar toda la película. 
Bukowski




-¿Adónde querés ir?- me preguntó. Celine se llamaba y era francesa. Nos comunicábamos en inglés. Si bien había estudiado algo de inglés en la primaria, no era demasiado lo que recordaba, y cuando intentábamos profundizar nuestras conversaciones sólo terminaban en intentos. 
-A la colina donde está el cartel que dice Hollywood- respondí. Supongo que no era muy original pero realmente era un lugar que me intrigaba. Quería mirar Los Ángeles desde arriba, qué se yo, quizá era una forma de sentirme en una película. 
-Está bien- dijo. Estábamos en Venice, teníamos que atravesar media ciudad. 

Nos conocimos ese mismo día, en la playa. Estaba terminando el verano y todavía hacía bastante calor. En realidad, hacía días que la veía, llegaba temprano, a eso de las nueve, y se recostaba sobre un pareo que sacaba de una mochila. Cuando se hacían las once recogía sus cosas y se iba. Celine era diez o quince años mayor que yo. Era delgada -quizá demasiado delgada-, su pelo era castaño y tenía un corte estilo carré. Si bien no me gustaba demasiado físicamente, había algo en ella que me intrigaba. Algo en su mirada creo, o en su caminar, como si no encajara con aquel escenario. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que le dije al acercarme, pero enseguida nos pusimos a conversar y antes de que se fuera quedamos en vernos esa misma noche. 

Aún no había oscurecido cuando pasé por su casa. Fuimos a tomar algo por ahí mismo, en un bar sobre la Pacific Ave en el que hay un muñeco gigante de decorado que aparece en varias películas. En Los Ángeles es imposible evitar que tu vida se transforme en un clisé, por eso no me molestó demasiado mi respuesta cuando me preguntó adónde quería ir. La mayoría de los lugares son o fueron escenarios fílmicos en los que uno, consciente o inconscientemente, comienza a representar un papel. Resulta inevitable, la ciudad te predispone a eso.

Celine tenía treinta o treinta y cinco años y una piel dorada extraña para una francesa. Era una mujer interesante aunque sin demasiadas ambiciones, no sé si a causa de su escasa voluntad o su excesivo escepticismo, que es lo único que hace interesante a alguien que vive en los Estados Unidos, sea o no norteamericano. Las personas en ese país se dividen en dos; los que se creen el cuento americano y los que no, y estos últimos son los menos. Tenía una mirada intensa y me hacía sentir que me prestaba atención al hablar. 

Me preguntó aquello de adónde quería ir y fuimos en busca de su auto, un modelo japonés, pequeño y compacto, ya entrado en años -la puerta del acompañante no andaba bien, por lo que me tuvo que abrir desde adentro-, con el que hicimos el trayecto hasta el Monte Lee. Tomamos el Santa Mónica Bulevard. 

En algún momento el camino comienza a elevarse, se hace algo sinuoso y se llena de vegetación. Llegamos al mirador y paramos al costado del camino para contemplar. Ya se había hecho de noche y debajo se veían las cuadrículas luminosas formadas por las manzanas y las calles que las cruzaban. 

-¿Contento?- me preguntó. Respondí afirmativamente. Sin embargo, me sentía algo desilusionado, posiblemente a causa de eso que produce el cine de Hollywood, que siempre hace que los escenarios sean mejores que la realidad. 
-Desde acá se ve todo tan estático- dije en español, esa era la sensación, el contraste con una ciudad tan vertiginosa. 
-¿Qué cosa?- preguntó, pero cuando intenté traducirlo al inglés no pude. 

Nos subimos al auto y anduvimos unos minutos más camino arriba, hasta la entrada al Parque Nacional Griffith. Los Ángeles tiene una naturaleza muy basta que se entrevera en la ciudad, algo que no aparece tanto en los imaginarios que produce el cine. Un pequeño estacionamiento con piso de tierra lindaba con un alambrado que demarcaba el parque. Acá se acaba el asfalto, pensé. Celine me tomó de la mano y me hizo mirar el cielo. 

-¿Ves?- preguntó. Supongo que quería que viera las estrellas. 
-Sí- respondí, se veían mucho más claras que en medio de la ciudad pero no me pareció un cielo tan asombroso. Me llamó la atención no poder ver la Cruz del sur. Por un segundo me imaginé en el norte de la Argentina adonde las estrellas se cuentan de a millones. 
-Caminemos- dijo después y me hizo cruzar la entrada al parque. 

El alambrado terminaba en una especie de portón abierto de par en par. No había nadie más que nosotros y podía escucharse el sonido de toda clase de insectos. Enseguida sentí la humedad y el paisaje terminó de oscurecerse. Me sentía como si estuviera en la selva. 

-Hay que tener cuidado con los osos- dijo Celine. Al escuchar eso me paralicé. -¿Tenés miedo?-. 
-No- respondí. Tenía y bastante pero me daba vergüenza confesárselo-No estoy demasiado acostumbrado al contacto con los osos- le dije irónico. No sé si comprendió mi ironía pero en aquel momento nuestros cuerpos se unieron y quedamos frente a frente. 
-¿Tenés miedo?- repitió, y antes que le respondiera nos estábamos besando. Caí en la cuenta respecto a nuestra diferencia de edad, me sentí algo ingenuo. -Volvamos- dijo y me llevó hasta el auto. Para ese momento controlaba totalmente la situación. 

El trayecto de vuelta se hizo mucho más corto. En escasos metros apareció nuevamente el asfalto, los semáforos, los edificios, etc. No había demasiados autos por la calle. El único lugar en donde había algo de movimiento era en West Hollywood adonde hay una enorme comunidad gay que parece que siempre estuviera de fiesta, hay una gran cantidad de bares uno al lado del otro desde los que se ve entrando y saliendo gente a cualquier hora. En el bolsillo de la campera tenía un casette de Serú Giran, lo metí en el estéreo de su auto, quería que escuchara algo de música argentina por la que sentía alguna estúpida clase de orgullo. -¿Qué dice?- me preguntó, justo en el momento en que la letra de Eti Leda dice la ciudad se nos mea de risa. Me imaginé una traducción al inglés y me sonó horrorosa -hay cosas que mejor no traducir (pierden su sentido)-, o quizá fuera simplemente a causa de mi ineptitud idiomática, pero opté por cambiar de tema. El orgullo que sentía anteriormente se había disipado y hasta sentí algo de vergüenza. -¿Qué dice?- insistió no una, sino dos o tres veces más hasta que mis evasivas la hicieron renunciar, no sin notar que había algo que quería evitar. Ni yo mismo supe bien qué me puso de ese modo. -Está bien, si no me querés decir...- dijo. La tomé la cintura y la besé mientras manejaba, solamente para evitar el mal momento. No hay peor final para una conversación.

Regresamos a Venice. Celine vivía en una planta baja. Su casa era muy cálida, la cocina estaba conectada al comedor y había motivos hindúes por todas partes. La luz era tenue, emanaba de una lámpara baja con la pantalla de vidrio de diferentes colores. Nos tomamos una cerveza y no recuerdo en qué momento terminamos en su cuarto sobre un colchón a la altura del piso. Desnudo su cuerpo me parecía aun más delgado, quizá hoy me hubiese costado lograr una erección, pero tenía dieciocho años y prácticamente me hervía la sangre. Le hice el amor a los tumbos, torpemente, como puede hacerlo un chico de esa edad. No recuerdo si acabé antes o después que ella, supongo que antes. Una vez que nos vestimos me invitó un te de hiervas y nos quedamos en silencio. Le pregunté si le había gustado y me respondió que sí, pero que pudo haber estado mejor. 

Ya eran las dos cuando salí a la calle. Caminé algunas cuadras, la noche estaba cálida y sólo podía escucharse el silencio. Tenía una sensación agridulce. It could be better, así me dijo, en inglés, la frase aun rondaba en mi cabeza. Cuando llegué al departamento Ulises y Pablo aún estaban despiertos. Encima de la mesa había diez o quince cervezas vacías y conversaban a los gritos echando carcajadas para todas partes.  

sábado, 14 de octubre de 2017

-Sólo quisiera poder explicarte- le dije y me miró con la tortuga entre las manos.
-¿Explicarme qué?- respondió algo agitada. -Ayudame a tenerla que tengo que darle una inyección- me dijo, sin prestar demasiada atención a lo que tenía para decirle. La tortuga era otra de las mascotas moribundas que había rescatado del hospital. -La dejaron así, estaba totalmente descuidada. Tiene neumonía- dijo, mientras intentaba incrustarle la jeringa entre el caparazón y las patas. 
-Neumonía- repetí. El concepto "neumonía" aplicado a una tortuga se me hacía algo ridículo. 
-Sí, neumonía- dijo, -¿qué tiene?-.
-Nada, nada-.

Me gustaba verla así, concentrada, aunque fuera en esos proyectos infrutuosos. Sus ojos oscuros enfocaban directo al animal igual que un francotirador hacia su blanco. Un enfoque directo, letal. Enérgico. Su mandíbula se había endurecido y apenas parpadeaba. La situación la abstraía.

-Me gusta verte así- le dije, pero tampoco me prestó atención.
-Dale, tenela con fuerza que se mueve demasiado y así no puedo-. La tortuga se movía como una condenada, nunca pensé que una tortuga pudiera hacer tanta fuerza. 
-¿Así?- pregunté, estaba haciendo tanta presión sobre la tortuga que sentía que iba a aplastarla o a partirla en dos. 
-Dale que ahí va- dijo una vez más -no te preocupes que son duras-. 

Los músculos de sus brazos se habían marcado como si estuviese levantando un tronco, por fin logró traspasar la piel gruesa de la tortuga con la jeringa. Levantó la cabeza y me miró con una sonrisa. Sus ojos se veían menos intensos y sus músculos faciales se habían relajado.

Le pasé la tortuga y la llevó hasta el patio. La metió adentro de una caja de cartón de casi medio metro. De acá no te vas, dijo en voz alta. Volvió a entrar y se sentó en el sillón frente al televisor, puso las piernas sobre una mesa ratona que había enfrente a éste. Suspiró. Se la notaba agotada aunque satisfecha. Apoyé mi mano sobre su hombro y me miró. El francotirador de hacía unos minutos había desaparecido. 

-¿Qué era lo que querías explicarme?- me preguntó.  Se me ocurrió que no era ese el momento para explicarle nada. 
-¿Qué hay para ver en la tele?- pregunté mientras tomaba el control remoto. En canal siete estaban dando un documental sobre cocodrilos, o "aligatores", como decía el relator. -Interesante- dije mientras miraba los cocodrilos. Seguía pensando en la tortuga con neumonía, algo en todo eso me causaba gracia. 
-Interesante- respondió, sarcástica. Se hizo un silencio que dejó que se escucharan los golpes que se daba la tortuga al chocar contra las paredes de su caja. -¿Escuchas?- dijo, levantando el dedo índice y apuntándolo hacia el patio. Afirmé con la cabeza y rocé levemente su mejilla con mi mano. Sus ojos se habían puesto intensos nuevamente. -¡Siempre igual, eh!- dijo, sin dejar de sonreír, pero con cierto tono de reproche. -No hay forma de sacarte nada-.